La medalla que soñó el Tibio Muñoz
El Tibio Muñoz se asoma a la Alberca Olímpica y recuerda que de niño jugaba a ganar una medalla frente al campeón del mundo. La realidad superó a la fantasía, pues Felipe ganó el oro olímpico y lo platica 50 años después

CIUDAD DE MÉXICO.
El Tibio Muñoz dice que hay momentos en la vida que pasan en cámara lenta, que se hacen eternos. Como aquel 22 de octubre de hace 50 años, cuando el chamaco de 17 años ingresa nervioso a la Alberca Olímpica y se forma detrás del soviético Vladimir Kosinski, el campeón del mundo en los 200 metros estilo de pecho. Es la final de la prueba olímpica en el inolvidable México 68 y Felipillo está a un tris de que un chapuzón de 2:28.7 minutos le cambie la vida.
El coach gringo Ronald Johnson se le acercó al Tibio Muñoz. Le dijo que éste sería el día más importante de su vida. El casi niño, con sólo un traje de baño puesto y con la mirada clavada en la piscina estaba bloqueado. Ajeno a los miles de gritos, el ¡México!, clap-clap-clap, ¡México!, la emoción del comentarista televisivo que anuncia que en el carril número cuatro va el nadador mexicano, los padres del Tibio a punto de divorciarse (por eso se sentaron en tribunas opuestas) y los periodistas soviéticos esperando que Vladimir, el campeón del mundo, haga lo suyo.
-Piensa que no hay nadie- le dice el coach Johnson a Felipe, al ver que el nadador está muy nervioso.
-Si no gano, me ahogo- responde el Tibio.
A pesar de los rugidos del respetable, Felipe Muñoz Kapamas ya no escucha, camina como autómata rumbo al carril número cuatro. Es la última prueba olímpica de aquel martes y México aún no escucha el himno en las competencias.
Se oye en el micrófono: ´en sus marcas´, el público se queda callado y por mi mente comienza a correr una película que soñé desde que era niño. Siempre me imaginé compitiendo al lado del campeón y vencerlo en los últimos metros para llevarme el oro. Qué curioso, ocurrió en mi país, ante Kosinski y a diez calles de mi casa”.
Felipe Muñoz ha contado esta historia infinidad de veces, sólo que en esta ocasión lo hace en el lugar de los hechos y a casi 50 años de que conquistara aquel oro olímpico en una práctica deportiva que nos ha negado otro metal dorado.
El hombre de 67 años se asoma a la Alberca Olímpica, voltea a las tribunas vacías, pero aún escucha los gritos de los paisanos, eufóricos por mirar a aquel chamaco que sorprendió al soviético.
Cuando se escuchó mi nombre y que estaba en el cuarto carril, hubo un gran escándalo en las tribunas. Luego subimos los nadadores nuestro respectivo peldaño, para esperar la señal de arranque”.
Recuerda que el coach Johnson le había dicho: “Tú no eres el más veloz, pero eres el más fuerte. Ellos son muy rápidos, son las liebres. Tú eres el lobo, eres el cazador”.
Listos…
Entrenador y alumno habían estudiado a los competidores y sabían que el soviético iniciaba la competencia a gran velocidad, por lo que Johnson le dijo al Tibio “déjalo ir, pero que no se te escape. Guarda la fuerza para los últimos 50 metros”.
Vladimir había ganado la plata en los 100 metros de pecho, donde el Tibio sólo alcanzó el noveno sitio. Las apuestas tenían al soviético por encima del mexicano.
¡Fuera..!
Desde los primero metros fue Vladimir (de 23 años) quien se puso a la cabeza de los ocho competidores. Me di cuenta porque sólo le veía los pies en el carril tres, mientras que yo intercambiaba el segundo lugar con el estadunidense Job. El soviético parecía inalcanzable”.
El Tibio narra aquella competencia mirando hacia la alberca, mientras imagina el ruido en las tribunas ahora vacías. La intención era alcanzar a Kosinski en los 150 metros y soltar todo rumbo al último toque. “Para mi sorpresa es que aún lo veo lejos y siento que se va a escapar. Yo estaba adolorido, muy cansado y acalambrado, pero solté todo lo que me quedaba. Abajo, en el agua, se escucha todo, las burbujas, los gruñidos, el pataleo y hasta el escándalo de la gente. Fue precisamente el ruido externo el que me hizo entender que algo pasaba, faltaban unos 20 metros cuando ya no vi al soviético y sentí que el oro colgaba de mi cuello. Como lo había imaginado cuando era niño”.
Si uno busca la grabación original de aquella competencia, se escucha al comentarista en turno gritar: “¡Es la locura, se está colando en el carril número cuatro, Muñoz, el Tibio Muñoz, se está adelantando, es la locura, la medalla de oro para México. Sí señores, el Tibio, la locura, la locura, la medalla de oro!”. La primera para México.
Felipe Muñoz, de 67 años, se queda mirando el tablero electrónico apagado. Señala dónde se registró el tiempo de 2:28.7 minutos, en el carril número cuatro seguido por el apellido Muñoz. Emocionado explica que el foquito rojo que señala al ganador se prendió en su carril. “Apenas toqué la pared, lo inmediato que hice fue voltear hacia el tablero para corroborar que le había ganado al soviético, quien llegó en un inesperado segundo lugar”. El tercero fue para Job, el estadunidense y amigo del mexicano.
Y dice el Tibio que fue “tal y como lo soñé de niño”. Lo que no imaginó fue el llanto al escuchar el himno nacional, luego de que la medalla de oro colgara de su cuello. “No quería llorar, pero fue imposible evitarlo. Quería cantar el himno, pero no pude”.
Felipe reconoce que es muy sentimental, por eso se le nublan los ojos de nueva cuenta y más porque el reportero le pone el Himno Nacional en el celular.
Después de aquella noche, ya no soñé la imagen que tuve desde niño. Pero este momento lo llevo en la memoria”, agrega el Tibio, quien por un rato se queda mirando las tribunas.

El poder de una medalla
Ahora jubilado, Felipe Muñoz reconoce que la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de México 68 le cambió la vida. “Estudiaba en la Prepa 2, en la Colonia Juárez, y tras el oro me ofrecieron una beca en la Universidad de Texas, donde estudié la Licenciatura en Comunicación. Trabajé en la TV estadunidense, luego fui director de noticias en español en Los Ángeles. Regresé a México para hacerme cargo del Comité Olímpico Mexicano y después fui diputado”.
Recuerda a su amigo Brian Job, tercer lugar en el podio. “Fue becado en la Universidad de Stanford y tenía un alto coeficiente intelectual que asombró a los maestros. Lamentablemente le fue mal en el matrimonio, quemó la casa de sus padres y ahora vive en las calles de San José, California, consumido por el alcohol”.