Gloria del boxeo reta a 'Canelo' Álvarez a encarar a mejores boxeadores
En el aniversario luctuoso de Salvador Sánchez, Juan Laporte cuestionó el legado de Canelo Álvarez, a un mes de su duelo ante Terence Crawford.

El 12 de agosto, en una pequeña iglesia de Santiago Tianguistenco en el Estado de México, el boxeo volvió a hablar con voz grave y sin adornos. Se cumplían 43 años de la muerte de Salvador Sánchez, el genio de peso pluma que partió demasiado pronto, y entre las figuras que acudieron a la misa en su honor apareció Juan Laporte, puertorriqueño recio, ex ampeón mundial y uno de los rivales más duros que enfrentó el ídolo mexicano. Laporte no sólo llevó recuerdos, también un mensaje que cruzó la industria del boxeo con la velocidad de un jab:
“Yo sé que ‘Canelo’ es buen boxeador y todo, pero tiene que dejar la ñoñería (blando. Pelea con quien venga a pelear. La gente está esperando que enfrente a alguien bueno. Si no, quítate, ya hiciste lo que necesitabas hacer. Pero si tienes un ‘legacy’, tienes que probarlo”, declaró Laporte.
No lo dijo con dolo, sino con la autoridad de quien sobrevivió a la era más feroz de las 126 libras, aquella en la que cada defensa podía costar una ceja abierta o un diente suelto.
Pelea con quien esté listo. Pero si tienes un legado, tienes que demostrarlo”, agregó, mirando a las cámaras de Fox Sports.
El eco de una crítica vieja
Las palabras de Laporte tocaron una fibra conocida. No es la primera vez que Canelo Álvarez escucha que su hoja de rivales está demasiado cuidadosamente editada. Desde que subió al estrellato mundial, su carrera ha sido un delicado equilibrio entre grandes desafíos, Gennady Golovkin, Miguel Cotto, Sergey Kovalev y elecciones que han provocado cejas levantadas: rivales con poca pegada, en divisiones intermedias o con cláusulas que parecen escritos para protegerlo.
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El momento no podría ser más sensible. El próximo 13 de septiembre, Álvarez se medirá en Las Vegas a Terence “Bud” Crawford, el estadunidense que ha dominado dos divisiones y que, hasta ahora, ha hecho parecer ordinarios a rivales de élite. Será, al menos en el papel, el choque más exigente para Canelo desde que cayó con Dmitry Bivol. Pero llega empañado por una victoria reciente contra William Scull, un invicto cubano con credenciales modestas que dejó más bostezos que vítores.
Canelo y el peso del legado
En boxeo, el legado es una construcción frágil. Se alimenta de noches memorables y se erosiona con decisiones cuestionables. Juan Laporte, que debutó como profesional en 1977 y combatió en la era de Azumah Nelson y Wilfredo Gómez, sabe lo que significa enfrentarse siempre al más peligroso disponible. No es casual que sus palabras resonaran justo en la conmemoración de Salvador Sánchez, un campeón que jamás rehuyó a nadie.
Canelo, por su parte, ha defendido en varias ocasiones su derecho a elegir peleas que aseguren longevidad y rentabilidad. Sin embargo, la narrativa que Laporte revive se ha convertido en un fantasma que lo acompaña: ¿es el mejor de su tiempo porque enfrentó a los mejores, o porque supo administrar su carrera como un empresario con guantes?
Crawford, la oportunidad
La pelea contra Terence Crawford es, en ese sentido, una bisagra. Si la gana con autoridad, el eco de la palabra “blando” se ahogará entre las campanas del triunfo. Si la pierde —o incluso si gana con una actuación gris—, el calificativo podría pegarse a su legado como un apodo involuntario.
Crawford no es William Scull. Es un boxeador cerebral, invicto, con tres títulos mundiales unificados en dos divisiones y una habilidad casi quirúrgica para exponer defectos rivales.
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