Cruz Azul Iztapalapa, subcampeón (Ni en el llano levanta)

En la final barrial más antigua de México, Nacional de Jacarandas le arrebata la gloria

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El irregular campo de juego provocó, al final, una calamidad para el cuadro cementero. Fotos: Hugo Sánchez

CIUDAD DE MÉXICO.

La vieja Iztapalapa duerme. Bajo las cobijas, dos millones de habitantes retozan en un amanecer silencioso de domingo que pocos sonidos quebrantan: acaso el ladrido de un perro callejero que camina bajo un muro con un anuncio que ofrece salvación junto a un número de teléfono: “VISIÓN SALUD. Alcohol, drogas: abordaje médico, psicológico, psiquiátrico”; o el ondear de una bandera deshilachada en un techo junto a sus vecinos, una enredadera de diablitos y un tinaco.

Pero sobre la avenida contigua, Genaro Estrada, en minutos al pavimento los pisarán multitudes de zapatos, chanclas, tenis. Desde las colonias Agrarista, Vicente Guerrero, Xalpa, Tenorios, Marina, familias enteras llegarán para no saber por chismes, versiones desfiguradas, qué sucedió en la final llanera más antigua de México. La liga Santa Cruz Meyehualco, nacida hace 40, 50 o 60 años, juran los viejos, hoy disputa el título. A las 9:30 am ya son miles los que rodean el campo 5 del Deportivo Santa Cruz Meyehualco: sacan banquitos y tambos, trepan árboles y forcejean con sus hombros para tener la mejor butaca en este rectángulo de tierra repleto de gente que succiona el sol desértico que ataca al oriente de la capital.

A la cancha salta el campeón, Cruz Azul. Sí, leyó bien, acá Cruz Azul sí es campeón y defiende la corona de local y con su porra ante su enemigo, Nacional de la colonia Jacarandas. El árbitro Oscar Fierros autoriza la guerra: “vamos a ser tolerantes”, dice rumbo al medio terreno. “Uno-dos-tres Azul”, grita una oncena en su campo uniendo las manos. “Uno-dos- tres Nacional”, responde el rival. Suena el silbatazo.

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La tristeza de un jugador celeste. 

El partido se pinta de rudeza. Nacional remata sin convicción, el arquero azul lo detiene todo y Jack, crack haitiano de Nacional, falla. Por Cruz Azul, poca llegada y mucha puntería. Con fiereza, Ricardo Alvarado la pone arriba: imparable. Gol de La Máquina, descanso y reflexión.

En la segunda parte la repartición de patadas mata al futbol. La afición glotona de emociones se calienta e invade las líneas laterales. Los abanderados hacen prodigios para marcar entre la marea popular. Cruz Azul falla y falla, hasta que en un mano a mano en su área, ¡penal! Gol de Nacional, cuya afición se acerca a “Sansón”, técnico celeste, que manotea y reclama a gritos. No soporta la burla colectiva que hiere lo mismo en el barrio que en Primera: “la están cruzazuleando”.

Tiempo cumplido: penales. La terna elige un arco y cuando está a punto de lanzarse el primer disparo, alguien ordena que la tanda sea en el otro. Otra vez, rabia: “¿Cualquier pendejo va a venir y les va a decir lo que tienen que hacer’”, brama un cruzazulino. Su equipo vocifera: no soporta la mudanza. ¿Se niegan porque saben que esa portería traerá una fatalidad?

Inicia la tanda. Nacional falla una vez pero Cruz Azul una y otra. De pronto, en el cuarto penal, Molina, arquero celeste, se lanza hacia donde va la bola, a su derecha, pero un pozo, un maldito pozo sobre el polvo, desvía la trayectoria. El balón, a la red. Era la portería de la fatalidad.

Estalla la colonia Jacarandas, que ha venido en masa. La cerveza chorrea los cuerpos extenuados, se mezcla con sudor y alivia las gargantas en un día que fríe las cabezas. Héctor Rosas, portero de Nacional, emerge del delirio y sintetiza qué es el éxtasis: “Poder ser el rey de barrio otra vez”.

Del otro lado, el guardameta de La Máquina maldice su destino: “Un tiro que yo pensaba ya tenía controlado, pega en un bordo y me brinca. La suerte venía con ellos”.

Gloria para Nacional, subcampeonato para Cruz Azul.

Otra vez, Cruz Azul, otra vez.

cva