El basquet en tierra de desamparo
En Yucuná, los pequeños de la comunidad enterraron un tubo y le clavaron un tablero de viejas maderitas remendadas -una sobre otra-

CIUDAD DE MÉXICO.
Dos guajolotes hunden la cabeza en una cubeta azul una y otra y otra vez: el movimiento repetitivo de sus pescuezos los salva de la muerte. Succionan vida líquida en Santos Reyes Yucuná, municipio de zacate, arbustos y cactus secos donde la lluvia no cae ni rogando todos, cada día, a su Virgen de Juquila.
Al silencio de esta sierra de Oaxaca -dorada por tanta aridez- no lo vence nadie. Tapona los oídos el sonido de la nada. Los pobladores vacían las calles y se guardan en sus casas, como si sólo los techos de garrochitas de madera los defendieran contra el sol maldito y en la sombra el hambre castigara menos.
¿Qué comen los mil 200 habitantes de los cinco pueblos del municipio más pobre de México -según el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social- a los que se accede por brechas amenazadas por precipicios? “Maíz, un poco de frijol”, dice el presidente municipal Alberto Martínez. “Maicito, frijol”, insiste Gregorio Cruz ante un montón de niños que atónitos salen a su patio al ver que están entrevistando al abuelo. “Poquito de maíz y frijolito”, agrega Pedro Alejo, campesino de 70 años que este mediodía da esta sentencia, como para ya no tener que explicar más: “en este pueblo no tenemos nada”.
Pero sí tienen algo. Enfrentito de donde habla, junto a su hogar, los pequeños de la comunidad enterraron un tubo y le clavaron un tablero de viejas maderitas remendadas -una sobre otra-, parches para que la pelota rebote y entre al aro, al que le cosieron una cesta: cuatro o cinco cordones raídos que bailan con el viento.

Nada de eso es extraño. En los pueblos de la Mixteca irrumpen viejos, nuevos, desgastados o brillantes, tableros, aros, más tableros y aros en canchas sobre llanuras y lomas. Llenan al aire de color, y de mujeres y hombres a quienes la emoción del basquet los salva. Maestra de la Secundaria 35, Elisama Gómez ruega a sus chicos suspender el partido y entrar a clases. “El basquetbol da liberación a las mujeres, que son muy tímidas. En el aula les cuesta y en el deporte se transforman; correr, expresarse en su idioma mixteca, decir: aquí estoy yo”. Ese “aquí estoy yo” se dice, en realidad, no con palabras sino robando la pelota, anotando, mandando pases, abrazando a la compañera con la que, por ejemplo, Ana Sixto, adolescente jugadora del pueblo, hizo una jugada gloriosa. “La primera canasta que metí me emocioné tanto, grité mucho y le dije una grosería a otros equipos”, se carcajea. Y su amiga Luz Cayetano, alta jugadora, aún sonríe cuando viaja al día que en la Fiesta Patronal dio el triunfo a su quinteta con un enceste agónico. “Fue algo demasiado grande para mí. Se lo dediqué a mi familia, a mi pueblo”.
En las localidades de este paraje del sur del país las canchas son más habituales que las iglesias. El juego y sus secuelas –la risa, la amistad, la lealtad, el ejercicio- atraen a cientos y distraen el estigma que marcó a Yucuná hace tres meses, cuando las cifras oficiales informaron a México que, como ellos, nadie: “Somos el pueblo más pobre que hay aquí en el país”, dice un niño con espalda recta como soldado, serio, impecable dicción y actitud de dar examen de oratoria pese a que se encuentra, después de jugar, en medio de una cancha. Pero él, Hermenegildo Reyes, aunque es muy formal no quiere ser Presidente de la República, ni licenciado, ni nada parecido. “Quiero ir a la liga –hace una pausa para que lo oigamos bien-: a la NBA”.
Sí, en Yucuná, la tierra del desamparo, los sueños de los basquetbolistas oaxaqueños son parábolas elevadas.

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