Secretos contra la oscuridad, otra cara del deporte

La medallista paralímpica, Daniela Velasco, y César Belman, su guía, han creado un código para lo que parece un gran desafío: correr al más alto nivel

thumb

CIUDAD DE MÉXICO.

Él le toma a ella la muñeca y le alza el brazo. La pistola de salida está a punto de soltar el disparo al aire, y la mano izquierda de César y la derecha de Daniela deben quedar unidas, afianzadas, pues iniciará la carrera de 400 metros planos. Ya da una vuelta, dos, tres, la tira negra con que los dos corredores mexicanos se volverán sólo uno.

Zancada y braceo serán los mismos: sincronización acrobática en la que apretarán muslos y cara, agitarán los brazos como aspas y pondrán una idéntica mirada: tensa, hambrienta, persiguiendo con apetito animal su presa, la meta, con cuatro ojos volcados hacia el futuro aunque sean muy distintos.

thumb

César Belman.

César Belman, el guía, puede ver. Daniela Velasco, la corredora, no.

Daniela no conserva ningún recuerdo visual. Margarita, su madre, hace 22 años notó que en los ojos de su niña flotaban diminutas nubes blancas. En el hospital, el peor diagnóstico: retinoblastoma, un raro cáncer de retinas que oscureció para siempre su vista.

Daniela creció y adquirió otra mirada: la memoria de los espacios, el tacto y los sonidos. Al jugar a las atrapadas con otros niños, los gritos, risas y sonidos de pies bastaban: “Me gustaba hacer juegos donde tuviera que moverme mucho y correr”. Sí, pese a sus ojos, quería correr: “Me encantaba sentir la velocidad, el aire. Me sentía totalmente libre”, dice la corredora de San Francisco Tetecala.

En algún punto distante de ese viejo pueblo ferrocarrilero, César, campeón nacional en 800 metros planos, arrasaba a sus adversarios mexicanos, cruzaba fronteras por las virtudes de sus piernas y se volvía uno de los seis mejores del planeta en relevos. Aunque sobraban triunfos, era invencible un enemigo. “Me daba mucho miedo, cuando tuviera familia o un hijo, sufriera algún tipo de discapacidad. No lo iba a saber manejar”.

Pese a los modos distintos de encarar la discapacidad, los destinos de César y Daniela se acercaban.

thumb

Daniela Velasco.

Un día, una amiga invidente le contó a ella que, sin ver, era posible hacer atletismo. “¿Cómo?”, se extrañó Daniela, una pequeña de 10 años. “Con un guía”, le respondió.

César tuvo un hijo y disipó viejos fantasmas. Y cuando cruzó los 20 años supo que era hora de enseñar. En la primera fila de un aula de Tlalpan al aire libre con pista de tartán, el equipo Aldebarán Sports, lo esperaba Daniela. Él no sólo aprendió a colocarse la cinta que los enlaza y crear estrategias, sino que se fuerza a entender el mundo sin luz. “He tratado, por ejemplo, de cerrar los ojos y tratar de llegar al baño. La desesperación te gana, quieres abrir los ojos. El instinto de ver es muy fuerte”.

Con Daniela, medallista paralímpica y parapanamericana, desarrolló un doble código en las pruebas. En el primero, mientras corre, César le informa en qué posición van, tiempos parciales, rivales que amenazan, instantes clave para apretar el ritmo. Y segundo, los brazos. Si él le empuja la mano hacia adentro hay que pegarse al carril. Hacia afuera, rebasar. Hacia adelante, momento de spring

final.

Hoy, juntos gozan otra delicia del deporte de alto rendimiento: conocer el mundo. Ahí, César y el entrenador de ambos, Fabricio Chamor, le relatan a Daniela la belleza: “Aquí hay un puente y hay un lago, muchos árboles, la pista es de tal color”, cuenta el guía. Y ella, camino a los Juegos Olímpicos Tokio 2020 agradece fortaleciendo no sólo su cuerpo, sino una convicción que comparte a los que, como ella, no ven: “luchen”.

Por otro caminito –sonríe-, llegas al mismo resultado”.

thumb

cva