Abraham Nava vio crecer un clásico

Vivió las tres finales frente a las Águilas. Recuerda la polémica en Querétaro, pero más el Tucazo

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Nava sufrió y gozó en las finales ante el América. Un recio defensa puma. Foto: Especial

CIUDAD DE MÉXICO.

Abraham Nava, un exdefensa recio, de los que hacían sufrir a los delanteros rivales, forma parte del pequeño puñado de jugadores que vivió desde las entrañas las tres finales que han disputado Pumas y América. Del ahora considerado clásico le sabe mucho. Sufrió, el técnico Carlos Miloc se llegó a burlar de él y acabó con el dulce entre los labios tras ganar el título de la temporada 90-91.

Al hurgar en sus recuerdos, lo primero que destacó fue haber formado parte de una generación  puma inigualable, en la que era común ver entre los jóvenes calidad, personalidad y un deseo de trascender inquebrantable. Destacó también la tarde del Tucazo, cuando los universitarios se desquitaron de dos finales perdidas ante el cuadro azulcrema, en donde se desquitó de Miloc y Edú con un baile igual de burlón como el que hizo el mediocampista brasileño en la ida.

Cuando se jugó la primera final, en la temporada 1984-85 (victoria del América en el global por 4-2), Nava era un joven de 21 años que apenas se asomaba a la Primera División, sin que tuviera participación en ella. Desde su trinchera le tocó ver cómo Joaquín Urrea echaba a perder el trabajo de Mario Velarde al frente de un grupo compuesto casi en su totalidad por jugadores mexicanos, salvo el brasileño Ricardo Ferretti. Fue en Querétaro, en un tercer partido, donde se escribió la polémica.

“No te gusta perder y más con errores arbitrales, que fue a la postre lo que ocasionó ese encono. Digamos que fue la sal que le echó a la herida. Fueron finales en las que Pumas jugó mucho mejor, pero por errores arbitrales se perdió una”, rememoró.

Tres años después, ya con  Héctor Sanabria en la dirección técnica y consolidado en el once titular, Nava perdió su segunda final frente a las Águilas, igual por un global de 4-2,  aunque destacó que se empezaba a consolidar una camada de ensueño para Pumas.

“El día que jugamos la final contra el América en 1988, Héctor Sanabria destacó que jugáramos con puros jugadores nacionales, que no hubiera ningún jugador extranjero.  La visión del ingeniero Aguilar Álvarez era ésa: hacer de la cantera un semillero de buenos jugadores nacionales y en su época así lo fue. Sanabria, que era muy exigente, que ayudaba mucho a pulir los detalles, que enseñaba el ABC de los conceptos futbolísticos”.

El desquite para Nava llegó en la temporada 1990-91, su última con Pumas antes de partir al Necaxa, en una serie que quedó empatada 3-3, que se inclinó a favor de Pumas por los dos goles de visita que hizo.

“La tercera era la vencida, ya nos tocaba ser campeones y nos mentalizamos en lograrlo. Estaba el convencimiento de que teníamos que ganar la final. Teníamos jugadores mexicanos de mucha calidad, teníamos muchas variantes. Gracias a Dios se ganó”.