¿DRD4? ¿Existe el gen de la infidelidad? Esto dice la ciencia
La ciencia ha investigado si nuestro ADN determina la lealtad en la pareja. Conoce el papel de la dopamina y la vasopresina en la infidelidad y el apego

Durante la participación de Maryfer Centeno en el programa Sale el Sol, la especialista en grafología compartió que Christian Castro podría tener el gen de la infidelidad, debido a su forma de relacionarse, de hecho, la conductora también compartió que este gen es el DRD4; sin embargo, esto no es así.
Cuando sale a la luz un escándalo de infidelidad, la pregunta inevitable suele ser: ¿por qué lo hizo? En el afán de encontrar respuestas, a menudo nos topamos con el mito del "gen de la infidelidad", una supuesta mutación que condena a ciertas personas a no poder mantener un compromiso monógamo.
Pero la ciencia es clara: no existe un único gen que te haga infiel; sin embargo, lo que los investigadores sí han descubierto es que nuestra genética influye profundamente en cómo procesamos el placer, cómo nos vinculamos con los demás y qué tanta tolerancia tenemos al riesgo.
Aquí te explicamos a los dos grandes protagonistas biológicos detrás de la lealtad (y el engaño).
¿Qué es el gen DRD4?
El cerebro humano tiene un sistema de recompensas regulado principalmente por la dopamina, el neurotransmisor del placer y la motivación. Todos compartimos el gen DRD4, encargado de crear los receptores para esta sustancia, pero no en todos funciona igual.
Existen variaciones (alelos) de este gen. Diversos estudios en genética del comportamiento han señalado que las personas con la variante conocida como alelo 7R tienen un umbral de placer más alto. ¿Qué significa esto en la práctica? Que necesitan estímulos más intensos o novedosos para sentir la misma satisfacción que el resto.
Esta configuración neurológica suele traducirse en personalidades que buscan emociones fuertes, son más impulsivas y tienen una mayor tolerancia al riesgo. Si bien no es una condena a la deslealtad, esta necesidad biológica de "novedad" puede hacer que la rutina de una relación a largo plazo resulte más difícil de sobrellevar, aumentando la tentación de buscar estímulos fuera de la pareja.
Uno de los trabajos más citados sobre el tema fue publicado en 2010 en PLOS ONE. La investigación analizó a 181 adultos jóvenes y encontró que las personas con al menos una copia de la variante llamada 7R+ reportaban mayor tasa de conductas sexuales promiscuas y más casos de infidelidad sexual.
Ese estudio es probablemente una de las razones por las que el DRD4 terminó convertido en el famoso “gen de la infidelidad” en notas populares. Pero el propio tipo de estudio tiene límites: se basó en una muestra relativamente pequeña, con autoinformes sobre conducta sexual, y no demuestra que el gen cause infidelidad.
La vasopresina: el pegamento de las relaciones
Si la dopamina es la chispa, la vasopresina es el ancla. Esta hormona es fundamental para la formación de vínculos afectivos profundos y el apego a largo plazo.
En el ámbito científico, variaciones en el gen AVPR1A (que codifica los receptores de vasopresina) se relacionan con la forma en que los seres humanos experimentan el compromiso.
Algunas investigaciones encontraron que ciertas configuraciones de este gen están asociadas con una menor satisfacción matrimonial y una mayor probabilidad de enfrentar crisis de pareja. En pocas palabras, a algunas personas les cuesta biológicamente más trabajo generar ese "pegamento" emocional que sostiene la monogamia.
Por qué no se puede hablar de un 'gen de la infidelidad'
La conducta humana no funciona como una instrucción directa escrita en un solo gen. La infidelidad puede depender de muchos factores: acuerdos de pareja, historia personal, cultura, oportunidad, impulsividad, satisfacción en la relación, valores, contexto social, consumo de alcohol, búsqueda de novedad, heridas emocionales, límites personales y decisiones individuales.
En genética, encontrar una asociación significa que una variante aparece con más frecuencia en cierto grupo o se relaciona estadísticamente con un rasgo. Pero eso no permite decir que una persona “tiene el gen de la infidelidad” ni que su comportamiento esté predeterminado.
Incluso el DRD4, pese a ser muy estudiado, ha sido descrito como un gen con resultados controvertidos y asociaciones variables en distintas investigaciones. Una revisión publicada en Neuro Endocrinology Letters señala que el DRD4 ha sido ampliamente estudiado en trastornos psiquiátricos y rasgos conductuales, pero que los resultados han sido ambivalentes
Entonces, ¿la infidelidad es biológica o aprendida?
La respuesta más precisa es que puede tener componentes biológicos, psicológicos y sociales. Algunas personas pueden tener mayor tendencia a buscar novedad, correr riesgos o responder con más intensidad a ciertos estímulos de recompensa. Pero esas tendencias interactúan con la educación, los valores, la historia emocional, la comunicación de pareja y el contexto.
La infidelidad no es una enfermedad genética ni una programación inevitable. Tampoco se explica únicamente por “falta de amor” o “mala intención”. Es una conducta humana compleja que puede tener muchas causas, pero cuya comprensión requiere más que atribuirla a un gen.