El caso Chihuahua sigue bajo la lente pública. Las fotos de patrullas chihuahuenses con logotipos de una policía gringa, ampliamente difundidas, han servido para ratificar la propensión de los panistas por dar a corporaciones extranjeras el control de la seguridad en territorio mexicano, lo que defiende el alcalde de la capital de aquel estado, el panista Marco Bonilla.
No menos significativa es la foto, aparecida en muchos diarios, de los cuatro gobernadores panistas con Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid. La señora también es la dirigente en la capital española del Partido Popular, la formación política de los sobrevivientes del franquismo. Los que buscaron a la ultraderechista fueron los mandatarios de Aguascalientes, Teresa Jiménez; de Chihuahua, la hoy controvertida Maru Campos; la de Guanajuato, Libia Dennise, y el gobernador de Querétaro, Mauricio Kuri.
No hay sorpresa en esa identidad, pues el Partido Acción Nacional se fundó en 1939, meses después del triunfo franquista en la guerra civil española, y las simpatías blanquiazules se extendían a la Italia fascista y la Alemania nazi, que apoyaron al llamado “Caudillo de España por la gracia de Dios” con tropas, armamento y aviación. Hay, pues, desde entonces, una bien conocida identidad de los panistas con el fascismo.
Lo curioso es que la orientación del derechismo panista ha cambiado de dirección. En su origen, el PAN era abiertamente antiyanqui, pues consideraba a Estados Unidos una nación de protestantes y, durante la Segunda Guerra Mundial, no le perdonaron que combatiera al Eje Roma-Berlín-Tokio. Sin embargo, derrotadas las potencias fascistas, los azules entendieron que su principal apoyo y referencia estaba al norte de México, sobre todo hoy, con un facho de mandamás en Washington.
En ese contexto, es explicable que desde el conservadurismo más acedo se levanten voces que aplauden la intervención de agentes de la CIA en la destrucción de un enorme narcolaboratorio en las montañas de Chihuahua, pues —dicen— alguien tenía que hacerlo ante la inacción del gobierno federal. Lo anterior, desde luego, no justifica la sospechosa e inadmisible indiferencia de nuestras autoridades federales ante la existencia del narcolaboratorio ni tampoco que fuerzas del Ejército Mexicano hubieran participado para dar “seguridad perimetral” a los policías locales que actuaban bajo la supervisión o acaso dirección de agentes de la CIA.
El hecho es que lo ocurrido en Chihuahua le sirvió al morenismo para distraer la atención del caso de Sinaloa, donde están embarrados el gobernador Rocha Moya —¿con licencia?—, el senador Inzunza y un grupo de funcionarios hundidos en el lodazal de la delincuencia. Dos de ellos ya se entregaron a las autoridades de Estados Unidos y acá deben estar temblando ante la posibilidad de que aporten datos y más nombres comprometedores.
Desde luego, para Morena resultaba muy importante hacer que la gobernadora Maru Campos compareciera ante el Senado. La dirección panista presionó a la gobernadora para que asistiera, pues el miedo no suele viajar a lomo de jumento y más de uno tendrá motivos para temer. Decían los capitostes albiazules que ella debía ir a la Ciudad de México para demostrar su inocencia y, de paso, aunque no lo expresaran, deslindar a otros panistas de cualquier culpabilidad.
Pero apareció en escena Diódoro Carrasco, viejo lobo de mar que desde hace tres años funge como asesor de Maru Campos, y paró en seco la intentona del alto mando panista. Era previsible que, de ir ante el Senado, la gobernadora hubiera sido linchada por los hoy decaídos morenos, urgidos de levantar en las encuestas. Pero se impuso la experiencia y sabiduría de Diódoro.
Morena anunció, entonces, una gran concentración en la capital chihuahuense, pero en política no basta con querer, sino que se requiere poder, algo que olvidó Ariadna Montiel, que, para su decepción, fue abandonada por los capos del morenismo y la gran concentración no pasó de ser un mitin pueblerino, con no más de tres mil asistentes, cuando se esperaban cien mil. Así, lo que se anunció como una demostración de fuerza fue el primer gran fracaso de la flamante dirección de Morena. Miserias de la política mexicana.
