La sociedad del cansancio
Hace una semana, el mundo de la música se estremeció: Avicii, considerado uno de los tres mejores DJ’s del mundo, murió. Tenía 28 años; trabajó con figuras icónicas como Madonna. Un joven, cuyo verdadero nombre era Tim Bergling, con la vida por delante, con el ...

Yuriria Sierra
Nudo gordiano
Hace una semana, el mundo de la música se estremeció: Avicii, considerado uno de los tres mejores DJ’s del mundo, murió. Tenía 28 años; trabajó con figuras icónicas como Madonna. Un joven, cuyo verdadero nombre era Tim Bergling, con la vida por delante, con el éxito en la bolsa y el mundo a sus pies, perdió la vida en circunstancias que no han sido del todo aclaradas. Padeció pancreatitis por el abuso del alcohol; esto lo llevó al quirófano, la recuperación fue a medias. Hace un par de años había anunciado su retiro de los escenarios, pero continuó produciendo música y trabajando con los grandes. Su carrera le permitió generar cerca de 140 millones de dólares.
Días después de su muerte, medios han hecho énfasis en un fragmento del documental Avicii: True Stories, disponible en Netflix, en donde se le observa cansado, drenado, al borde del colapso, ése que incluso mantenía los ojos abiertos con dificultad. En el mismo material, los médicos le sugieren hacer una pausa en su gira para someterse a una cirugía para extirparle la vesícula. Según reportes, dos años antes de su retiro, Tim cumplió con cerca de 321 compromisos en un lapso de 12 meses. A pesar de que había dejado de consumir alcohol, su salud se estaba deteriorando, por eso decidió que no más giras. Aun así, me parece increíble que un joven con la vitalidad y las oportunidades como las que él tuvo, haya dejado que su cuerpo se apagara de esta forma. ¿Qué lo llevo a eso?
Después de leer sobre el brutal agotamiento del DJ Avicii, no puedo dejar de pensar en el gran ensayo del filósofo Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio: Hoy nos explotamos a nosotros mismos hasta grados indecibles bajo el lema “tú puedes, tú eres chingón”. Es el triunfo del capitalismo en su fase de productividad y rendimiento: Un sistema que ya no necesita explotar a nadie, porque el individuo se ha convertido en el sujeto de su propia autoexplotación; alimentada desde el ego (el signo de la era) y su narcisismo, así como desde la trampa y la ilusión del multitasking. Es el triunfo de la eficiencia: El sujeto se autoexplota para demostrarse a sí mismo cuánto es capaz de lograr, hasta dónde es capaz de llegar. “Prometeo, como sujeto de autoexplotación, se vuelve presa de un cansancio infinito. Es la figura originaria de la sociedad del cansancio (…) La posibilidad del poder (hacer, lograr, triunfar) es mucho más eficiente que la negatividad del deber (hacer, trabajar, cumplir)”.
Nadie nos explota sino nosotros. Somos el explotado, sí, pero también el explotador, Hoy acusan a los managers de Avicii de ser los responsables de su muerte por la presión que ejercieron sobre él para que continuara trabajando: “Dije esto: No seré capaz de tocar más. Lo dije algo así como ‘voy a morir’. Lo he dicho tantas veces y no quiero oír que debería pensar en hacer otro concierto...”, es una de las declaraciones que se le escucha decir al mismo Avicii en aquel documental. Pero lo cierto es que él fue, desde un principio, su propia máquina de autoexplotación, que luego se convirtió en una empresa con maquinaria propia. Sus cercanos aseguran que no le gustaba ser el centro de atención, su familia afirma que él sólo quería hacer música. La pregunta es ¿por qué entonces no paró y caminó a su ritmo? “Se pasa por alto la violencia sistémica inherente a la sociedad del rendimiento, que origina infartos síquicos. Lo que provoca la depresión no es el imperativo de pertenecer sólo a sí mismo, sino la presión por el rendimiento. Visto así, el síndrome de desgaste ocupacional no pone de manifiesto a un sí mismo agotado, sino más bien a un alma agotada, quemada.”, diagnostica Byung-Chul Han con toda precisión. “Víctima y verdugo ya no pueden diferenciarse. Esta autorreferencialidad genera una libertad paradójica, que, a causa de las estructuras de obligación inmanentes a ella se convierte en violencia. Las enfermedades síquicas de la sociedad del rendimiento constituyen precisamente las manifestaciones patológicas de esta libertad paradójica”.
El sujeto que en aras de poder y poder más no se detiene ni un segundo a contemplar su entorno, su circunstancia, a sus semejantes, es un sujeto destinado no sólo a la depresión, sino también a la derrota inevitable: A todos los alcanza el momento en que ya no pueden poder más. “Al principio, la depresión consiste en un ‘cansancio del crear y del poder hacer’. Pero el no-poder-poder-más conduce a un destructivo reproche y a la autoagresión”.
El caso de Avicii demuestra, tal vez, que efectivamente, la guerra por demostrar y demostrarse a sí mismo todo lo que uno mismo es capaz de hacer puede, en realidad, ser una guerra perdida de antemano: Porque lo que estamos dispuestos a sacrificar de inicio es nuestro propio y más elemental principio de humanidad.