La ONU como instrumento imperialista

Por Fadlala Akabani*

Parte subyacente al imperialismo cultural ha sido categorizado como colonialismo interno por académicos de la trascendencia del doctor Pablo González Casanova (1922-2023); el concepto contempla los diferentes órdenes de colonialismo en la interacción entre naciones y la perpetuación de estructuras coloniales previas.

En el ámbito de la política, Naciones Unidas y el aún vigente, aunque caduco de facto, modelo de derecho internacional fue, y sigue siendo, el más depurado mecanismo para la fabricación de narrativas hegemónicas globales. 

Tras la Segunda Guerra Mundial, la ONU se estrenó otorgando apariencia de consenso internacional al avance de la agenda imperialista en Oriente Medio con la Resolución 181 (1947) que legitimó la fragmentación de la unidad territorial de Palestina (para aquellos que desde la obsequedad niegan su existencia) y la administración internacional de Belén y Jerusalén. Asimismo, abrió paso a la proclamación del Estado de Israel en mayo de 1948, cuyo debut en el concierto de naciones fue el ataque de fuerzas sionistas a la Legión Árabe que derivó en la primera guerra árabe-israelí.

En contraste, para los intereses del Sur Global, la ONU tiene solamente dictámenes testimoniales, como en el caso del bloqueo económico a Cuba (1960). No fue sino hasta 1992 que la Asamblea General admitió la discusión y votación del tema, cuando las condiciones del bloqueo alcanzaron a otros países que abandonaron la órbita soviética tras la caída de la URSS en 1991. Desde entonces, y hasta octubre del pasado 2025, han sido 33 las veces en que Cuba ha ganado la discusión y la votación; empero, nunca se ha ejercido alguna resolución vinculante y que, en efecto, termine o por lo menos atenúe las condiciones que imposibilitan el intercambio comercial para la isla caribeña.

A la burocracia de la ONU parece comenzar a preocuparle su supervivencia, y apuesta a una nueva etapa, en la que además del acostumbrado caso omiso a las demandas del Sur Global, ciertos departamentos sean mucho más funcionales para el principal contribuyente, Estados Unidos, y su agenda de expansión de zonas de influencia.

Así, encontramos el caso de Siria, nación flagelada por la infiltración del extremismo terrorista impulsado desde el extranjero, fragmentada territorialmente con un pueblo que sufre persecuciones religiosas y al que se le niega el derecho a ser y existir en su propio territorio. Es hasta hoy, después de una cruenta guerra, que surge el interés de la ONU por crear instituciones que pretenden lavar la cara al imperialismo anglosionista con un organismo cuyo nombre es: Institución independiente sobre las personas desaparecidas en la República Árabe de Siria. La propuesta fue iniciativa de un principado europeo, el de Luxemburgo, un aliado de larga data para Washington, según el Departamento de Estado.

Preocupante que, tal como Donald Trump mira a México (como un apéndice más) de la “Gran Norteamérica”, exista un proceso paralelo sobre nuestro país mediante la tendenciosa decisión del Comité contra la Desaparición Forzada. Ambos casos, tanto el de Siria, como el de México, son mecanismos inéditos y extraordinarios que abonan a la construcción de narrativas que pretenden encubrir el verdadero interés sobre estas naciones: influencia política y control territorial.

En Oriente Medio la lección es clara, la injerencia directa de la ONU precede y legitima la intervención colonial y la agresión imperialista. ¿Por qué en México y América Latina sería diferente?

*Analista