La deuda que Sheinbaum no contrajo

Yuriria Sierra

Yuriria Sierra

Nudo gordiano

Hay gestos diplomáticos que valen más por lo que admiten en silencio que por lo que declaran en voz alta. El viaje de Claudia Sheinbaum a Barcelona —el primero de un presidente mexicano a suelo español en ocho años— es uno de ellos. No es una visita de Estado, se apresura a aclarar la Presidenta. No es una disculpa. Es, apenas, una reunión de líderes progresistas en el marco de la IV Cumbre en Defensa de la Democracia, convocada por Pedro Sánchez, con Lula, Petro y Orsi como testigos. Nada más. Y, sin embargo, es todo.

Porque lo que Sheinbaum viajará a desmontar —sin decirlo, sin poder decirlo— es uno de los capítulos más costosos de la era López Obrador: la decisión de convertir a España en campo de batalla identitaria. La carta que AMLO le envió al rey Felipe VI en 2019, exigiéndole disculpas por los agravios de la Conquista, no fue política exterior. Fue política interior proyectada hacia afuera, el tipo de gesto que sirve para consolidar narrativa doméstica a expensas de una relación estratégica. El resultado fue predecible: Madrid se ofendió, el vínculo entre dos naciones con historia compartida y una economía bilateral de decenas de miles de millones de dólares quedó suspendido en una disputa de 500 años que nadie sabe muy bien cómo resolver.

Sheinbaum heredó ese expediente sin haber ordenado abrirlo. Pero también lo heredó sin haberlo cuestionado: decidió no invitar al rey a su toma de protesta. Madrid respondió con una ausencia sin precedente. Crisis diplomática entre dos gobiernos que, paradoja mayúscula, comparten la misma familia ideológica. Dos izquierdas de la misma era que no podían hablar entre sí porque una de ellas había convertido el siglo XVI en condición de posibilidad para el siglo XXI.

Lo que movió el tablero fue el tiempo y la presión externa. En marzo pasado, Felipe VI reconoció que durante la Conquista hubo “mucho abuso”. Fue poco, pero suficiente para que Sheinbaum lo leyera como lo que era: una salida de emergencia ofrecida con discreción. La Presidenta lo calificó de “gesto de acercamiento”, días después le envió al rey una invitación al Mundial 2026, y Barcelona quedó en el horizonte.

Pero el viaje no sería legible sin su segundo marco: el orden internacional que Donald Trump está rehaciendo a martillazos. La Cumbre en Defensa de la Democracia es la respuesta —todavía desordenada, más retórica que operativa— de los gobiernos progresistas a la nueva hegemonía conservadora que tiene en Washington su epicentro y en Budapest, Buenos Aires y Roma sus satélites. Sheinbaum llega porque México —el país que negocia su existencia económica bajo la sombra permanente del vecino— necesita demostrarle al mundo que tiene coordenadas propias.

Ahí está el giro que vale la pena registrar: durante seis años, el “lado B” del Estado mexicano operó bajo una doctrina de no intervención tan rígida que terminó siendo, en los hechos, una doctrina de no participación. México se ausentó de debates multilaterales, se negó a construir alianzas y utilizó su política exterior como extensión de su política interior. El precio fue el aislamiento suave: el tipo que no se nota de inmediato, pero que, cuando el mundo se reorganiza, deja a un país parado en el andén viendo partir el tren.

Sheinbaum va a Barcelona a subirse a ese tren. Sin fanfarrias, en viaje relámpago de ida y vuelta. Lo que lleva en el equipaje es, en parte, la corrección de una deuda que no contrajo. Lo que le espera al regreso es la pregunta que este gesto abre, pero no resuelve: ¿puede México construir una política exterior adulta sin renunciar al relato fundacional que la generación en el poder lleva décadas cultivando? De esa tensión Barcelona no va a liberarla. Sólo la va a hacer más visible. Pero menos relevante en los imaginarios de nuestros países. Hasta que lo ocurrido hace 500 años deje de ser el imprevisto cortapisas de una relación que ha atravesado cinco siglos tejiéndose desde tantos otros lados.