La inteligencia artificial y el futuro de las profesiones

Los próximos años serán un laboratorio educativo. Veremos surgir numerosos proyectos piloto que combinen inteligencia artificial y enseñanza.

World Talent Advisors convocó recientemente a un foro sobre el impacto de la inteligencia artificial en distintas industrias. Participaron el CEO de Google México, el CEO de Accenture, la CHRO de PepsiCo LATAM, directivos de Grupo Axo, Santander y Coppel, entre otros líderes empresariales. Fue una jornada llena de aprendizajes, en la que me correspondió hablar de los retos que la inteligencia artificial plantea a las universidades.

Un mexicano exitoso que radica en EU me recordaba una anécdota de la Revolución Industrial. En aquella época, los obreros calzaban zapatos de madera llamados sabots —de donde proviene la palabra “zueco”—. Temerosos de perder su empleo ante las máquinas, los trabajadores arrojaban sus sabots. a los engranajes para detener su funcionamiento. De ahí, se dice, nació el término “sabotaje”.

Hoy, algo de ese espíritu de resistencia vuelve a aparecer. Uno de los mayores temores frente a la inteligencia artificial es la pérdida de empleos. En un extremo están quienes temen la desaparición de sus puestos y reaccionan, simbólicamente, con nuevos “saboteos”. En el otro, quienes prefieren ignorar la magnitud de la transformación, convencidos de que todo seguirá igual. Pero la pregunta de fondo sigue ahí: ¿qué tanto cambiarán las profesiones con la IA? ¿En qué aspectos veremos los cambios más profundos?

Una primera respuesta parece evidente. A mayor automatización de las tareas propias de una profesión, mayor riesgo de ser sustituido por la IA. En muchas empresas, los primeros peldaños del escalafón laboral corresponden a puestos llamados “analistas”, precisamente entre los más vulnerables a la sustitución. Lo mismo podría ocurrir con ciertos ingenieros en programación, que pasarán de escribir código a diseñar “aplicaciones de la programación”. En definitiva, muchas profesiones deberán entenderse ahora a partir de la inteligencia artificial, lo que exigirá comprender su funcionamiento y desarrollar creatividad para imaginar nuevos escenarios junto con ella.

El papel del docente, naturalmente, también se transformará. Transmitirá menos información y se concentrará más en organizarla, conectarla y darle sentido. Necesitará entender cómo funciona la IA para aplicarla con criterio, articular conocimientos, guiar, acompañar, hacer pensar. En suma, convertirse en un verdadero mentor. Y, sobre todo, mantener a la persona en el centro del proceso de aprendizaje.

Los planes de estudio, por su parte, incorporarán el uso y comprensión de la inteligencia artificial y su vínculo con las industrias. Sin embargo, junto a la innovación tecnológica será indispensable reforzar los fundamentos éticos que aseguren que la persona siga siendo el eje de todo. Será necesario revitalizar las humanidades, disciplinas que ayudan a los individuos a florecer no sólo como profesionales, también como seres humanos. Materias que fortalezcan el pensamiento crítico, la creatividad, la empatía, la escucha y la compasión; lo más genuinamente humano.

Los próximos años serán un laboratorio educativo. Veremos surgir numerosos proyectos piloto que combinen inteligencia artificial y enseñanza. Algunos exitosos, otros no tanto. Con el tiempo, los sistemas educativos irán depurando sus modelos y aprendiendo qué funciona mejor. Así como antes se hablaba del coeficiente intelectual o del coeficiente emocional, ahora surgirán nuevos indicadores como el coeficiente de aprendizaje y el coeficiente de adaptación, ambos esenciales para navegar en esta era de cambio continuo.

Una de las grandes promesas de la tecnología es la personalización. La IA podrá detectar el nivel de cada estudiante y acompañarlo mediante programas que se ajusten a su ritmo, sus fortalezas y sus áreas de oportunidad. Pero esa personalización requerirá siempre el acompañamiento humano de mentores que atiendan los matices que la máquina no percibe. Porque, al final, el aprendizaje sigue siendo una tarea artesanal, un encuentro entre personas.

La inteligencia artificial transformará profundamente el mundo educativo y profesional. Soy de los que creen que ese cambio puede ser para bien, siempre que esté cimentado en principios éticos y humanos sólidos. Tal vez desaparezcan profesiones como la de “capturista de datos” y surjan otras, como “ingeniero en limpieza de datos”. Pero lo esencial no cambiará. Necesitaremos liderazgos que dominen lo técnico sin perder lo humano; que fomenten la empatía, el cuidado y la conciencia social; que entiendan que la inteligencia artificial es un medio y no un fin.

Sólo así la tecnología cumplirá su verdadera promesa, es decir, ayudarnos a construir una sociedad mejor, a través de personas mejores.

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