La implosión de los regímenes: la alianza con el crimen y la soberbia del poder

Antonio Peniche García

Antonio Peniche García

Desde la penumbra

En tiempos de mentiras universales, decir la verdad es un acto revolucionario / Atribuido a Orwell

La historia política está sembrada de regímenes que, habiendo alcanzado cotas de poder absoluto, terminan por derrumbarse no por la fuerza de una invasión externa, sino por un proceso interno de descomposición.

Este fenómeno de implosión rara vez es producto del azar; más bien, es el resultado final de dos factores profundamente entrelazados: la alianza estratégica con el crimen organizado y la soberbia ególatra de sus líderes. Juntos, estos elementos crean un círculo vicioso de corrupción, deslegitimación y aislamiento que, tarde o temprano, hace insostenible cualquier estructura de poder, por sólida que parezca.

En primer lugar, la decisión de un régimen de aliarse con el crimen nace frecuentemente de una lógica perversa de pragmatismo cortoplacista. Para mantenerse en el poder, se requiere control territorial, financiamiento extraoficial y mecanismos de coerción que operen en las sombras. El crimen organizado ofrece estos “servicios” a cambio de impunidad, protección política y acceso a recursos del Estado.

Esta simbiosis, sin embargo, es un pacto faustiano. El régimen, al internalizar las prácticas criminales, pierde la distinción fundamental entre el Estado de derecho y el ejercicio mafioso del poder.

Instituciones como la policía, el sistema judicial y las aduanas se corrompen, transformándose en extensiones del aparato criminal. Esto genera una erosión sistémica: la población deja de ver al Estado como un protector para percibirlo como un depredador más. La legitimidad, ese intangible crucial para la estabilidad, se disuelve en el desencanto y el miedo.

Esta corrupción estructural se ve exacerbada y dirigida por el segundo factor: la soberbia y egolatría del líder. Un gobernante que se cree por encima de las leyes, de la historia y de su propio pueblo, pierde contacto con la realidad. La soberbia lo lleva a rodearse de cortesanos y aduladores, aislando las fuentes de información crítica.

Cree que su genio o destino lo hacen inmune a las consecuencias de sus actos. Esta egolatría no sólo justifica la alianza con el crimen (“es un mal necesario para mis grandes fines”), sino que también la personaliza. Como dice aquella frase de Leonardo Murialdo: La soberbia es el vicio de los ignorantes.

El líder y su círculo íntimo se enriquecen de manera obscena, haciendo del Estado su patrimonio privado. La lealtad al régimen deja de ser ideológica para convertirse en un cálculo mercantil, basado en el reparto de botín.

La combinación de ambos elementos es explosiva. La alianza criminal provee los medios para la represión y el enriquecimiento ilícito, mientras la soberbia del líder los utiliza sin restricción moral, convencido de su impunidad eterna.

Diría José de San Martín: “La soberbia es una discapacidad que suele afectar a pobres infelices mortales que se encuentran de golpe con una miserable cuota de poder.”

Sin embargo, esta dinámica contiene las semillas de su propia destrucción. Internamente, la corrupción descontrolada ahuyenta la inversión, destruye la economía formal y empobrece a la población, creando un caldo de cultivo para el descontento. Los propios socios criminales, una vez fortalecidos, pueden volverse ingobernables, chantajear al régimen o incluso disputarle el control territorial.