No tengo límites

No podemos hacerlo todo ni comprenderlo todo ni eliminar todas las restricciones. De hecho, en la educación, el verdadero arte consiste precisamente en establecer los límites adecuados: explicar las razones que los sustentan y, al mismo tiempo, ampliar nuestra capacidad de rectificar y comprender. Comprender, en este sentido, es crecer.

Hace unas semanas se hizo célebre una frase más del presidente Trump. Afirmó que no tenía límites, salvo los que marcaba su propia moralidad. “Mi propia moralidad, mi propia mente. Es lo único que puede detenerme”, sentenció el mandatario, matizando a renglón seguido que, en realidad, no deseaba hacer el mal a nadie.

La frase generó, como era de esperarse, preocupación en muchas personas, especialmente en relación con la situación política actual. Sin embargo, más allá de coyunturas, el episodio me llevó a reflexionar sobre cuestiones más profundas: los límites, la libertad, el espacio, las delimitaciones y, en último término, las relaciones humanas.

Pensaba en lo difícil que nos resulta aceptar las limitaciones que impone nuestro entorno. Asumir reglas suele ser una tarea ardua. El “no” incomoda. La falta de espacio, de tiempo o, en definitiva, las restricciones a la libertad suelen contrariarnos y despertar resistencia.

Me vienen algunas ideas a la cabeza. La primera es que, con frecuencia, la realidad termina imponiéndose, querámoslo o no. Hay situaciones que exigen resiliencia, pero otras reclaman algo distinto: aceptación. Puedo pasarme la vida protestando porque el agua del mar debería ser potable, pero sencillamente no lo es.

Además, pensaba que ciertos límites no solo son necesarios, sino, en ocasiones, muy convenientes. Afortunadamente existen reglas de tránsito; de lo contrario, el número de accidentes sería mucho mayor y el caos urbano, inmanejable. Hay días en los que sentimos la tentación de trabajar sin descanso, día y noche; por fortuna, el cuerpo no lo permite. Reclama reposo y declara ese límite que nos recuerda que no basta la voluntad para alcanzarlo todo, y que la vida tiene más dimensiones que el rendimiento.

La aceptación de ciertas normas, el no forzar la verdad de las cosas y el realismo en las decisiones personales, empresariales, familiares o institucionales son signos de madurez. No solo protegen al conjunto, también a la propia persona.

Surge entonces la eterna discusión acerca de quién puede establecer las reglas y con base en qué criterios. He abordado este tema en otras columnas y tengo un punto de vista al respecto. Por ahora baste señalar que dejarlo todo a la mera discreción de quien detenta el poder entraña un riesgo evidente de autoritarismo, y que resulta deseable la existencia de ciertas reglas universales, independientes de la moral individual o de la voluntad impositiva de unos u otros.

No podemos hacerlo todo, ni comprenderlo todo, ni eliminar todas las restricciones. De hecho, en la educación, el verdadero arte consiste precisamente en establecer los límites adecuados: explicar las razones que los sustentan y, al mismo tiempo, ampliar nuestra capacidad de rectificar y comprender. Comprender, en este sentido, es crecer.

Dando un paso más, es preciso asumir que, si no me delimito, me convierto en un flujo continuo y ansioso que no logra encarnarse en el ser humano concreto que soy. La falta de límites diluye la personalidad. Cuando una persona reconoce su propio espacio y el de los demás, establece un límite sensato, consciente de su insuficiencia, y abre al mismo tiempo la puerta al desarrollo del otro. Ahí comienza la relación, cuya esencia reside —paradójicamente— en la posibilidad de abrirnos a un crecimiento mutuo ilimitado.

Ignorar esos límites naturales abre la puerta, por un lado, al atropello de la dignidad ajena y, por otro, al inicio de la propia destrucción. Por eso, en la educación, resulta tan importante, en ocasiones, un “no” que, como contrapartida, habilita muchos otros “sí” orientados a lo verdaderamente importante.

Lo mismo ocurre en relación con uno mismo. Si no existen límites razonables, si todo se reduce al capricho, termino arrasando mi propia humanidad. Mis apetitos y pasiones quedan sin freno y el gran perdedor es el equilibrio interior, junto con la posibilidad de establecer una relación sana con el entorno.

Y es que, como señala Rosini, el límite no es un gravamen: es el otro; es, incluso, el final de la soledad.