Se agradece la ironía

En ciertas ocasiones, esa leve sonrisa que se dibuja ante las muestras de lo más irracional de lo que somos capaces, es como un respiro que nos permite sostener nuestros pasos entre los restos de la esperanza y el jardín de la incertidumbre.

Entre el galimatías que se articula desde lo más complejo de la realidad, pasando por formular las preguntas cuyas respuestas se intuyen dolorosas y envueltas en la perplejidad de lo incomprensible, un poco de humor puede llegar a ser como ese hilo que permite transitar el laberinto borrascoso de lo cotidiano. Ya los filósofos y doctos expertos nos han brindado innumerables teorías y estudios que ubican dicha importancia en nuestra dimensión como seres humanos –con la seriedad, los gestos de circunspección y el aire de gravedad que exige la academia–.

Pocas cosas suelen agradecerse tanto como la persistencia del humor que desentraña nuestro desconcierto ante una cotidianidad en la que no llegamos a encontrar el sentido de la barbarie que, por cierto, es posible gracias al semillero de la ignorancia y el fanatismo: inclusive, en ciertas ocasiones, esa leve sonrisa que se dibuja ante las muestras de lo más irracional de lo que somos capaces, es como un respiro que nos permite sostener nuestros pasos entre los restos de la esperanza y el jardín de la incertidumbre. En este sentido, recordar la reacción del equipo de redacción del semanario Charlie Hebdo luego del atentado que sufrieron en sus oficinas aquel fatídico 7 de enero del año 2015 –en el que un par de fanáticos de Al Qaeda asesinaron a más de doce personas– resulta más que paradigmático: un cartón político en el que refrendaban su postura crítica, su humor corrosivo que se enfrentaba al poder y la barbarie, ante el horror y la tragedia que, hoy por hoy, ocupa un inopinado lugar en nuestra mesa.

Quizá sea prudente volver a formularnos, con claridad, esa pregunta que siempre responderemos con las muecas de la obviedad, ¿quién podría negar la importancia y necesidad del humor, de la risa, en medio del tráfago de lo cotidiano? Al menos sabemos que dicha respuesta incomoda a quienes hacen posible su caricaturización al ser protagonistas de cartones de carácter político, de chistes y parodias. Se sabe que el ejercicio del poder y sus múltiples rostros son alérgicos a la capacidad que tenemos de reírnos de sus miserias y contradicciones. Por ello, el lugar común es colocar al humor y la risa como un recurso que nos enfrenta a la realidad de gobiernos inoperantes y atascados en el fango de la corrupción, a la incompetencia de servidores públicos, a quienes hacen de su actuar un modelo de superficialidad y banalidad cósmica. Pero también de quienes han sido capaces de articular la desgracia y la tragedia como fichas de un tablero en el que la muerte suele seguir la lógica de sus movimientos –como el que suele descomponer en delgados hilos al crimen organizado en cualquiera de sus rostros–. Y, por supuesto, queda en el aire ese cuestionamiento que apunta a definir si existe un límite en esa formulación de un humor que necesita ser corrosivo al poder y la barbarie, el fundamento de una oposición, de la resistencia misma.

Sin embargo, también existe el reverso de la moneda, ésa que es posible gracias a la libertad que tanto se necesita defender. Claro, no hace falta profundizar en la irrupción de quienes son como las marionetas y bufones del poder en turno, dignos ejemplos de la coreografía que se desarrolla al ritmo que se articula con la melodía de las monedas de oro que caen desde lo alto de una supuesta superioridad moral. Compinches del discurso oficial, los humoristas del poder suelen caer en el marasmo de su propia egolatría, que se convierte en el lugar común, en el chiste predecible que se hilvana con el burdo lenguaje que le es propicio a sus propias huestes. Su efectividad es el parámetro y medida de quienes son capaces de aplaudir el absurdo y la irracionalidad que se envuelven entre las sábanas de una trasnochada ideología, de la triste convicción que se erige con la retórica de su egolatría. Pero la existencia de tales expresiones también se agradece: lo que da risa es esa convicción, esa seguridad que les brinda estar apegados al discurso oficialista.

Es curioso enfatizar que su posible humor y sátira también es motivo de caricaturización, aún más fina por la obviedad que implica. Y vaya que los ejemplos sobran: desde los nuevos protagonistas de los canales oficiales y sus programas de revista, hasta quienes, con la anuencia de las personas que firman los llamados oficios y autorizaciones, irrumpen en todo espacio de carácter oficial. ¿Hablaremos de lo que sucedió en el Congreso de la Ciudad de México el pasado miércoles? Quizá no sea tan necesario, pues, vaya ironía, ese botón es paradigma del embeleso del poder y su danza metálica.