Olvidando la educación…
Las nuevas generaciones incluso te pueden demandar, poner límites restrictivos.
Por Ma. Patricia Herrera Gamboa*
Las personas de la generación de hace algunas décadas, aún conocimos la educación tanto en nuestro entorno familiar como en el estudiantil, ya que nuestros padres y abuelos nos impusieron costumbres consideradas un tanto “restrictivas” que a su vez también ellos recibieron. En ese entonces se hablaba de las buenas costumbres, el pudor y la decencia, de cómo comportarnos, fuera un joven o una señorita de familia, sin importar la clase social, anteponiendo siempre lo más importante el respeto y la educación.
Se hablaba de “usted” a los padres y personas mayores, incluso aún permanecía en algunas familias el besar la mano del patriarca, los niños no estaban incluidos en las pláticas de adultos, los jóvenes tenían un horario que debían cumplir al pie de la letra, porque de otra manera ya no conseguirían el siguiente permiso para salir.
Aun así la juventud de aquella época, supo manifestarse y salir a las calles en busca de su propia libertad, impuso moda y costumbres, como el uso de la minifalda, el bikini, la tendencia psicodélica de los hippies, la mariguana, la música de rock and roll con la llamada “invasión británica” o de EU y las bandas nacionales, que sin duda le dieron identidad a esa generación, soltando un poco el yugo de aquellas costumbres quizás arraigadas o poco flexibles, pero que siempre antepusieron la educación y respeto hacia los demás.
Gozamos sin saberlo, de que nuestros padres definieran nuestros horarios para jugar en las calles sin riesgo de inseguridad, a qué fiesta podíamos asistir, que te llevaran y recogieran del colegio, que cuando había noviazgos, siempre te acompañara el clásico “chaperón”, además el novio debía entrar a la casa de la novia a sentarse en el sillón de la sala, con la mirada inquisitiva del padre, con apenas cinco minutos para una breve despedida en la puerta de casa.
Pero, no sabemos cuándo sucedió algo que cambió toda la situación actual, ya quizás esas restricciones nos parecieron demasiado estrictas y simplemente decidimos que la siguiente generación a la nuestra, es decir, nuestros hijos y nietos, jamás deberían de pasar por ese “sufrimiento”, lo que desencadenó en un tremendo error que hoy seguimos arrastrando y que quizás todavía algunos ni siquiera se han dado cuenta, dándoles a nuestros hijos igualdad en toda la extensión de la palabra, volviéndonos sus “amigos” —lo que es imposible porque somos sus padres—, permitiendo a los niños y jóvenes, no sólo nos hablen de “tú”, sino que incluso se atrevan a callarnos la boca, a llamarnos por nuestro nombre o peor aún por “guey” omitiendo papá o mamá, a no permitir que nos inmiscuyamos en sus asuntos desde edades muy tempranas y cuidadito te atrevas a pedirles cuentas de adónde van o a qué hora vuelven, porque en una de esas, ellos serán quienes te levanten la mano por metiche.
Las nuevas generaciones, apoyadas por leyes absurdas y “profesionales” incluso te pueden demandar, poner límites restrictivos, incluso de espacio en tu propia casa, para que ni siquiera te les acerques, tachando la ley de la chancla como maltrato infantil y no sé cuántas barbaridades más…
Así que hoy s triste mirar que nosotros mismos le abrimos la puerta a la educación y al respeto y entonces su ausencia se justifica, con medios legales o psicológicos y consecuentemente pocos niños y jóvenes saben comportarse con educación y respeto, porque no conocen límites ni consecuencias de sus actos.
Ojalá, algún día no muy lejano, nuestra sociedad retome esa educación tan bonita que nosotros recibimos y que a pesar de muchos, no nos traumó ni nos hicimos delincuentes por una oportuna nalgada.
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