De canchas y de aulas

 

Esta semana participé en la inauguración del Campeonato Nacional de Pádel Tenis CONADEIP 2026. Me pidieron dirigir unas palabras a estudiantes deportistas de alto rendimiento, mujeres y hombres, representantes de distintas universidades del país, que estaban a punto de iniciar su justa. Preparar ese breve mensaje me hizo reflexionar sobre la trascendencia del deporte y revivir, con genuina emoción, algunas vivencias de mi juventud.

Uno de los grandes aciertos de mis papás fue inscribirme, desde pequeño, a un equipo de futbol. Tendría yo cinco o seis años. La aventura de perseguir un balón junto a otros niños se convirtió en una tradición ininterrumpida que continué año con año hasta la juventud, y que llenó muchas de mis tardes, mis fines de semana, mis vacaciones y, sobre todo, mis sueños.

Me vienen a la memoria numerosas historias. Alegres y tristes, edificantes y vergonzosas. Recuerdo que cuando mis papás querían salir de la ciudad algún fin de semana, mi reacción era de rechazo inmediato. Prefería mi partido de futbol a cualquier plan familiar. Mis hermanos me recuerdan con sonrisa pícara que en una ocasión, siendo muy pequeño, hice la rabieta clásica del niño que amenaza con irse de casa —empacando una pequeña maleta cuyo contenido se limitaba, por supuesto, a mi uniforme de futbol—.

Torneos, viajes, amigos; lesiones, tensiones, emociones; victorias y derrotas. Un mosaico de experiencias humanas que forjó prácticamente toda mi infancia y adolescencia. El futbol era, al mismo tiempo, lo más divertido y lo más serio que hacía. Un lenguaje, una cultura, una ambición, un modo de vivir. Mi mayor temor era llegar a un partido y que no apareciera el árbitro o que el rival no se presentara; siempre preferí perder jugando a ganar por default.

Todavía con la imaginación disparada, volví a la realidad. Se esperaba que dirigiera unas palabras a jóvenes universitarios que practican deporte de alto rendimiento. Además, pensé en otras selecciones deportivas nuestras que disputarían también finales esos días y cuya pista seguí con ilusión: futbol y voleibol femenil, así como futbol varonil de preparatorias. Reparé en todo lo que el mundo empresarial o corporativo les exigirá —nuevas competencias, tecnologías, capacidades intelectuales— y, encima de todo eso, habilidades blandas.

Recordé entonces cuáles son las soft skills más valoradas según distintos expertos. Entre ellas, comunicación, trabajo en equipo, adaptabilidad, liderazgo, humildad, tolerancia a la frustración, resiliencia, disciplina, esperanza. Y fue en ese momento cuando todo encajó. Ninguna de ellas se aprende en la teoría; se forjan en la práctica, ejercitándolas junto a maestros y compañeros, en un entorno que las exige y las cultiva. Pocos espacios son tan favorables para eso como el deporte, especialmente el de conjunto.

Cuando comenzaron a desfilar las delegaciones, me emocioné al ver los rostros ilusionados de quienes aman el deporte competitivo. Pensé que algunos corren el riesgo de ser grandes deportistas y descuidados estudiantes —y que eso puede comprometer su futuro—, pero también que quienes logran ambas cosas llegan al mundo profesional con una ventaja innegable. Por eso les dije: “Hoy se habla mucho de la importancia de las habilidades blandas. Quiero compartirles que, en mi experiencia, muchas de ellas se aprenden más en las canchas que en las aulas”. Una afirmación que quizás no debería salir de la boca de un rector; pero que la memoria, agradecida, simplemente no pudo callar.

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