La ominosa liga

Hay una vieja frase que puede resumir, en cierto modo, una de las estrategias de comunicación del oficialismo y todos sus engranajes, un mecanismo que también ha servido para medir el impacto de sus propias palabras –de sus ligerísimas declaraciones o la cada vez más erosionada retórica que les ha funcionado durante los últimos siete años– y, por supuesto, colocar en el límite del absurdo aquello que pone en riesgo su propia versión de la realidad. En efecto, no hay día en el que el gobierno no se dedique a “estirar la liga” entre esa percepción de la realidad que han intentado imponer y lo que ocurre cotidianamente en las calles de nuestro país.

Resultaba evidente que el cambio de administración implicaría un cierto reacomodo en las estrategias de comunicación que, apenas hace unos cuantos meses, mantenían el soliloquio presidencial como la única voz autorizada para cumplir, a cabalidad, con el intento por crear una realidad alterna y llena de espejismos. Y esa condescendencia que mantuvo la cortesilla política ante dicha estrategia discursiva al validar cada una de esas palabras es cada vez más costosa para la actual titular del Poder Ejecutivo. Vaya situación: se ha optado por estirar la liga con un mecanismo que sólo convence a quienes se han enredado en la bandera del fanatismo o a quienes son conscientes de que la nómina depende de esa suerte de prédica que necesitará de un revulsivo con miras a los próximos comicios. Tendrán que elevar sus propias apuestas al ruido, a levantar polvo y a la confrontación, infalibles recursos que tienen perfectamente medido y con resultados muy favorables. Y, sin embargo, no han logrado domeñar a esa incómoda realidad que termina por estirar aún más esa liga que en ocasiones amenaza con romperse.

Quizá uno de los ejemplos más ominosos sea el que se ha generado a partir del derrame de petróleo que, lamentablemente, ha afectado a las costas del golfo de México. ¿A quién se le ha ocurrido negar, de manera oficial, la desgracia y el daño ecológico que ha implicado este derrame? Sabemos que éste y el gobierno anterior no se han caracterizado por demostrar una preocupación por la conservación y la protección de la naturaleza –seguimos esperando que se publiquen los estudios cerca del impacto ambiental del Tren Maya o la refinería de Dos Bocas, por ejemplo–, pero negar o minimizar la realidad es estirar demasiado esa liga. Preguntarse el sentido que implican las declaraciones de Alicia Bárcena –la actual titular de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales–, de la gobernadora de Veracruz, Rocío Nahle, del secretario de Marina –el almirante Raymundo Pedro Morales– o la puntada de Tatiana Clouthier en la red social X, no sólo resulta inquietante, sino absurdo de principio a fin. Entre explicaciones que no se entienden, si no es por esos condimentos de inventiva y absurdo, y el descaro que implica el intentar edulcorar el desastre, han montado toda una estrategia discursiva que se suma a esa efectiva manera de evadir su responsabilidad: 630 kilómetros de retórica vacía.

Se sigue estirando esa liga que, a fin de cuentas, se sostiene gracias a las campañas mediáticas, a la propaganda gubernamental que actúa con la presteza de quien quiere cubrir el pozo de la desgracia y que, en giros casi “inesperados”, los convierte en víctimas de las conspiraciones del universo. Y, en el camino, se minimiza el impacto del derrame de petróleo y no se habla de los daños a la salud de quienes habitan en esas zonas. Que se levante el polvo y se deje muy atrás lo sustancial de esta situación, parece ser el principio rector de sus comunicados.

No se necesita investigar entre los archivos más añejos otros ejemplos que “estiran la liga”. Baste escuchar las declaraciones de la actual secretaria de Cultura con respecto a la colección Gelman, la respuesta presidencial acerca de quién tomaba el sol con la placidez y parsimonia que ofrece el poder o a las interpretaciones de las estadísticas de los desaparecidos, que también se presentaron durante esta semana. Ah, esa realidad que no está del lado correcto de la historia, caray.

Quizá lo único que sí se puede concluir es que será muy costoso, en términos económicos, sostener ese modelo de comunicación política con miras a las elecciones del próximo año y, de esa manera, brindarle otro uso a las ligas que no dejarán de estirar las veces que sean necesarias para salvaguardar eso que han dado en llamar “popularidad”.

Temas: