Adolescentes, inteligencia artificial y la falsa sensación de certeza

Por Zaira Zepeda*

La inteligencia artificial dejó de ser una promesa del futuro. Hoy, para muchos adolescentes, es una presencia cotidiana.No solo la usan para hacer tareas. La consultan para entender cómo se sienten, para tomar decisiones sobre su cuerpo, su alimentación o su vida personal. Y en algunos casos, algo más profundo está ocurriendo: la están empezando a usar como un espacio emocional.

Hace poco comenzaron a circular en redes sociales conversaciones de adolescentes con herramientas de inteligencia artificial bajo frases como: “Le conté todo porque no puedo hablar con nadie más” o “es la única que me entiende”. Más allá de lo llamativo, estos casos revelan algo importante: estamos frente a una generación que empieza a encontrar en la tecnología un sustituto de acompañamiento emocional.

No porque la inteligencia artificial esté diseñada para eso, sino porque tiene características que la hacen atractiva: siempre responde, no juzga, es inmediata y utiliza un lenguaje que suena empático.

Pero hay una diferencia que no podemos ignorar. La inteligencia artificial no conoce a quien le pregunta. No entiende su historia, su contexto, su entorno ni sus silencios. Lo que ofrece son respuestas construidas a partir de patrones, no procesos reales de comprensión.

Y en temas emocionales, esa diferencia es fundamental.

Un psicólogo no sólo escucha: interpreta.

Un nutriólogo no sólo recomienda: evalúa.

Un entrenador no sólo sugiere: adapta.

La inteligencia artificial no hace eso. Y sin embargo, puede parecer que sí.

Ese matiz —aparentemente menor— es donde se empieza a construir lo que considero uno de los mayores riesgos de esta nueva etapa tecnológica: la falsa sensación de certeza y de acompañamiento.

Porque una respuesta bien escrita puede sentirse correcta. Puede incluso tranquilizar. Pero eso no significa que sea suficiente ni adecuada ni responsable. Como mamá, hay algo que me parece importante decir, no desde el miedo, sino desde la conciencia.

No se trata de prohibir la inteligencia artificial. Eso sería ingenuo. Esta generación no va a dejar de usarla. Se trata de enseñarles a entenderla.

A saber que no todo lo que suena empático es comprensión real.

Que no todo lo que ofrece respuestas es orientación profesional.

Y que hay espacios —como la salud emocional— donde ninguna tecnología puede sustituir la experiencia, la ética y la responsabilidad de un ser humano.

La inteligencia artificial puede ser una herramienta poderosa para aprender, organizar ideas o acercarse a ciertos temas. Pero no es, ni debería convertirse, en donde los adolescentes procesan lo más profundo de lo que les pasa.

Estamos frente a un cambio estructural en la forma en la que se construye el conocimiento y se buscan respuestas. Y como todo cambio profundo, exige nuevas habilidades.

Hoy, más que nunca, necesitamos enseñar pensamiento crítico.

Pero también necesitamos enseñar algo igual de importante: límites.

Porque en la era de la inteligencia artificial, la diferencia no la hará quien tenga acceso a la tecnología, sino quien entienda hasta dónde confiar en ella. Y eso, al menos por ahora, sigue siendo una responsabilidad profundamente humana.

*Analista