Sobre los objetos
Mi entusiasmo es el de la urraca que roba objetos brillantes y los guarda en troncos huecos como un tesoro, mi afán es el de la criada que decora su habitación en la azotea con farolitos de papel crepé, mi esperanza es la del preso que dibuja en la celda una puerta o una barca por donde imagina un escape
Por Daniel Rodríguez Barrón
Algunos sábados, más por pasear que por otra cosa, voy al tianguis de antigüedades que se tiende en el jardín Doctor Ignacio Chávez en la Ciudad de México. Es un lugar concurrido, cada vez más sobre todo por los extranjeros que viven en los alrededores, y en el que se puede encontrar algunas maravillas: óleos, objetos litúrgicos, acaso expoliados de iglesias, como custodias y acetres, por los que piden cantidades imposibles; pero, en realidad, es un mercadillo de objetos de segunda mano, el mexicanismo cháchara es lo más preciso que se puede decir de lo que allí se vende: botellas de refrescos dizque coleccionables, revistas viejas, una zoología fantástica en aldabas de bronce, libros usados, muebles cojos o tuertos, y loza que debió haber pertenecido a una tía abuela, y sólo por ser vieja y usada pasa por antigüedad.
Me he comprado varias cosas: platos y tazones siempre en azul y blanco; tapetes tejidos en lana; floreros y tapas de vidrio que debieron formar parte de alguna polvera o vasija, y cuyo relieve traza figuras femeninas, ninfas, musas; cajas de madera laqueada; miembros de santos estofados, un pie, un brazo; tallas para vestir; espejos y lámparas.
Todo ello, se une en casa con postales enmarcadas, Botticelli, prerrafaelitas, suicidios ejemplares: Ofelia y Chatterton; fotos de escritores: la Trinidad Rusa: Tolstói, Dostoievski y Chéjov; y la Latinoamericana: Borges, Rulfo y Onetti; algún grabado, una pequeña serigrafía; unos cuantos libros firmados por sus autores. Ninguna de todas estas cosas es valiosa en sí misma. Aunque, por supuesto, tienen un valor para mí. Y es aquí a donde deseo detenerme. Mi trabajo no es el del coleccionista, no tengo los medios económicos ni los conocimientos para serlo, sino el del pájaro que recoge ramitas, listones y hojas para trenzar su nido, mi entusiasmo es el de la urraca que roba objetos brillantes y los guarda en troncos huecos como un tesoro, mi afán es el de la criada que decora su habitación en la azotea con farolitos de papel crepé, mi esperanza es la del preso que dibuja en la celda una puerta o una barca por donde imagina un escape.
Con cerámica desportillada, con cuentas de vidrio de colores, con alfombras deshilachadas, con postales y santos de vestir, con cajitas y custodias de latón, silbatos y muñecos de trapo, con íntima pedacería de imágenes invoco a los dioses, levanto una red de disonancias para llamar mi propia atención, para perderme en sus posibles significados y escucharlos, justo al revés de ese verso de Mallarmé, abolido bibelot de inanidad sonora, porque su sonoridad no es inane, cuentan cosas, y no son historias de fantasmas ni de sus antiguos dueños, se trata más bien el oleaje del tiempo, y tampoco han sido completamente abolidos, son restos de ideologías, religiones y culturas, la biografía de varias generaciones, personas desconocidas con los cuales tendemos un lazo, acaso una breve compañía.
Estoy seguro que la lectora o el lector tiene su propia wunderkammer con objetos e imágenes que ha conservado a lo largo de su vida, y que, en ciertos momentos, se convierten en lugares donde apoyarse, en bancas donde sentarse a descansar, son rostros familiares y brazos abiertos, nos hacen señas, forman un rompecabezas que, acaso, nunca terminemos de completar, y que al final, la marea los devuelva al tianguis de segunda mano, de baratijas que por mera coquetería y cariño llamamos antigüedades.
