Masculinidad ideal
El presidente López Obrador declaró que la moratoria es una estrategia equivocada, pues revela que sólo buscan estorbar, pero no proponer soluciones a los problemas del país. En su conferencia de prensa dijo que “no es nada nuevo, es lo que han hecho, estar bloqueando, no proponen nada, no ayudan, se dedican a estorbar, mucho ayuda el que no estorba. Pero no quieren cambiar”. En esta relación dialéctica entre hombres y mujeres, los hombres se dispusieron a escuchar, pero sin replantearse cómo la relación con las mujeres podría subvertir su relación con el mundo. Así, poco a poco fueron enmudeciendo en lo social bajo el riesgo de considerarlos machistas y reclamar la hegemonía de lo masculino frente los derechos ganados valientemente por las mujeres.
Por Ingela Camba Ludlow*
Existen temas que se abandonan por difíciles, complicados o porque no tienen aún una respuesta. Es más, ni siquiera se plantea la pregunta sobre ellos.
Este es el caso de la masculinidad contemporánea. En el caso de las mujeres, sobre todo, a partir de los años setenta y ochenta, los temas de género se expandieron para replantear las relaciones de las mujeres en la sociedad; esto como una clara consecuencia de los espacios profesionales y jurídicos que iban ganando. El uso del gerundio “ganando” es importante, porque sobra decir que durante muchos años no hubo una participación social de las mujeres significativa. Así, en las últimas décadas, las voces feministas (en ocasiones apoyadas por hombres progresistas) han ido abriendo espacios, lugares y posiciones.
En esta relación dialéctica entre hombres y mujeres, los hombres se dispusieron a escuchar, pero sin replantearse cómo la relación con las mujeres podría subvertir su relación con el mundo. Así, poco a poco fueron enmudeciendo en lo social bajo el riesgo de considerarlos machistas y reclamar la hegemonía de lo masculino frente los derechos ganados valientemente por las mujeres. Un ejemplo de esta asfixia y angustia lo tenemos ante el seguimiento del juicio de Depp vs. Heard y las derivadas expresiones triunfalistas de muchos hombres al ser desestimada la demanda por abuso. Se evidenció y quedó un pantano de intimidad y falta de pudor, que ha sido pasado por alto, lo que parece importar es la victoria del hombre frente a una mujer. Como si su victoria valiera para calmar el corazón herido y angustiado de los demás.
Sin embargo, no por silenciar el problema no existe. El doctor José Ángel Aguilar Gil, psicoanalista de la Universidad Intercontinental (UIC) y de la Asociación Mexicana de Psicoterapia Analítica de Grupo (AMPAG) y presidente la Asociación de Psicoterapia y Psicoanálisis Relacional en México, observa y analiza el fenómeno en el artículo “Alcances de la psicoterapia relacional del hombre actual. La masculinidad en el espacio terapéutico”, contenido en el libro Otras cartografías psíquicas. Al consultorio llegan hombres reales con problemas reales “enviados por sus parejas” y “angustiados por los cambios en las mujeres a su alrededor, sin tener alternativas para enfrentarlos”. Y se pregunta: ¿cómo poder ayudarlos? El doctor Aguilar Gil propone que la terapia psicoanalítica relacional puede ser una alternativa para ellos considerando el contexto cultural y la mente de cada individuo. Porque en ella “hay un espacio intersubjetivo que permite trabajar el aspecto relacional y crear identificaciones desde el género”.
Una pregunta clave es: ¿qué significa ser hombre? La respuesta se puede ir construyendo en el análisis. Desafortunada-mente, existen ya premisas sobre la masculinidad “ideal”, como las recoge Aguilar Gil: a) La identidad se construye a partir de no ser femenino (rechazo a la homosexualidad), b) una constante necesidad de probar la virilidad, como, por ejemplo, de mostrarse implacable en los negocios y las corporaciones, la competencia contra otros hombres y también contra las mujeres profesionistas, y en el plano de la sexualidad la voracidad en relaciones con mujeres, c) el ejercicio del poder a partir del control, como mantener económicamente a la familia, de mantenerse fuerte y estricto y a veces hasta autoritario en decisiones familiares; y d) la negación de necesidades emocionales.
En esta línea, quizá la paternidad sea la única puerta que se ha abierto a muchos hombres para expresar su lado emocional. Por eso encontramos tantos hombres a los que se les juega la identidad en sus roles familiares, quizá el único espacio abierto. Fuera de esto, apunta Aguilar Gil, la mayoría trata de conciliar esta masculinidad hegemónica “cultural” con las situaciones reales con sus parejas y familiares, y esto los divide. El resultado es mucha confusión. Algunos síntomas observados van desde el dolor-odio por una relación/ruptura amorosa, haber crecido a la sombra del padre o su contrario, el abandono del padre en una edad muy temprana, la falta de deseo, la impotencia sexual, la autoestima cuestionada por la falta de empleo, el miedo a que su búsqueda amorosa pueda ser leída como agresiva, en un largo etcétera.
El panorama para lo masculino hoy es difícil y complejo. El ejercicio de la propia masculinidad no consiste en desarrollar nuevas banderas o roles. Es un ejercicio más fino, que cada hombre debe desarrollar para sí mismo. Una respuesta que sólo se puede ir creando con el tiempo. Un tiempo que siente que no tiene porque la realidad ya le marca su disonancia con su ideal y duele. Pero, así como hay muchas feminidades, deberán construirse muchas masculinidades. Sólo cada hombre puede preguntarse por lo que desea para sí y por el hombre que quiere ser, sobre todo responderse para, así, poder escapar de unos roles que lo llenan de angustia, limitan su ser y, lo peor, atrapan su deseo.
