Las izquierdas frente a Venezuela
La proclamada “neutralidad” del Estado mexicano es un ardid que favorece a la dictadura en ese país sudamericano
Por Fernando Belaunzarán*
El problema de las lecciones de la historia es que se olvidan. No es fuera de lo común ver tropiezos con la misma piedra ni lamentar que no se experimente en cabeza ajena. Ni siquiera los grandes acontecimientos garantizan memoria y aprendizaje. “Cuando la historia se repite, la primera es tragedia y la segunda farsa”, dice la multicitada frase de Carlos Marx en El 18 brumario de Luis Bonaparte; pero en este caso se equivoca. La caída del Muro de Berlín que marcó en muchos sentidos el fin del Siglo XX no bastó para que todas las izquierdas entendieran que sin democracia y libertad no hay justicia.
En Venezuela, el poder militar lo detenta una dictadura represora que pretende usurpar la titularidad el Poder Ejecutivo mediante una burda simulación electoral. Los derechos humanos se violan todos los días; las libertades de expresión, organización y manifestación son cotidianamente reprimidas y abundan los presos políticos. Se le dio oportunidad al diálogo con mediación internacional y el régimen autoritario se burló de todos e insistió en consumar el golpe a la democracia con la ilegítima toma de posesión de Nicolás Maduro.
Frente a ese escenario, la proclamada “neutralidad” del Estado mexicano es un ardid que favorece a la dictadura, ya no digamos su apresurado comunicado para reiterar el reconocimiento al gobierno de Maduro.
La cancillería pretende justificar, primero, su rechazo a firmar el pronunciamiento del Grupo de Lima y, luego, su negativa a reconocer como mandatario provisional a quien preside la Asamblea Nacional, Juan Guaidó, con una lectura chata de la Constitución, desempolvando la vetusta Doctrina Estrada y asegurando que México podría ser mediador para solucionar pacíficamente la crisis. Ninguno de sus tres argumentos se sostiene.
El artículo 89, fracción X, de nuestra Carta Magna, establece en efecto que nos regiremos por los principios de no intervención, autodeterminación de los pueblos y solución pacífica de controversias, pero también por “el respeto, la protección y la promoción de los derechos humanos” groseramente conculcados por el régimen venezolano.
La llamada Doctrina Estrada, producto de un comunicado escrito en 1930 por el entonces secretario de Relaciones Exteriores,
Genaro Estrada, no impidió a México protestar por la anexión de Austria a la Alemania Nazi, apoyar a la República Española, romper relaciones con el gobierno de Franco y, años después, con los de Pinochet y Somoza, condenar el apartheid en Sudáfrica, etc.
Es una ingenuidad promoverse como posibles mediadores cuando la oposición venezolana ubica al nuevo gobierno como aliado de la dictadura, debido al viraje dado respecto de la administración anterior.
Decirse “neutrales” no resulta convincente, menos aún cuando Maduro se apresuró a tomar el llamado al diálogo como un salvavidas para tratar de salir de su crisis. Y el ultimátum de la Unión Europea para que se convoque a elecciones libres en los próximos días o reconocerán a Guaidó como presidente, aumenta el aislamiento de México.
Conocí a mi maestro Adolfo Sánchez Vázquez, insigne teórico marxista que mucho nos hace falta, en el marco del derrumbe del “socialismo real”. Recuerdo su demoledora autocrítica, el señalamiento del silencio cómplice de gran parte de la izquierda ante los crímenes de Stalin, así como la defensa y promoción de un sistema pervertido que negaba en los hechos los anhelos de innumerables personas que dieron su vida y lo sacrificaron todo por edificarlo. Venezuela muestra que no todos aprendieron la lección.
*Integrante de la presidencia
colegiada del PRD
