Los placeres cotidianos
Nos solazamos con dos o tres cervezas por cabeza, ésas sí a 80 pesotes cada una, que me parecieron un robo en despoblado, aunque tomamos las más frescas.
¡QUÉ BIEN SE VIVE CUANDO SE VIVE BIEN!
Creo recordar que esta frase sobre vivir bien, la leí en una novela de Enrique Jardiel Poncela, haciendo un esfuerzo, diría que es parte de ¡Espérame en Siberia, vida mía! Intenté confirmarlo para no mentirles a ustedes y, aún con todo el internet a mi servicio, no pude lograrlo. Pienso que el mismo escritor dijo también con su típica ironía –¡oh, qué bonito es el campo!, cuando se mira desde un cómodo sofá de la ciudad. Era una clara referencia a la vida trabajosa y dura de los campesinos de los años 50 y a la ligereza con la que los señoritos de ciudad imaginaban bucólicas escenas entre maizales, patatales y trigales. Pues, hoy, les quiero insistir en la importancia de vivir bien. Mi padre opinaba que una persona, para ser feliz, activa y productiva, partiendo de una salud razonable, necesitaba cuatro elementos imprescindibles: estar bien comido, bien dormido, bien amado y bien asoleado. Yo que lo complico todo, le añado a la fórmula de mi viejo otros cuatro ingredientes: estar conforme, sereno, en paz e ilusionado.
El dinero, vil metal, es necesario, no hay duda de ello, pero bien mirado no hace falta tanto. Una pequeña lata de Beluga 000 es un manjar, un placer y un privilegio que puede rondar los mil dólares, peso arriba o peso abajo, dinero que sería suficiente para alimentar muy bien a una familia durante un mes. Lo importante aquí es que el caviar no es imprescindible y en buena compañía es perfectamente sustituible por unas gorditas de chicharrón prensado. Un traje de Brioni tiene una caída única, sienta perfecto y su tessuto de lana fría o de seda resulta una gozada que te hace sentir elegante y distinguido, pero un pantalón de Zara y una camisa limpia, pueden producir un efecto similar a 2% del coste del traje italiano. A esto me refiero cuando hablo de estar conforme, aplaudo al que lucha, trabaja y disfruta de lujos; para muchos son una recompensa al esfuerzo y al sacrificio, pero insisto: las cosas más hermosas de esta vida son gratis. O, casi.
Esta semana, por ejemplo, me volé la tarde del miércoles y me fui a dar la empapada de mi vida para ver al equipo de mi novia, el Celta de Vigo, contra los Pumas. El partido estuvo aburrido y no dejó de llover ni un minuto; mi madre, que era una apasionada de los dichos y refranes populares, aseveraba que la sarna con gusto no pica, así, nuestro grupo de 12, cinco mujeres y siete hombres, con aficiones divididas, pero compartiendo el ánimo de disfrute, nos hicimos de unos chubasqueros de plástico a 30 pesos la unidad, nos solazamos con dos o tres cervezas por cabeza, ésas sí a 80 pesotes cada una, que me parecieron un robo en despoblado, y nos apropiamos de las más frescas humedades que la filtración de los endebles impermeables llevó hasta las osamentas. Gritamos dos goles, cantamos con la barra local algún Goya Universidad, y pasamos una tarde distinta, divertida y feliz. Después del partido aún tuvimos los arrestos para cambiarnos de ropa y abrigados en tono deportivo fuimos a meterle a los destemplados cuerpecitos un jugo de carne con jerez, un chuletón de buey argentino y sus correspondientes papas soufflé. Pura vida.
Yo me dedico a lo que me gusta, trabajo cada vez menos, porque lo que hago, lo disfruto, entonces no me cuenta como chamba, me he vuelto más vago que el diseñador de la bandera de Japón. Además, escribir me mantiene ocupado, entretenido y contento. A mis 62 abriles tengo el ánimo para empezar, ahora en otoño, una maestría en literatura y narrativa. ¿Qué más puedo pedir? Quizá dormir mejor, en eso, el Rivotril me echa una mano fantástica; tal vez más sol, me iré al mar este verano; probablemente, estar más sereno, aunque estoy en calma y conforme. Y en cuanto a amado, tengo una familia y unos amigos de lujo, me siento enamorado, y muy bien querido. De salud, como un jabalí, y de humor, aún me río de mí mismo, de la política y de las cosas muy solemnes. ¡Feliz domingo!
