Azar y raza
Ahora mismo están velando recuerdos, memorias y transfiguraciones. Alguien les palmea el hombro y los abraza. Otro asegura que entiende su dolor, pero en el fondo saben que miente, su cortesía sólo es una de tantas frases hipócritas. El estado de somnolencia por las noches no conduce al sueño, sino a la vigilia expectante. La presencia de una sombra es revelada por la pequeña luz de la lámpara, se detiene detrás de cada uno de ellos, sin sonrisa, sin enojo, sin mirada que delate sufrimiento, nada, sólo esa silueta hondamente oscura
Tres estudiantes arrojaron puñados de tierra en las tumbas; depositaron ramos de flores…
Óscar Oliva
Vuelve el día. Éste, así lo recuerdan, se parece inmensamente al 19 de marzo, es soleado al punto de la algarabía. Han pasado 38 días desde esa fecha, 39 desde la última vez que los vieron.
Dentro de la bolsa del pantalón de uno de ellos vibra su teléfono, torpemente saca el aparato con la esperanza de encontrar en la pantalla el nombre Salo, como cariñosamente llamaba a Salomón. No, era un número desconocido: decide no contestar. Abre el álbum de imágenes para mirar la última fotografía con Salo, quien siempre portaba su cámara. Reproduce el video del último concierto de Salomón, ¡qué bien le pegaba a la batería!, susurra.
Él, acompañado de todos los demás, lee el diario. Las páginas centrales hablan de campañas, candidatos y debates. Su mirada es atraída por la noticia de que Martin Scorsese sería premiado. Sus ojos se humedecen hasta un llanto fugaz. Se limpia la mirada. Marco hubiera sido tan importante como Scorsese, le dice a su acompañante, quien asiente. Vuelve a la carga a las páginas del diario hasta que un obstáculo le impide seguir: la fotografía de Marco. Esta vez nada lo detiene para hundirse en lágrimas. Lo ve sonriente, feliz, añorante. A su costado, ella, quien lo ha seguido toda una vida, lo mira y lo abraza. También llora.
Frente a otro de ellos camina un joven con la camiseta del Guadalajara, quien antier se coronó en el torneo de la Concacaf. Hasta en muletas andaba por jugar futbol, ¿te acuerdas?, dice al aire esperando que alguien, quien sea, le respondiera un sí. La playera del Guadalajara tiene estampado el número 20, misma edad de Daniel. Él se hace el ánimo de pensar que su hijo le respondió que sí. Ahora, le basta con recordarlo, a eso tendrá que acostumbrarse, a no olvidar.
Ellos escuchan de la Fiscalía que es una mala coincidencia que la tía de uno de los jóvenes torturados haya sido prestanombres de uno de los enemigos de los asesinos. A todos les llama la atención lo mismo: el término coincidencia. Su mente se queda en blanco tratando de analizar la palabra, cruel, fría y sinsentido. Cada uno vuelve a su casa, no tienen ánimos de escuchar más. Los constantes mensajes en redes no permiten descansar la vibración y sonidos de sus móviles. En el muro de Facebook de alguno de tantos leen la palabra azar. Tampoco les hace gracia. Un periodista lanza la cifra: 200,000 homicidios en el país han sido registrados en la última década. Uno de ellos piensa, 200,000 muertos por el simple azar.
Él, ella, ellas, ellos, es decir los padres, hermanos, tíos, amigos, parejas de los tres jóvenes torturados y disueltos en ácidos en Tonalá, supuestamente por miembros del Cártel Jalisco Nueva Generación, cuyos nombres no debemos olvidar, Salomón, Marco, Daniel, ahora enfrentan una lucha que poco a poco, desde la última década, han emprendido muchas familias en el país: hacer justicia por el asesinato de sus hijos.
Es de sorprender la forma en que ocurren estos crímenes. Cada vez se vuelven más sanguinarios quienes los comenten, ya no les basta pegar un tiro, ahora torturan a sus víctimas. Las llevan al límite. Sin duda, es de temerse. Los enfrentamientos entre cárteles son violentísimos, de estas confrontaciones hay inocentes que son arrasados por esta maldad y vehemencia.
Hoy vivimos atrapados en un laberinto palindrómico: la actualidad del país, sea cual sea la dirección, sur, norte, este u oeste, es un juego de espejos. La lectura del país es una: la violencia es lapidaria. Lamentablemente, en tiempos de hogaño, estas muertes ya comienzan a politizarse. Los otros, es decir los candidatos, han mostrado los mismos viejos trucos chambones de siempre, me refiero a que todo son ocurrencias. A ellos estas muertes no los afecta ni las lamentan, son otras más, contables, ellos no salen con temor a hacer proselitismo, no viven con la expectativa de ser asaltados o mutilados o desaparecidos. Para estos otros, el asesinato de Salomón, Daniel y Marco es un tema para atacar al adversario.
De aquellos, es decir los gobernantes, ya no esperamos nada. Poco les falta para salir por la puerta de atrás. Ya sabemos que a ellos no hay que pedirles nada, no son útiles, no resuelven. Que no olviden que la omisión y el silencio también cercenan.
Escritor
