El sexto disparo de la ruleta rusa
En ese siniestro juego mortal, los cinco primeros disparos son aleatorios. Solamente, el sexto, y último, brinda la seguridad maligna. Porque no todas las seguridades son buenas. Así sucede con la política y, sobre todo, con los candidatos. Los que prometen lo bueno, no siempre son seguros. Pero por los que prometen lo malo, podemos confiar en su cumplimiento
Es que prometer la remisión de la inseguridad, la reducción de la desigualdad o la consolidación de la legalidad no siempre la podrían cumplir, sobre todo en la perentoriedad de un sexenio. En cambio, la promesa del derrumbe de las instituciones, de la amistad a los criminales, del boicot a las inversiones, del desmantelamiento constitucional o de la instalación de la dictadura se puede cumplir en tan sólo seis días, no en seis años. Los gorilas siempre han sido “de-palabra”.
Sin embargo, me sorprende que, ante las promesas dictatoriales de algunos candidatos mexicanos, los que más se alarman sean los poderosos, los potentados y los elegidos. Me resulta paradójico porque se nos ha demostrado que, ante la dictadura, quienes más sufren son los débiles, los pobres, los marginados, los descartados y los despreciados.
Pero, sobre todo, los poderosos, los ricos y los afamados, fácil y rápido se acomodan en el sistema de la dictadura o transfieren su riqueza y abordan su jet. Los segregados nunca se acomodan. Los magnates terminan siendo amigos y hasta socios del dictador. A los ínfimos nunca los acepta ni los respeta.
Tan sólo recurro a un ejemplo, no del alto poder, sino de la baja burocracia. En este México, en algún momento todos hemos sufrido a la policía corrupta. Pues bien, la policía de la corrupción es un “juego-de-niños” en comparación con la policía de la dictadura. La de la corrupción tiene límites y admite cierta defensa. La de la dictadura no tiene límites ni admite defensa alguna.
Por fortuna, los mexicanos jóvenes no conocen la dictadura. Pero, por ello mismo, no la conciben plenamente y, en ocasiones, piensan que la libertad es un don natural y gratuito de la vida.
Quisiera recordarles que, durante décadas, muchos seres humanos vinieron a México huyendo de las dictaduras de España, de Latinoamérica, de los países árabes y hasta de China.
Los empujaron a buscar la libertad en otras latitudes y la encontraron en México.
Yerra Vargas Llosa con su “dictadura-perfecta”. La realidad mexicana no fue perfecta, pero tampoco fue dictadura. Incluyendo a sus paisanos peruanos, todos los migrantes aquí encontraron la libertad y ninguno regresó a su país ni prosiguió en su búsqueda. Aquí sembraron, aquí cosecharon, aquí gozaron y aquí reposaron. Por eso me asusta pensar que, como electores, pudiéramos llegar al sexto tiro de la ruleta rusa.
Este juego me ha recordado un curioso caso que conocí. Estando dos tipos practicando este mortal pasatiempo, llegaron al turno del sexto tiro. El comprometido se apoyó la pistola sobre la sien. Pero, en un preciso momento, renunció a su propia muerte, giró el arma y ultimó a su ya sonriente adversario. Todos los borrachos de la cantina le gritaban “¡rajón!” y otros epítetos más altísonos. Él tan sólo les contestó manualmente con una alusión materna, sacó otra arma repleta y abandonó la piquera sin dar la espalda a tan distinguida concurrencia.
Al día siguiente estaba bien preso, acusado de homicidio calificado. Pagó cara su felonía. El otro, de inmediato quedó bien muerto. Pagó cara su ingenuidad. Ambos imbéciles pagaron cara su estupidez.
Éste es tan sólo uno de los muchos episodios de violencia estúpida que me tocó atender durante mi larga guardia pública. Allí conocí, por vez primera, el maridaje de la imbecilidad con la violencia, hoy llevadas a las calles, al campo, a los negocios, a las mafias, a los noviazgos, a las diversiones, al antro, a la familia, a la escuela, a los pasatiempos, al sexo y hasta a los juegos electrónicos.
Pero me asalta el temor de que esto pueda llegar a instalarse en uno de los mundos que yo he escogido: el de la política. Me preocupa que, algún día, la política y los políticos de mi país pudieran volverse violentos y estúpidos. Que abandonaran la idea, el proyecto, la hazaña, la conquista y los valores para dedicarse a la injuria, a la calumnia, a la intriga, a la mentira y a la traición. Que la valentía fuera sustituida por la valentonada. Que la bravura fuera suplida por la bravuconada. Que la valerosidad fuera suplantada por la balandronada.
Que jueguen a ser dictadorzuelos o tiranillos o satrapitas sin siquiera tener lo que, para la verdadera dictadura, se requiere de verdadero poder, de verdadero salvajismo y de verdadera crueldad.
¡Vamos!, que los protagonistas, sus partidos, sus seguidores, sus electores, sus protectores y sus lambiscones fueran como los dos idiotas de mi relato y terminaran tan mal como terminaron aquéllos.
