San Juanico, la hornaza del terror; se cumplen 40 años de la tragedia

Hace 40 años se registró la peor tragedia por una fuga de gas en México; en San Juan Ixhuatepec, el saldo de 11 explosiones y un incendio sin fin fue de 498 muertos y 4 mil 248 heridos

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Excélsior fue el primer medio impreso en ofrecer información de las explosiones. Fotos: Archivo Excélsior

El lunes 19 de noviembre de 1984 se registró en México la peor tragedia por fuga de gas que provocó 11 explosiones, una hornaza que duró días en extinguirse, destrucción material incuantificable, pérdida de vidas humanas por centenares, en un escenario con reminiscencias de un ataque nuclear.

La zona cero fue San Juan Ixhuatepec, en Tlalnepantla, Estado de México, que está a dos kilómetros de la Ciudad de México, en colindancia con la Gustavo A. Madero.

A este día de hace 40 años le faltaban ocho horas para acabar y La Extra de Excélsior publicó como su información principal: “398 muertos”. Todos carbonizados o ahogados por respirar gas.

La última contabilidad oficial fue de 498 personas fallecidas y cuatro mil 248 heridas.

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La edición de Excélsior del 20 de noviembre presentó un despliegue informativo de lo sucedido en aquella empobrecida población mexiquense de donde se veía que salían despavoridas personas en andrajos, con la carne viva, la mirada perdida hacia cualquier punto donde alguien les diera ayuda.

El estallido inicial e incendio en San Juan Ixhuatepec se registró a las 5:40 de la madrugada del 19 de noviembre de 1984. El origen de la tragedia fue por las maniobras de una pipa de la empresa Unigas, que hizo estallar una instalación de Pemex, según informó oficial de la hoy desaparecida Procuraduría General de la República (PGR).

Al incendiarse la pipa, el fuego avanzó hacia el depósito primario de Pemex que en ese entonces surtía a 20 empresas de gas, que repartían en la Ciudad de México, Hidalgo, Querétaro y Morelos.

Los estallidos afectaron los depósitos esféricos de Pemex, donde posiblemente existía una pequeña fuga que provocó las demás explosiones”, según información de la PGR.

La “posible” fuga del combustible en las instalaciones de Pemex fue reconfirmada por una denuncia del Consejo de Participación Ciudadana de San Juan Ixhuatepec. Comenzó 12 horas antes de que San Juanico —como

coloquialmente se conoce a esa población de origen náhuatl—, entonces habitado por 30 mil personas, quedara convertida en un surrealista paisaje de fierros retorcidos, cenizas y con olor a carne quemada.

De acuerdo con informes oficiales, cinco meses antes de la tragedia del 19 de noviembre de 1984, en la misma subestación de Pemex que hace 40 años causó dolor en todo el país, se registró un incendio de regulares proporciones, que se mantuvo en absoluto sigilo, hasta que sucedió la tragedia rememorada aquí.

Sin mecanismos de protección civil, como los que se conocen a partir de los terremotos de septiembre de 1985, el titular de la Secretaría de la Defensa Nacional —ahora (Defensa)—, Juan Arévalo Gardoqui, por órdenes del presidente Miguel de la Madrid, puso en operación el Plan DN-III a las 6:10 horas. Los servicios de emergencia, Cruz Roja, policía estatal, municipal fueron insuficientes para atender a la población herida, rescatar cadáveres y combatir las lenguas de fuego mortal que en el momento de mayor espanto alcanzaron hasta un kilómetro de altura.

A partir de las 6:45 horas del 19 de noviembre de hace 40 años se registraron cinco estallidos con intervalos de 10 minutos cada uno aproximadamente. Las detonaciones impactaron a las colonias Viveros Xalostoc, Industrial Xalostoc, Zapata, San Francisco Xalostoc, Alta Villa, Granjas de Guadalupe y Chamizal.

En el amanecer del 19 de noviembre de 1984, desde algunos puntos de la Ciudad de México se podía ver una bola de fuego color naranja. El estallido inicial alcanzó tal magnitud que algunas personas creyeron que se trataba de una erupción volcánica. La vibración del estruendo hizo añicos vidrios de ventanas en varios kilómetros a la redonda.

Las azoteas de colonias como Lindavista, Progreso Nacional, Ticomán, La Presa, Industrial Vallejo, Cosmopolita, se poblaron de gente desde donde pudieron ver la espectacularidad del desastre. El miedo invadió a los espectadores de aquella pira. Hubo quienes se pusieron de rodillas, rezaron. Otros gritaron asustados.

El mundo de las comunicaciones, en ese entonces, era diferente, no había telefonía celular, ni internet y sus derivados, como las redes sociales.

Por la hora de los sucesos, la radio fue el primer vehículo de información del hecho registrado durante la administración del presidente De la Madrid y la gubernatura de Alfredo del Mazo González.

El primer medio impreso en ofrecer información de las explosiones e incendio fue Últimas Noticias primera edición de Excélsior. “113 muertos y 900 heridos; los estallidos

siguen”, se lee en el título principal del meridiano. Entre las 5:40 y las 8:30 de la mañana se registraron 10 explosiones.

Las dos fotografías de Arturo García que se publicaron en el meridiano de esta casa editorial evocan escenas de lo ocurrido en Hiroshima y Nagasaki, cuando Estados Unidos hizo detonar bombas nucleares en el contexto de la Segunda Guerra Mundial. Muestran —las gráficas de García—, el drama del momento: un hongo de fuego y humo se levantó en la zona del siniestro y resplandeció en varios lugares de la Ciudad de México. En la otra fotografía aparecen cinco personas —una muerta, tendida en el piso—, las otras, sentadas en una banqueta con la ropa

hecha jirones, los cuerpos quemados y la mirada perdida.

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La evacuación de la zona fue coordinada por el Ejército. Llevaron a los heridos y gente que se quedó sin casa a centros de socorro. Las colonias de donde se desalojó a miles de personas fueron San Juanico, Unidad CTM, Granjas Valle, Xalostoc, Cerro Gordo. Caracoles, Constitución de 1817, San Miguel y La Calavera. La mayor parte de las personas que vivían en esas zonas eran pobres. La mayoría de ellos vivían en casas construidas con palos y láminas de cartón. Era lo que en aquella época se conocía como ciudades perdidas.

En las primeras labores de rescate estuvo el comandante de bomberos Benito Pérez González, que años después se le rindió homenaje, dándole su nombre a una estación de bomberos en Cuajimalpa. Los bomberos se mantenían a unos 300 metros del fuego, prácticamente como observadores de la hornaza. Nada podían hacer frente a aquella llamarada de terror.

Doce horas después del primer estallido, la gente seguía caminando por la Sierra de Guadalupe hacia la Basílica de Guadalupe. En la explanada el entonces abad de la sede mariana, Guillermo Schulenburg Prado, recibió a miles de personas con quemaduras de primero y segundo grado. Muchas fueron auxiliadas ahí.

Otro grupo de personas heridas se fue hacia la explanada de la entonces delegación (actualmente alcaldía) de Gustavo A. Madero, para buscar refugio y cobijo al haber perdido todo.

Manuel Lino Ramos, un legendario periodista de Excélsior, que trabajó como corresponsal en el Estado de México, publicó en Últimas Noticias primera edición una crónica con los testimonios de gente que estuvo en el lugar de la tragedia.

Después del estallido, a las 5:40 horas esto era el infierno: las llamas caían sobre nosotros, desde una altura de 100 metros”, relataron histéricos sobrevivientes. Cuando el pueblo de San Juan Ixhuatepec estaba envuelto en llamas y en la psicosis, empezó el éxodo de miles de personas que huían de la muerte, dejando atrás cientos de heridos y muertos. Un resplandor color naranja cubría a toda la comunidad. Decenas de vecinos corrían aterrorizados, cubiertos por el fuego que abrazaba sus carnes.

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Jesús Torres Álvarez, jefe de vigilancia de Unigas, donde estalló el carrotanque, narró pormenores de cómo se inició la tragedia. “Muchos iban desnudos, con sus hijos en brazos, reflejando pavor en sus rostros, en busca de refugio”. En unos cuantos minutos la zona semejaba una enorme hoguera. Muchos cadáveres podían verse sobre el suelo y los heridos se desgarraban en gritos de auxilio. Todavía no llegaban los bomberos, ni las ambulancias de socorro, ni la policía. Nadie podía evacuarlos aún”.

Por estos hechos ocurridos hace 40 años se denunció al entonces director de Pemex, Mario Ramón Beteta, y al director de Unigas, Jorge Orvañanos Zúñiga. Beteta fue gobernador del Estado de México entre 1987 y 1989 y pasó al gabinete del presidente Carlos Salinas de Gortari. Ninguna persona particular o funcionario pisó la cárcel por los hechos. Pemex asumió la responsabilidad e indemnizó a los deudos de las víctimas y a los miles de heridos.

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