Resistencia que quebró a la hegemonía priista
Con la muerte de Pancho Barrio se cierra una etapa crucial de la transición mexicana; su liderazgo en el Verano Caliente de 1986 en Chihuahua no solo desafió el llamado fraude patriótico del tricolor, sino que sentó las bases legales y sociales para la alternancia política del año 2000. Su lucha logró algo inusitado: reunir en un mismo frente a personajes ideológicamente opuestos

Con la muerte de Francisco Barrio Terrazas se cierra una etapa crucial de la transición mexicana a la democracia. Su figura representa la determinación del pueblo mexicano de darse un sistema de elecciones limpias y confiables ante la hegemonía absoluta y los rasgos totalitarios del sistema político priista. Así de simple y transcendente.
Me tocó, como reportero del semanario Proceso, cubrir informativamente la contienda electoral de 1986 en Chihuahua, que resultaría a la postre un parteaguas en la historia política de nuestro país y antecedente directo de las históricas elecciones federales de 1988, el fin de la hegemonía priista en el Congreso en 1997 y la anhelada transición consumada en el año 2000 con la derrota del PRI en la contienda por la Presidencia de la República.
Tras las elecciones del 6 de julio de ese año, infectadas de prácticas fraudulentas sin cuento —todo el repertorio—, que documentamos ampliamente en la revista, mi estancia en Chihuahua se prolongó durante más de tres meses debido a la resistencia contra el fraude electoral encabezada por el propio Barrio Terrazas.
Pancho, como todo mundo le decía, tenía 35 años de edad cuando lo encontré por primera vez en la asamblea estatal del PAN en Chihuahua, que lo ungió como candidato a la gubernatura del estado en los albores de 1986. Desde entonces me pareció un tipo singularmente carismático y resuelto, de hablar recio, muy norteño.
Lo acompañé varias veces durante la campaña proselitista. Acudí a sus grandes concentraciones en Chihuahua capital, Parral y Ciudad Juárez. Nunca en mi trayectoria de más de medio siglo cubriendo eventos proselitistas he conocido a alguien que provoque el fervor de ese chihuahuense de hablar rotundo. Ni Cuauhtémoc, ni Maquío, ni Diego, ni Fox, ni el propio López Obrador. Era común que luego de ser presentado en el estrado la concurrencia estallara en aclamaciones y coros que parecían no tener fin. En uno de sus mítines en la ciudad de Chihuahua, en el Paseo Bolívar a un lado del parque Lerdo, conté 18 minutos de estribillos —¡Barrio!, ¡Barrio!, ¡Barrio! y ¡Pancho!, ¡Pancho!, ¡Pancho! entremezclados— antes de que pudiera empezar su perorata.
Su discurso, antes y después de las elecciones, poco tenía que ver con los principios y postulados de Acción Nacional. Era su tema el sufragio efectivo, el respeto a la voluntad de los chihuahuenses, la resistencia pacífica. Con él estuve en las manifestaciones multitudinarias, en la toma de puentes internacionales, en los bloqueos carreteros.
Fui testigo de los plantones ciudadanos, las cadenas humanas, las ocurrencias de la resistencia civil (como la llamada operación Carro Completo en los supermercados) y del constante estruendo de los automovilistas que con los cláxones de sus automóviles seguía la “clave siete”: tres toquidos cortos y cuatro largos imitando el sonsonete: “ba-rrio-si, ba-e-za-no. La euforia y el desencanto; la rabia, la determinación, el valor de las mujeres chihuahuenses, los rostros, los héroes anónimos, los plantones frente al palacio de Gobierno.
A la denuncia y la lucha contra el fraude a favor del candidato priista Fernando Baeza Meléndez abanderada por Barrio Terrazas, —a la que Proceso dedicó de manera insólita las portadas de siete ediciones consecutivas—, se sumaron la izquierda chihuahuense (entonces agrupada en el PSUM), los mineros, los intelectuales, los campesinos, las organizaciones empresariales, la Iglesia Católica, el pueblo. Todo lo soportó el sistema priista para llevar adelante su estrategia del que se llamó “fraude patriótico”.
El 6 de agosto de ese mismo 1986, un evento sin precedentes en el país convocado por Pancho y los organismos que apoyaban su lucha, reunió en un hotel de Ciudad Juárez a los más disímbolos personajes de la oposición mexicana al autoritarismo. Ahí estuvieron políticos de izquierda como Heberto Castillo, Arnoldo Martínez Verdugo y Valentín Campa; intelectuales: Enrique Krauze, Gabriel Zaid y Jorge G. Castañeda; luchadores sociales y activistas como Rosario Ibarra de Piedra, al lado de panistas como el propio Barrio Terrazas, Luis H. Álvarez y Manuel Clouthier
Como resultado de ese encuentro plural, considerado el antecedente directo de la Convergencia Democrática de 1988, se emitió un documento en el que figuras ideológicamente opuestas reconocieron que no importaba la agenda partidista si no había primero un sistema electoral confiable.
El 10 de octubre de 1986, cercado el teatro sede del Congreso del Estado por contingentes del Ejército Mexicano, se consumó el fraude electoral más documentado de la historia, con la toma de posesión de Baeza Meléndez como gobernador de Chihuahua. Mientras, en el enésimo mitin multitudinario en el centro de la ciudad, justo en la esquina de Independencia y Libertad, Pancho Barrio advertía entre el alarido con el puño en alto y el gesto rotundo: “¡Van a saber lo que es meterse con el pueblo de Chihuahua!”.
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Con las evidencias y pruebas del fraude electoral, Barrio Terrazas y el PAN recurrieron a todas las instancias nacionales para exigir la anulación, sin resultados. Agotadas esas inútiles gestiones, llevaron el caso Chihuahua a la CIDH de la Organización de las Naciones Unidas (OEA), apoyado por amplia documentación, incluidos mis reportajes publicados por Proceso a lo largo de 14 semanas. Luego de tres años de investigación, la Comisión emitió su resolución 1/90, el 17 de mayo de 1990. Determinó, en un documento sin precedente para nuestro país, que “el gobierno mexicano no respetó los derechos políticos y electorales de los ciudadanos (…), al no existir recursos jurídicos internos efectivos que los amparen contra su posible violación”.
En su resolución, que constituyó un logro trascendental del excandidato panista chihuahuense, la CIDH calificó como “graves y trascendentes” las violaciones a los derechos políticos ocurridas en Chihuahua 86 (caso 9828) pues “se objetan los procedimientos legales dirigidos a modificar la legislación electoral para proporcionar mayor control al partido de Gobierno, diversos hechos durante la campaña electoral —empleo de fondos y otros recursos públicos; presiones para coartar la libertad de expresión; eliminación de personas de los padrones electorales; empadronamiento de personas inexistentes; creación y cancelación arbitraria de casillas electorales— y durante el acto eleccionario relleno de urnas, apertura anticipada de casillas electorales, cambio de ubicación de casillas electorales, negativa a reconocer representantes de partidos de oposición, fuerte presencia de militares y policías el día de la elección…”.
El gobierno mexicano nunca negó los cargos. A pesar de que nuestro país es miembro de la OEA y de que suscribió —y la Cámara de Senadores ratificó— la Convención Americana de Derechos Humanos, por lo que sus ordenamientos tienen rango constitucional, la Secretaría de Relaciones Exteriores se limitó a emitir, la noche de ese mismo 17 de mayo, un boletín de prensa en el que afirmaba que esa comisión “carece de competencia para emitir juicios sobre procesos electorales de un país determinado, por tratarse de actos que caen dentro del dominio reservado de cada Estado”.
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En 1992, seis años después del Verano Caliente chihuahuense y en condiciones bien distintas, Pancho Barrio contendió nuevamente por la gubernatura de su estado. Cubrí su nueva campaña para Proceso. El panista ganó claramente la elección y su triunfo fue reconocido de inmediato por el presidente Carlos Salinas de Gortari, que asistió a su toma de posesión.
Hacia el final de la contienda electoral, el 27 de junio, había ocurrido un accidente fatal que resultó determinante: Judith, la segunda de sus hijas, de 15 años de edad, murió al volcar cerca de Villa Ahumada la camioneta en que con sus hermanos viajaba de Ciudad Juárez a la capital del estado para acudir a un mitin de cierre de su padre. Recibí la noticia de un destrozado Javier Corral Jurado, con el que me encontré en plena calle de la capital chihuahuense.
Le avisé telefónicamente a Julio Scherer García, que mantenía una relación amistosa con Pancho desde años atrás. “¿A dónde me voy?”, me preguntó sin más, de inmediato, el director de Proceso. Le indiqué que volara a Ciudad Juárez, donde vivía el candidato panista, donde nos encontraríamos.
En efecto, Javier y yo recogimos a Julio esa noche en el aeropuerto juarense. Al día siguiente, muy temprano, llegamos a la casa de Pancho Barrio y Hortensia Livas, Tencha, su mujer. Tras una breve espera, Barrio Terrazas, visiblemente afectado, apareció en la sala. Scherer García y él, sin mediar palabra alguna, se fundieron en un abrazo. Largo, profundo. Intenso, diría yo. En la misma forma le expresé mi pésame al tocayo, como nos tratábamos. Nadie dijo una palabra durante nuestra estancia, brevísima. Y nos fuimos. Esa misma tarde, mi director tomó el primer avión disponible y regresó a México.
clm
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