México y América del Norte: integración con liderazgo

Una diplomacia empresarial activa es necesaria para que México sea protagonista en el nuevo orden económico.

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México debe asumir su papel como parte de Norteamérica, no solo como socio pasivo en los beneficios del T-MEC.

El mundo atraviesa un reacomodo profundo en las reglas del comercio global. Estados Unidos, como potencia ancla de nuestra región, parece impulsar un modelo de negociación arancelario agresivo con muchos países, al parecer orientado a la obtención de ventajas para su inversión y producción como lo muestran, por ejemplo, el Acuerdo Marco con el Reino Unido y las negociaciones con China.

Nuestro país debe asumir su papel como parte de Norteamérica, no solo como socio pasivo en los beneficios del T-MEC, sino como actor corresponsable de su éxito. Eso implica dejar de ver la relación bilateral sólo desde la óptica tradicional —Presidencia y Casa Blanca— y construir una red más profunda con el congreso estadounidense, los gobernadores, los alcaldes, los distritos industriales y los actores empresariales, como bien lo ha señalado el secretario de Economía, Marcelo Ebrard. Buena parte de la competitividad de nuestra región depende de ese entramado fino de relaciones y entendimiento mutuo.

En este contexto, destaca la reciente e importante gira de trabajo de la Confederación Patronal de la República Mexicana (Coparmex), encabezada por su presidente Juan José Sierra, a Washington. Esta iniciativa, fiel a la tradición de décadas de nuestro organismo, envía un mensaje claro sobre cómo debe asumirse la diplomacia empresarial del siglo XXI. Su liderazgo en este esfuerzo refuerza el compromiso de Coparmex con una representación efectiva y proactiva en el ámbito internacional. Con encuentros con congresistas clave, funcionarios del Departamento de Estado, organismos multilaterales, cámaras empresariales y centros de pensamiento, se abre un camino que debe continuar y profundizarse. Esta gira no solo buscó colocar los intereses del sector empresarial mexicano sobre la mesa, sino proyectar a México como socio confiable, preparado y dispuesto a corresponsabilizarse del desarrollo compartido.

La oportunidad es enorme. Las nuevas decisiones del sector automotriz, presionado por la relocalización de cadenas y los incentivos en Estados Unidos, tienen a México en el centro de la ecuación. Para muchas empresas, mover una planta al norte del río Bravo implica costos altísimos. México, si mejora sus condiciones regulatorias, fiscales, de seguridad y energéticas, puede ser el punto de equilibrio ideal.

Además, debe considerar el cambio de modelo que se empuja del otro lado de la frontera que pone énfasis en la desregulación y los estímulos a la inversión. Debe pensar en alinear su modelo económico con esta lógica. Eso incluye fortalecer el Estado de Derecho, lograr el equilibrio en las finanzas públicas, apostar por la inversión privada como palanca de desarrollo y revisar marcos normativos que inhiben la productividad.

Para evitarlo, se requiere una estrategia que priorice el fortalecimiento de capacidades nacionales, incluyendo inversión en innovación, formación técnica, desarrollo de proveeduría local y mayor contenido regional.

En ese marco, la relación con China debe evaluarse con pragmatismo: puede ser complementaria en ciertas áreas, pero no debe competir con el objetivo mayor de integración regional. Además, ciertas inversiones y la entrada de productos chinos, especialmente en sectores sensibles, deben ser analizadas considerando los posibles riesgos potenciales que pueden tener sobre la integración norteamericana y, particularmente, sobre los efectos adversos a la industria mexicana.

El reciente Summit Comercio México - Norteamérica: Más allá del T-MEC, organizado también por Coparmex, ofreció ideas clave en ese sentido. Una de ellas es entender que la integración regional no es solo comercial, sino también tecnológica, energética y laboral. Tenemos que pensar en cadenas de valor norteamericanas, no fragmentadas por fronteras obsoletas. Es tiempo de aprovechar la complementariedad entre regiones: tecnología y capital en Estados Unidos y Canadá; mano de obra, manufactura y juventud en México. Pero para que eso ocurra, hace falta visión, voluntad política y liderazgo empresarial.

Debemos construir institucionalidad, mecanismos permanentes de coordinación con el Congreso estadounidense y los gobiernos subnacionales. Los organismos empresariales, los centros de innovación, las universidades y las comunidades binacionales deben ser parte de esa ecuación. Prepararse para la ya próxima renegociación del T-MEC considerando todos sus escenarios, incluyendo la posible intención de conducirlo a un acuerdo de carácter bilateral.

El reto es enorme, pero la oportunidad también. México puede ser protagonista del nuevo orden económico norteamericano si juega bien sus cartas. Y eso empieza, de nuestra parte, con una diplomacia empresarial activa, propositiva y estratégica.

No basta con ser parte del tratado; queremos ser parte de esta visión geopolítica y geoeconómica.