Cuidar al otro vs. cargar al otro

No todo acto de ayuda es cuidado. A veces, aquello que parece compasión termina anulando la autonomía del otro.

Existen corrientes ideológicas que podrían ser buenas; sin embargo, pueden convertirse en un desastre. Tal es el caso de la incapacidad de distinguir la diferencia entre cuidar al otro versus cargar con el otro. Aquí yace una de las principales desviaciones del movimiento woke. Poder precisar el lenguaje permite pensar mejor las cosas y evitar grandes desastres que irrumpen desde las normas, pasando por el cuidado de los hijos hasta las políticas públicas populistas.

Así, el corazón de este artículo es una reflexión sobre el cuidado del otro, porque hay cosas que empiezan siendo buenas intenciones, basadas en una ética de vida orientada hacia el otro, pero que, al no entender el límite, se convierten en una estructura de dependencia.

Ésta es la perversión más grande de la idea del “cuidado del otro”. El cuidado deja de ser ético cuando sustituye la capacidad del otro de hacerse cargo de sí mismo. Y es que existe una tradición desde la antigüedad que sitúa el cuidado del otro como parte de una ética de vida.

Sócrates cuidaba de los otros al ayudarles a cuidar de sí mismos. En el centro de su vida ética está la epimeleia tou heterou, que significa “el cuidado del otro”. En su Apología de Sócrates, Platón cuenta cómo él declaraba: “Voy por todas partes haciendo una sola cosa: persuadiéndolos, jóvenes y viejos, para que hagan de ustedes mismos y de sus almas su principal preocupación”. De esta manera, el cuidado del otro es ayudar al otro a cuidar de sí mismo, y cualquier ayuda que invalide al otro en este cuidado deja de ser cuidado y se convierte en cargar con el otro. Es decir, cuidar del otro no significa resolverle la vida; de acuerdo con Sócrates, es despertarlo hacia sí mismo.

Este deslizamiento no es un problema filosófico, sino que, de forma práctica, lo podemos ver en la familia, en las relaciones y en la política. Es así que algunos de los mayores desastres en políticas públicas se dan cuando se “olvida” que el cuidado del otro no significa cargar con él toda la vida. Sobre todo, no quiere decir convertirse en el esclavo del otro para que el otro esté bien. Cuando se enarbola el cuidado del otro como bandera, lo que en realidad buscan es la dependencia del otro para sostener su poder.

Pongamos de ejemplo las dinámicas entre padres e hijos. En un acto amoroso de protección (al menos en un principio), los padres quieren cuidar a su hijo de que no se enfrente con temas dolorosos como la frustración en la escuela, ya sea porque aprender cuesta esfuerzo y trabajo o también porque es importante entender que “nadie es monedita de oro para caerle bien a todo el mundo” y, por lo tanto, no serán invitados a todas las fiestas ni serán los más populares ni los elegidos para el equipo de futbol. Cuando los padres se empeñan en evitar que sus hijos sufran, en realidad empiezan a cambiar la realidad para el niño y terminan por cargarlo toda la vida, ya que el hijo nunca aprende qué es la frustración. Así, la parte amorosa se convierte en necesidad de control. Controlar el medio de los niños, controlar a los maestros, controlar las emociones para que no sufran. Los padres no están enseñándoles a cuidar de sí mismos, sino en hacerlos dependientes de ellos.

Cuidar del otro es indispensable porque, además, es una contribución al tejido social, participar en condiciones que hacen posible una comunidad auténtica. Otro ejemplo fallido son muchos programas de ayuda del Estado que no respetan el espacio para que el otro pueda crecer, como si no creyeran que fuese posible, generando ayudas a diestra y siniestra. En muchos casos, estas ayudas pasan más por el soborno que por el cuidado del otro. En el caso de las ayudas a los jóvenes, en México sería el programa de las Becas Jóvenes Sembrando Futuro, en las que se les otorga una cierta cantidad mensual a jóvenes estudiantes a cambio de nada. Esto obtura la posibilidad de que los jóvenes quieran crecer y desarrollarse, ya no tienen ese pequeño espacio entre una situación actual y el deseo de progreso. De tal manera que esforzarse no vale la pena y poco a poco se va perdiendo la capacidad de hacer algo. Es la anulación del sí mismo, el adolescente no tendrá oportunidad de probarse nada.

Pero, entonces, ¿no deberíamos preocuparnos por el otro? Sí. Pero sobre todo debemos preocuparnos por pensar qué significa el cuidado del otro en cada caso y cuáles son los límites. Porque cuidar del otro es una forma de respeto, de reconocer la dignidad del otro y su capacidad de crecimiento. Es reconocer, de entrada, que el otro tiene una capacidad de desarrollo. Y volvemos al punto de partida de este texto: la mayoría de las “asistencias” en el cuidado del otro no respetan este último punto.

Cargar al otro es robarle su dignidad y amputar su posibilidad de crecimiento. Porque ayudar no siempre es cuidar. Y cuidar no puede significar resolver la vida del otro. Es ayudarle a volver a sí mismo.