La mayor vulnerabilidad de Donald Trump no está en México. Está en Estados Unidos. Ese dato, más que cualquier arrebato verbal desde Washington, debería ordenar la estrategia mexicana. La encuesta del New York Times y Siena publicada la semana pasada colocó su aprobación en 37%. Reuters/Ipsos la ubicó en 35%. El retrato es claro: Trump conserva poder, controla buena parte de la conversación pública y mantiene una base dura, pero gobierna con una legitimidad debilitada. La economía no le ayuda, la inflación y el costo de vida ya pesa sobre los hogares, y su política exterior ya no proyecta fuerza, sino arrebato y riesgo.
El contraste con Claudia Sheinbaum es evidente. La Presidenta mantiene una aprobación superior a 70%. Esa diferencia de dos a uno sobre Trump no elimina las asimetrías entre México y EU, pero sí cambia el punto de partida. México negocia frente a un dirigente con enorme poder institucional y una fragilidad política creciente. El error sería leer esta coyuntura desde la euforia mexicana por las acusaciones que llegan de EU. La pregunta relevante no es cómo usar cada señalamiento para ganar una pelea doméstica y fratricida. La pregunta es qué quiere Trump y cómo puede México reducir costos, ganar margen y evitar que la relación bilateral quede secuestrada por los sectores más duros de su gobierno. Trump parece gobernar movido por tres incentivos. El primero es la revancha: ajustar cuentas con quienes cree que lo persiguieron. El segundo es el legado: producir gestos, decisiones y símbolos que lo presenten como un presidente histórico. El tercero es el beneficio personal: convertir la presidencia en una plataforma de influencia, acceso y poder económico.
México no encaja de manera natural en ninguno de esos. No es el centro emocional de sus venganzas. No le ofrece, por sí solo, un monumento comparable con sus obsesiones de grandeza. Y tampoco es el espacio más sencillo para transformar poder político en ganancia personal. Ahí yace el riesgo: cuando Trump no encuentra un incentivo directo, delega. Y cuando delega, la relación con México tiende a quedar en manos de quienes miran la frontera sólo como problema. Stephen Miller empuja esa agenda desde la migración, la identidad y la amenaza. Marco Rubio la procesa desde la seguridad nacional, el crimen organizado, el fentanilo y la presión diplomática. Son miradas distintas, pero ambas reducen a México a expediente, no a contraparte estratégica. A eso se suma un dato político relevante: Sheinbaum todavía no ha construido una relación personal directa con Trump. Y a Trump le importan los gestos, las llamadas, la televisión, la cortesía pública y la sensación de que el otro líder reconoce su lugar en la historia. No es diplomacia clásica. Es una diplomacia de ego, poder y espectáculo.
México puede hablar ese lenguaje sin someterse a él. Con Trump, los argumentos funcionan mejor cuando vienen acompañados de incentivos claros. La oportunidad está precisamente en su debilidad. Un presidente con aprobación baja necesita victorias presentables ante su electorado. México puede ofrecer cooperación en seguridad sin aceptar subordinación; resultados contra armas, fentanilo y lavado de dinero; inversión industrial que refuerce a Norteamérica frente a China; acuerdos fronterizos que reduzcan tensión sin criminalizar al país; y una narrativa de orden compartido. La diferencia entre ceder y negociar está en quién fija los términos. México no debe ceder soberanía a cambio de nada. Debe construir una oferta que permita a Trump decir que obtuvo resultados, mientras Sheinbaum conserva control, dignidad y margen de maniobra.
La Presidenta tiene una ventaja: su fortaleza interna. Su aprobación le permite negociar sin parecer acorralada. Pero esa fortaleza debe administrarse con inteligencia. No sirve para provocar a Trump ni para sobreactuar autonomía. Sirve para abrir una relación política directa que reduzca el margen de quienes quisieran convertir a México en enemigo útil. Trump está débil y Sheinbaum, fuerte. Esa asimetría puede ser una oportunidad si México empieza a mirar la relación bilateral como lo que es: una negociación con un presidente poderoso, vulnerable y necesitado de victorias. No se trata de creer en la mitología de Trump, sino de entender sus incentivos reales y usarlos en favor de México.
