Día del Maestro: "Nosotros sí enseñamos". 35 años transformando vidas desde el INEA
Laura Márquez se acercó al INEA pensando en enseñar a su mamá a leer y escribir; hoy, con 35 años de trayectoria en el Instituto Nacional para la Educación de los Adultos, defiende su identidad docente

Los libros que Laura Márquez Chávez cargaba bajo el brazo, en 1988, no eran para ella, sino para su mamá. Aquel año, un cartel con una imagen de un mural de Diego Rivera, donde el artista plasmó a personas indígenas aprendiendo a leer, capturó su atención en una calle de la Ciudad de México.
Debajo de la imagen había un mensaje del Instituto Nacional para la Educación de los Adultos (INEA) que invitaba a la población a alfabetizar. Laura acudió buscando material para su mamá, sin imaginar que ese día comenzaría una trayectoria docente que ya suma más de 35 años.

Yo llegué por casualidad… quería enseñarle a leer y escribir a mi mamá porque ella no tuvo esa oportunidad, como mucha gente en su tiempo”, recuerda Laura, quien hoy se desempeña como técnica docente del instituto en la alcaldía Iztacalco.
A pesar de que estudió trabajo social y que, para muchos, los asesores voluntarios del INEA no son considerados maestros, Laura defiende su identidad docente. Durante casi cuatro décadas ha enseñado a leer y escribir a cientos de personas, principalmente de la tercera edad, aunque recientemente al instituto se han acercado jóvenes que dejaron rezagados sus estudios y menores de edad que por razones como bullying ya no asisten a la escuela.
Enseñanza contra la corriente
En los últimos 35 años, en los que pasó de voluntaria del INEA —ahora conocidas como Personas Voluntarias con Subsidio (PSV)— a técnica docente, Laura se ha enfrentado a un gran reto: romper con los prejuicios, no sólo de la sociedad, sino de las propias personas a las que se acerca para que aprendan a leer o concluyan sus estudios.
Es bien difícil convencer a las personas porque, a veces, por tantos prejuicios, las mismas personas de su comunidad o de su entorno, su familia, les dicen: ‘¿Para qué estudias si ya estás viejo?, ya no te va a servir’. ‘Ya para qué?’, o ‘Ay, no seas ridícula’. Entonces, esos estigmas que tienen, pues los van persiguiendo”, cuenta Laura en entrevista con Excélsior.

Actualmente, como técnica docente del INEA, Laura hace labores administrativas, como si se tratara de una directora de escuela. Coordina y organiza, pero no tiene las facilidades que los directivos escolares tienen, pues, para empezar, no tienen sedes específicas donde enseñar.
Dependemos de la buena voluntad, de acuerdos con instituciones como las alcaldías, DIF, centros de salud, bibliotecas, para que nos den un espacio con las condiciones mínimas necesarias para nuestras asesorías”, cuenta.
Muchas veces los espacios les son retirados, ya que quienes se los prestan consideran que sus círculos de estudio no son redituables y prefieren rentarlos, afirma.
Deserción, otro reto
Otro desafío al que tiene que hacer frente es a la deserción de los asesores, a los que considera “la figura más importante en el quehacer educativo de INEA”. Son quienes trabajan directamente con los alumnos.
Sin embargo, en 2024 los lineamientos del instituto cambiaron, y, con ello, la forma en que la gente puede convertirse en asesor. Ahora es por convocatoria y muchos llegan esperando un sueldo en forma. A esto se suma el incremento de los requisitos.
Mucha gente que era muy buena asesora ya no tuvo la oportunidad porque no tenía los documentos, les pedían bachillerato completo... se contrapone con la esencia de INEA, porque nosotros rescatamos los saberes de las personas”, lamenta Laura.

Cuando un asesor abandona el grupo, es el técnico docente, en este caso Laura, quien asume la dirección del círculo de estudio, pero la sustitución constante de personal debilita la confianza de los alumnos, quienes a menudo dejan de asistir a las asesorías.
“Yo sí me siento maestra”
Actualmente, Laura no sólo coordina, sino que, ante la falta de voluntarios, ha vuelto a las aulas. Su labor va más allá de los libros. Es gestora, directora y hasta psicóloga de quienes buscan una segunda oportunidad.
Hacemos las veces del director… y hasta de psicólogo, porque hay historias que te tocan el corazón. Personas que te dicen: ‘es que en mi tiempo decían que las mujeres no estudiaban porque nada más servíamos para la cama o para hacer tortillas’. Y rompen a llorar”, narra.

Y, a pesar de no ser reconocida formalmente en las celebraciones magisteriales, para Laura, la certeza de ser maestra emana del impacto que genera en la vida de quienes, con ella, aprenden a leer o a escribir, o quienes reciben un certificado que les abre las puertas del mundo laboral.
A veces nos dicen: ‘Es que el INEA no aporta nada’ y nos quieren sacar. Pero aportamos educación. Yo les digo que hay que estar orgullosos, porque nosotros sí enseñamos. Yo sí me siento maestra. Hago la función y, sobre todo, siempre con la idea de darles ese documento que de verdad les transforma la vida”.

“En esta labor carecemos de apoyo”
Como asesora del INEA, Luz María Goytia, de 61 años, está al pie del cañón para que las personas con rezago culminen sus estudios.
Aunque transmitir sus conocimientos a las personas que acuden a su círculo de estudio es satisfactorio para ella, denuncia el abandono de las autoridades para quienes, como ella, combaten el analfabetismo en México.

En esta labor no tenemos apoyo, carecemos de muchas cosas, las cuales nosotros las aportamos de nuestros recursos. Los lugares son prestados, y, los suministros son necesarios para tener un mejor desempeño”, subraya.
Un profesor que no ha dejado de ser alumno
Tradicionalmente, el aula es un sistema solar donde el profesor es el sol, poseedor de la verdad absoluta, que irradia conocimiento hacia los alumnos.
Sin embargo, para Felipe Victoriano, esa figura ha comenzado a desvanecerse. Con 22 años como profesor titular en el Departamento de Ciencias de la Comunicación de la UAM Cuajimalpa, sostiene una tesis que hoy, en el Día del Maestro, se convierte en un imperativo: para seguir encendiendo mentes, primero hay que mantener la propia bajo el fuego del aprendizaje.

Doctor por la Universidad de Tulane en Nueva Orléans, maestro por la Universidad de Chile y licenciado por la ARCIS, su experiencia en estudios culturales, teoría política y sociología le ha permitido entender que el magisterio es un proceso vivo.
En esta profesión estamos en constante aprendizaje. Aprendemos de los estudiantes, de sus inquietudes y de su imaginario, buscando responder a sus exigencias.
“Por ejemplo, las tecnologías han transformado —e incluso trastornado— la relación de enseñanza, modificando el vínculo de los alumnos con los profesores y con las propias instituciones. Esto requiere estrategias novedosas para mantener el grado de implicación necesario en el proceso de enseñanza-aprendizaje”, afirma en entrevista.
Según su visión, “las tecnologías ya no son meros medios que los individuos usan, sino que son prácticas sociales que se incorporan dentro de su propia personalidad, donde se cultiva incluso la intimidad”.
Bajo esta premisa, el reto del docente actual no es sólo enseñar, sino entregar herramientas para que el estudiante aprenda a resignificar su relación con el mundo digital.
Finalmente, para Felipe Victoriano la experiencia más gratificante se encuentra en el reconocimiento de quienes pasaron por sus clases. Ser profesor, recuerda, viene de “profesar”, transmitir no sólo datos, sino valores y creencias en la actividad de pensar. Es ese vínculo humano, el de ser reconocido como “profesor” años después, lo que valida una carrera dedicada a entender que el aula es un espacio donde nadie debería dejar de ser alumno.
- Lourdes López