Graduación histórica: se reciben de primaria los niños que aprendieron a leer tras una pantalla

Alumnos que iniciaron la primaria en el ciclo 2020-2021 concluyen sus estudios tras sobrevivir al mayor encierro escolar de la historia y aprender a leer frente a una pantalla

Los alumnos que este año terminaron el nivel primaria es la generación que les tocó la pandemia desde el primer grado.
Los alumnos que este año terminaron el nivel primaria es la generación que les tocó la pandemia desde el primer grado.Especial

Las niñas y los niños que entraron a primero de primaria en plena pandemia acaban de graduarse. Son la generación que tardó casi dos años en conocer a su maestra, que aprendió a leer a través de una pantalla y que creció creyendo que abrazar también podía ser peligroso.

Hay generaciones marcadas por una guerra. Otras, por una crisis económica. Ésta quedará en la memoria por un enemigo invisible llamado covid-19.

Como ha señalado la historiadora Susana Sosenski, del Colegio de México, el confinamiento representó “el mayor encierro de las infancias; nunca antes visto en la historia de la humanidad”.

Cuando comenzaron primero de primaria, el mundo acababa de detenerse.

La generación que inició la primaria en pleno confinamiento por covid-19 acaba de graduarse. Los alumnos aprendieron a leer y a convivir en medio de restricciones, y tuvieron que superar rezagos y secuelas emocionales hasta completar el ciclo.
La generación que inició la primaria en pleno confinamiento por covid-19 acaba de graduarse. Los alumnos aprendieron a leer y a convivir en medio de restricciones, y tuvieron que superar rezagos y secuelas emocionales hasta completar el ciclo.Especial

Para generaciones anteriores, el primer día de clases significaba estrenar mochila y uniforme, correr por el patio, descubrir el salón y aprender a escribir su nombre de la mano de una maestra. Para ellos, significó encender una computadora —o, con suerte, teléfono celular o una tableta— para acceder a lo más básico: la educación.

Su salón era la sala de su casa. Sus compañeros eran pequeños recuadros en una pantalla. El timbre escolar fue sustituido por el sonido de una videollamada.

Hoy, seis años después, aquella generación que inició el ciclo escolar 2020-2021 en medio del confinamiento finalmente se gradúa. Su historia es distinta a la de cualquier otra. Nunca tuvieron un comienzo normal. Tampoco una despedida del kínder.

Ni siquiera alcanzaron a cerrar el preescolar cuando comenzó el confinamiento.

Su primera fotografía escolar de primaria no fue en un salón decorado con colores, sino frente a una cámara web. Su infancia transcurrió entre reportes de contagios, cifras de fallecidos y una palabra —covid— que aprendieron a pronunciar incluso antes que muchas reglas de ortografía.

Aulas digitales contra el olvido

Su director, José Manuel Rojas Gutiérrez, resumió la misión en una frase: “Que las casas no se conviertan en escuelas y los padres en profesores”.

Pero esta historia también merece contarse por otra razón. Mientras miles de escuelas públicas apenas enviaban tareas por WhatsApp o pedían a los alumnos seguir las clases por televisión, la primaria pública 21 de Agosto de 1944, en Copilco El Bajo, decidió que desaparecer no era una opción.

Primero identificó qué alumnos no tenían internet o algún dispositivo. Después salió a conseguirlos. Logró donaciones de celulares y equipos para que ningún niño quedara excluido. Más tarde, la escuela desarrolló su propia plataforma digital, como documentó entonces Excélsior.

Todos los días, a las nueve de la mañana, comenzaban las clases. Los primeros diez minutos no eran para matemáticas ni español.

Eran para algo mucho más importante: recordarles que seguían siendo niños. Se saludaban. Contaban cómo estaban. Presentaban a sus mascotas. Mostraban sus juguetes.

La profesora María de Lourdes Flores insistía en mirar a sus alumnos todos los días.

“No quería limitarme a enviar actividades por WhatsApp. Necesitaba conocer a los niños que estaban inscritos en mi grupo”, decía.

Mientras miles de familias mexicanas con hijos en escuelas públicas se convertían, de un día para otro, en maestros improvisados, estos alumnos siguieron teniendo clases guiadas.

Lo más extraordinario es que aquella generación tardó casi dos años en verse frente a frente. Durante 528 días permanecieron lejos de las aulas, como lo ordenó la Secretaría de Educación Pública (SEP).

Conocían la voz de su maestra. Sabían los nombres de sus compañeros. Pero nunca habían estado junto a ellos.

Cuando finalmente regresaron a la escuela, el reencuentro tampoco fue como lo habían imaginado. No podían abrazarse. No podían acercarse. Les enseñaron que la distancia era una forma de cuidar la vida.

Entraron al salón cubiertos con cubrebocas, caretas y gel antibacterial. Aprendieron a reconocerse únicamente por los ojos. Las fotografías de aquel regreso lo cuentan todo. Niños inmóviles. Rostros escondidos. Sonrisas invisibles. Miradas todavía desconfiadas.

Fue hasta tercero de primaria, cuando la Organización Mundial de la Salud declaró oficialmente el fin de emergencia sanitaria —después de mil 191 días de pandemia, el 5 de mayo de 2023—, que muchos pudieron verse completamente el rostro por primera vez. Sin pantallas. Sin mascarillas. Sin miedo.

El regreso a las aulas no borró todo. Muchos niños todavía tenían dificultad para hablar frente al grupo. Otros se sentían incómodos sin cubrebocas.

También aparecieron otras secuelas menos visibles. Niñas y niños que aún continúan en terapia psicológica. Infancias que sienten que aprendieron menos durante el confinamiento. Que se perciben incomprendidas por adultos y compañeros. No fue únicamente una crisis sanitaria.

La Cepal advirtió que América Latina enfrentó la crisis educativa más grave de los últimos cien años. Ninguna otra región del mundo perdió tantos días de clases presenciales.

La graduación que sí pudieron vivir

Quizá por eso esta ceremonia significó mucho más que terminar la primaria. Fue la graduación que nunca tuvieron en el kínder.

“Era muy importante que mi hija pudiera vivir ese cierre que la pandemia le arrebató”, cuenta Nélida Macedo. “Ella (Regina) siempre disfrutó muchísimo ir a la escuela. Verla ahora con su birrete fue profundamente satisfactorio”.

Alejandra Ramírez todavía recuerda la forma abrupta en que terminó el preescolar para su hija, Larissa.

“Simplemente avisaron que se suspendían las clases. Nunca regresaron. Ni siquiera alcanzaron a hacer las actividades con las que terminaba el ciclo escolar”.

Por eso, esta vez los padres decidieron que la historia sería distinta. No querían que el último día pasara desapercibido otra vez, pero también querían hacer visible ese tiempo suspendido que, con los años, muchos parecen haber olvidado.

Organizaron un viaje de graduación a un balneario en Hidalgo. Les llevaron un último desayuno a la escuela. Prepararon un último timbre escolar. Después vino la ceremonia. Los birretes. Los abrazos. Las fotografías. Esta vez nadie tuvo que esconder su sonrisa.

Corrieron bajo la lluvia. Se lanzaron a la alberca. Y por fin pudieron despedirse como siempre debió haber sido.

Antes de partir, su maestra, María de Lourdes Flores, les regaló un video de siete minutos como despedida. En él volvió al inicio de la historia: recordó cómo los había conocido, cuando apenas eran pequeños rostros atrapados en una pantalla, y pasó lista por última vez, nombrándolos uno a uno. Fue una forma de cerrar el círculo, de recordarles el largo camino recorrido desde aquellos días en que sólo podían encontrarse a través de una videollamada.

Una generación irrepetible

Las fotografías del “antes” y el “después” parecen pertenecer a dos mundos distintos.

En una aparecen pequeños con caretas, cubrebocas y miedo de acercarse a su maestra.

En la otra, adolescentes de sexto grado abrazándose, riendo y celebrando el final de una etapa. Entre ambas imágenes caben seis años. Pero también cabe una pandemia que transformó para siempre la infancia.

Esta generación aprendió a leer frente a una pantalla. Aprendió que los cumpleaños podían cantarse por videollamada. Que los amigos podían existir antes del primer abrazo. Que un salón de clases también podía caber dentro de una computadora. Y aun así, nunca dejó de aprender. Nunca dejó de esperar.

Hoy, mientras lanzan sus birretes al aire, no sólo concluyen la primaria. También cierran el capítulo más extraordinario que ha vivido una generación escolar en la historia reciente de México.

Pero también son la generación que demostró que la infancia siempre encuentra la manera de abrirse paso. Que incluso después del aislamiento más largo, las risas vuelven a llenar los patios, los abrazos recuperan su lugar y la esperanza termina por imponerse al miedo.

Porque, al final, por más larga que sea la noche, siempre vuelve a amanecer.