El tema de muchas de las sobremesas en el país es el examen de admisión para el próximo ciclo escolar de la UNAM, y generalmente se señala a las más altas autoridades de la propia universidad, en algunos casos desde una posición inquisidora y con sentencia ya pronunciada. Sin embargo, me parece que deberíamos voltear a vernos los unos a los otros, quienes conformamos esta sociedad, y plantearnos una pregunta: en términos generales, ¿esto se limita a que un grupo de candidatos y candidatas –que no estudiantes– hicieron trampa en el examen de admisión al ciclo escolar o existe ya un error que debe corregirse en el sistema en que hoy vivimos?
Anticipo que, si bien no tengo el gusto de conocer al rector Leonardo Lomelí Vanegas, lo que he leído y escuchado de él me genera respeto y reconocimiento suficientes para tener claro que se encuentra comprometido con entregar buenos resultados a la nación respecto de la enorme responsabilidad que le fue asignada. Dicho lo anterior, deseo y espero que la gente que lo acompaña en esta enorme labor también cuente con dichos valores.
Retomando el asunto que nos ocupa hoy, mi respuesta muy personal a la pregunta planteada es que no radica en la simplicidad del engaño por parte de un grupo muy numeroso de jóvenes que intentan ingresar a tan prestigiada casa de estudios. Como diría la máxima contemporánea: no tengo pruebas, pero tampoco dudas, de que en todo este intríngulis existe un toque de lamentable corrupción. Me explico: en el momento en que una empresa, hasta entonces reconocida, tiene la enorme responsabilidad de ofrecer un servicio sobre la parte más importante del proceso que tiene una institución académica de esa magnitud, debe ser acompañada en todo momento, como sombra, por las y los funcionarios de la universidad; no por los altos funcionarios, sino por aquellos encargados de la supervisión de dicho proceso, quienes se encuentran en la operación. ¿El error se detectó a destiempo, se detectó y no se informó, no se identificó o simplemente no hubo acompañamiento suficiente para advertirlo de manera adecuada? Eso también es corrupción, cualquiera que hubiera sido el supuesto; la ineficiencia también es corrupción.
Ojalá que, como sociedad contemporánea, nos sirva de (mal) ejemplo de lo que puede ser utilizado con un efecto negativo. Se tuvo la oportunidad de usar la IA y no la aprovechamos como comunidad. La falta de controles generó la oportunidad para hacer trampa. Los números son fríos: según la comisión de 16 expertos que conformó el rector Lomelí, un análisis estadístico determinó que el porcentaje de examinados con más de 100 aciertos sobre un total de 120 había ascendido de 3.5 a 16.3 respecto del examen anterior; de hecho, en la última franja, quienes obtuvieron más de 110 respuestas aumentaron de 0.9 a 5.5%. Claramente, un dato irrefutable.
Una de las respuestas de la UNAM ante esto ha sido, de manera directa, la obligación para cerca de 58 mil aspirantes de presentar un examen de control presencial. Otra respuesta es la rescisión del contrato –más que obvia– a la empresa responsable de la evaluación, procedimiento que, además, fue celebrado por adjudicación directa, situación que per se conlleva un cuestionamiento natural; aunado a lo anterior, Rectoría determinó el desarrollo de tres auditorías relacionadas con tal contratación: una tecnológica (sin que a la fecha se conozca quién o quiénes serán los responsables), una de carácter interno por parte de la Contraloría de la UNAM y la intervención formal de la Auditoría Superior de la Federación.
Esta situación nos deja varias lecciones: contratar a una compañía que te dará un servicio nunca implementado siempre será mejor después de hacer una prueba en un proceso menor o que no involucre uno de los eslabones más importantes de tu quehacer; otra enseñanza es que ya nos dimos cuenta de que entre las inteligencias artificiales hay unas más inteligentes que otras, o de que, efectivamente, son capaces de engañarse entre ellas; finalmente, me parece que una institución con tal reconocimiento no puede ni debe ser juzgada, ni merece que se deprecie su reputación por un hecho multifactorial como el acontecido.
