Cuando llega un huracán… reflexiones sobre Otis en Acapulco

Con las imágenes de Otis destrozando Acapulco, mi mente regresó a aquellos días remotos donde entendí que la naturaleza, casi siempre tan hermosa, puede también sernos cruel sin razón aparente.

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HURACÁN Otis

Mis primeros recuerdos son de un huracán a los cuatro o cinco años. Hay otros anteriores más gratos, pero, siendo sinceros, hace mucho abandoné la pretensión que fueran propios reconociendo, en su lugar, la inevitable influencia de fotografías y la voluntad de mis padres por endulzar la niñez. Si elimino aquellas memorias de fiestas infantiles o tardes de juegos, lo que perdura es el pesar de aquellos días en Cozumel, cuando Wilma destrozó la isla que me vio nacer. No será tan lindo como ver el mar por vez primera o los contornos de un rostro querido al sonreír, pero, por lo menos, es un recuerdo propio; el primero que se siente solo mío.

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Suelo evadirlo, como es de esperarse—nadie quiere vivir, por cuenta propia, en la reminiscencia del miedo infantil—. Pero en días recientes, con las imágenes de Otis destrozando Acapulco, mi mente regresó a aquellos días remotos donde entendí que la naturaleza, casi siempre tan hermosa, puede también sernos cruel sin razón aparente. Me veo repleto de la empatía más grande al haber pasado, hace tanto, por mi propio huracán. Con ello, lo último que quisiera es insinuar que, solo por mi pasado, puedo sentirme cerca a Acapulco en momentos de atrocidad. Difiero, muchas veces, con esa creencia antigua que las cosas han de vivirse para sentirse; que una emoción solo es sincera cuando le pertenece al autor. Si eso fuera cierto, la literatura estaría condenada al fracaso y Acapulco tendría, solamente, los buenos deseos de otras costas afectadas, en el pasado, por otro vendaval.

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Lo que sí creo, por otra parte, es que la experiencia de un huracán, fuera del terror compartido con otros desastres, no puede resumirse en las imágenes de destrucción que hoy rondan por doquier. No es como un temblor—duro; repentino—; ni como una guerra—violenta e impuesta por nuestra propia especie—. El huracán es otro monstruo temporal. Es, de un lado, anticipado: escuchas predicciones por montón y, en ti, va cociéndose el miedo previo al impacto. Es, también, una bestia prolongada por las horas que toma en pasar. Es ruidoso y destructivo. Es engañoso, a su vez, con el ojo de paz que se forma en su centro y da un respiro a tanta crueldad. Es, sobre todo, devastador, cuando todo termina y sobrevive, entre la gente, el sentimiento de supervivencia junto al inmenso pesar de salir el sol a modo de burla y mostrar, en la mayor de las claridades, la destrucción de todo lo que antes se llamaba «hogar». Vive, perpetuo, en el recuerdo de los que lo vieron pasar.

Por todo lo anterior es que hoy regreso, por cuenta propia, a la profundidad de la infancia; en esperas de explicar lo que es vivir en la costa y saber que, eventualmente, llegará el huracán. Más aún, lo que es el breve destello grabado, por siempre, en tus adentros. Solo con una crónica general de los huracanes puede replicarse su destrucción real y entender, con la mayor sinceridad que nos permite la distancia, lo que Otis significa para los guerrerenses de hoy.

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Así que, desde el pasado, espero ayudar a entender el presente con estos intentos.

Mis recuerdos no se remontan a los días previos de Wilma—mi huracán infantil—, aunque, habiendo vivido otros tantos desde entonces, puedo avivar el patrón que, seguramente, pasó a la par en mi niñez. Hay algo ritualístico de estos fenómenos. Se repiten tanto que, para los costeros, son parte de la realidad como las elecciones cada tantos años o la llegada del carnaval. Lo primero que llega son las alertas por doquier—noticieros y radio; redes sociales, más recientes, también—. Se comienzan a difundir imágenes de predicciones y, entre las conversaciones casuales van colándose preguntas sobre el huracán a la par de inquisiciones sobre la salud de familiares. El supermercado se atasca con compradores precavidos unos días antes, llevándose montañas de comida e infinidades de papel—como si quisieran proteger su naturaleza tan delicada del agua que amenaza con destruir los rollos para el baño—. El pánico, lentamente, se acumula. En público, nadie lo muestra salvo las vacilaciones sutiles del nerviosismo.

De ahí, la espera. Nadie sale; todos se encierran. Con madera, se van reforzando las puertas y, con cinta canela, dibujan asteriscos en las ventanas con el miedo que lleguen a romperse. Eso dentro del hogar. Afuera, el cielo se va cubriendo de tantos tonos de gris como los que habitan en palacios góticos o pinturas del medievo. Si es de día, las nubes devoran al sol; de ser noche, las estrellas tan acostumbradas a ver su reflejo en la mar, desaparecen en un manto espeso. Solo queda la paciente espera y la esperanza de escasa severidad.

Inicia el viento como un suspiro; un susurro. Te hace pensar que no será tan grave al llegar. Las lluvias se desatan, primero, como un chispeo escaso para irse intensificando a la par del vendaval. Fuera, si hay árboles cerca, se mueven con una flexibilidad que nunca imaginabas hasta que las raíces, por años forjadas, no podrán con el desdén de la naturaleza y sonará, por vez primera, el impacto destructivo de la naturaleza cayendo con el suelo. Miedo. Domina el miedo de saberte encerrado y confiar, solamente, en los muros a tu alrededor sin poder hacer más que esperar.

Cuando se intensificó todo en Cozumel—cuando ya volaban vidrios y ramas en todo lugar donde pusiera la mirada—fue que mi memoria decidió grabar su primera entrada. No es perfecta, he decir como prefacio; pero es tan grande en el peso que me ha dejado. Recuerdo estar en un extremo del cuarto alejado, por completo, de las ventanas. Supongo, por lo que recuerdo del lugar, que habré estado acostado en una cama, cubriéndome con alguna manta por el terror de ver palmeras caer y escuchar, sin freno, la estática descontrolada de los vientos. Sobrevive, sobre todo, el terror; las lágrimas que querían salir de mi rostro, pero, tras tantas horas previas de miedo, no encontraban las aguas dentro de mí para expresarse.

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Así llegó mi padre y, viéndome retraído, me llevó de la mano a la ventana en un intento por curarme los miedos. «No te va a hacer nada, José; es solo viento». Abrió el cristal, recuerdo, y poniendo su mano junto a la mía, tocamos el mosquitero. No recuerdo el tono de su voz. De hecho, no recuerdo siquiera su rostro. Pudo ser un acto de valentía compartida o uno de desesperación al ver a un hijo miedoso. En mi mente solo vive esa imagen de mi mano contra el mosquitero húmedo; de sentir como el viento trataba de entrar y tocar cada espacio que se le permitiera. Veía, de lejos, como nuestro jardín estaba repleto de escombros ajenos traídos por el viento. El garage, con los coches, inundado por completo. Estaba yo en esa ventana tratando de creer, por más difícil que fuera, la gentileza del viento acariciándome la palma y la crueldad que yacía más allá de mis dedos. Hermandados, por un instante, me encontraba con Wilma frente mío sin poder entender su gentil abrazo de vientos destructivos.

Habrá más recuerdos del estilo atorados en mi subconsciente—si es que eso, siquiera, existe—. En mi memoria, vive solo ese breve instante de las tantas horas del huracán. Lo que vino después fue la calma de haber pasado Wilma encontrándose con la desgracia de su destrucción. Pero esa es universal. Es la misma que se ve en las fotos de Otis y en los rezagos de cualquier huracán. Si existe una gran diferencia entre los que viven el huracán y los que, de lejos, lo empatizan, son los recuerdos que perduran a la larga. Todos piensan en los edificios de vidrios rotos y plantas destrozadas; solo, de haberlo pasado en carne propia, sobreviven esos sutiles momentos hermandados por el huracán.

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Lo que no se ve, lo que nadie cuenta, son los recuerdos escasos que se aferran, entre pesares, a la memoria. Es el ver la destrucción en marcha y no solo su final. No recuerdo más de Wilma, pero creo que ese instante que ha sobrevivido y, en estos días, ha vuelto a mí, es suficiente para entender el peso de un huracán. Espero, con ello, la empatía se expanda más allá de las portadas de periódicos con fachadas en la ruina. Pues mi mayor pesar es que tantos otros niños, creciendo en Acapulco, han creado estos días ahora un recuerdo al mío tan similar.

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