Andrés, el primer médico con condición de autismo que busca hacer el ENARM de forma oral

Tras titularse con excelencia en la Universidad de Guadalajara mediante evaluaciones adaptadas, Andrés González Macías pide a la CIFRHS ajustes razonables en el Examen Nacional de Residencias Médicas para cumplir su sueño de convertirse en paidopsiquiatra

Andrés González afirmó que tiene una mente profundamente analítica. Encuentrasoluciones donde otros sólo ven obstáculos.
Andrés González afirmó que tiene una mente profundamente analítica. Encuentra soluciones donde otros sólo ven obstáculos.Alejandro Aguilar

Hubo un tiempo en que sostener un lápiz parecía una misión imposible. En el preescolar le dijeron a Irene Macías que su hijo probablemente nunca avanzaría como los demás. Escribir unas cuantas líneas lo hacía llorar. Mientras otros niños llenaban planas, Andrés apenas lograba controlar el movimiento de la mano. Los primeros diagnósticos llegaron cuando tenía seis años: dislexia y disgrafía. Más tarde apareció el que terminaría por explicar su forma distinta de aprender: autismo.

Durante años el mundo le repitió que no podría. Veinte años después, Andrés González Macías sostiene un título de médico.

Tiene 25 años. Se graduó de la Universidad de Guadalajara (UdeG) con calificaciones sobresalientes, obtuvo un resultado de excelencia en el Examen General para el Egreso de la Licenciatura (EGEL Plus de Medicina General), que presentó de forma oral, y se tituló con la máxima calificación. Hasta donde su familia ha podido documentar, es el primer estudiante con condición de autismo con severas dificultades de lectoescritura que concluye la carrera de medicina a nivel mundial.

Pero el título nunca fue la meta. Desde niño sueña con convertirse en paidopsiquiatra. Y para lograrlo enfrenta una nueva batalla.

La Comisión Interinstitucional para la Formación de Recursos Humanos para la Salud (CIFRHS), responsable del Examen Nacional de Aspirantes a Residencias Médicas (ENARM), decidirá si le permite presentar la prueba con ajustes razonables.

No pide que el examen sea más fácil. Pide que sea accesible

Quiero conseguir mi sueño. Todavía tengo edad para lograrlo. Tengo 25 años”, dice Andrés en entrevista con Excélsior.

Sonríe al reconocer el desgaste que ha significado llegar hasta aquí. “Tal vez estoy un poquito loco por seguir haciendo esto, porque la verdad es muy cansado”.

Su dificultad nunca ha sido comprender la medicina. Ha sido leerla.

“Yo puedo leer un letrero pequeño o palabras aisladas, pero estudiar así, no. Yo no tengo ese talento para escribir textos largos. Por eso no estudié literatura”.

Su fortaleza está en otro lugar. Tiene una mente profundamente analítica. Encuentra soluciones donde otros sólo ven obstáculos.

“Lo que me gusta de mí es que soy un poquito más creativo para resolver problemas”.

Su padre, Diego de Jesús González Beltrán, recuerda aquellas tardes interminables de primaria.

“Andrés era brillante para las matemáticas, para aprender y adquirir conocimiento, pero escribir una plana era la cosa más difícil que puedas imaginar. Lloraba porque simplemente no podía hacerlo”.

Mientras el sistema educativo construía el aprendizaje alrededor de la lectura y la escritura, Andrés aprendía escuchando.

El problema es que prácticamente todo el sistema educativo está diseñado para quienes aprenden leyendo. Él aprende distinto”.

Aun así terminó Medicina. Y lo hizo con excelencia

Durante su internado en el Hospital Civil Nuevo de Guadalajara worked en cuidados paliativos pediátricos, acompañando a niños con enfermedades graves y a sus familias en algunos de los momentos más difíciles de sus vidas. Ahí confirmó que la psiquiatría infantil era el lugar donde quería pasar el resto de su vida.

En realidad, ese sueño había comenzado mucho antes. Cuando era niño imaginó el consultorio que algún día construiría. Un lugar donde los pequeños dejaran de tener miedo. Donde no tuvieran que repetir una y otra vez las mismas pruebas, los mismos dibujos y los mismos rompecabezas. Un espacio donde no fueran tratados como expedientes, sino como personas.

Uno de sus pasatiempos favoritos es hacer magia con cartas y objetos. Sueña con recibir así a sus pacientes: romper el hielo con un truco antes de iniciar la consulta, hacerlos sonreír y derribar el miedo que tantas veces sintió cuando era él quien se sentaba frente al especialista.

También quiere cambiar otra escena que conoce demasiado bien. La de los médicos que observan, anotan cómo habla, cómo camina, cómo escribe y diagnostican mientras el niño permanece frente a ellos como si fuera un objeto de estudio. La de los diagnósticos en papel que terminan haciendo llorar a los padres.

“Con el tiempo comprendí que mi mamá lloraba porque todos los especialistas le repetían que yo no podría terminar ni el primer grado de primaria”.

Hoy su familia sostiene que quienes trabajaron con Andrés ya conocen el tipo de médico que es.

“Nadie va a encontrar una sola queja sobre su desempeño ni sobre el respeto con el que trata a los demás”, asegura Irene, su madre.

Por eso, acompañados por el abogado Arturo López Sánchez, de la Universidad Veracruzana, solicitaron formalmente a la CIFRHS los ajustes razonables previstos en la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad y en la legislación mexicana.

La petición es concreta: un lector con conocimientos médicos, tiempo adicional para responder de manera oral y un espacio separado para evitar distracciones.

No buscan privilegios. Buscan igualdad de condiciones

El abogado explica que una persona puede leer visualmente alrededor de 300 palabras por minuto, mientras que una lectura asistida reduce ese ritmo aproximadamente a la mitad. Esa diferencia coloca a Andrés en desventaja en un examen diseñado para resolverse contra reloj.

No sería la primera vez que una adaptación le abre una puerta. El examen de admisión para ingresar a la Universidad de Guadalajara fue oral. También el EGEL de Medicina. En ambos casos demostró que el problema nunca fue su capacidad para ejercer la profesión, sino el formato del examen.

“La pregunta importante es si tiene o no la capacidad para ser médico”, dice su madre. “Creo que eso ya quedó demostrado”.

Quizá por eso una de las mayores frustraciones de Andrés es seguir sorprendiendo a los demás con cosas que para él son completamente normales. Cuando llega manejando su propio automóvil, las personas suelen decirle que no imaginaban que pudiera conducir.

Él siempre responde igual: “Manejo igual que tú. No tiene mayor ciencia”

En el fondo, ese también es uno de sus sueños. Que dejen de verlo como una excepción. Que le permitan ser simplemente un joven de 25 años que estudió, se esforzó y merece las mismas oportunidades que cualquier otro médico.

Durante años creyó que las fiestas de cumpleaños no existían para los otros niños. “Nunca me invitaron a una”, lamenta.

Hoy sabe que el reto de vivir con condición de autismo no consiste únicamente en vencer los propios miedos. También implica sobrevivir a los prejuicios de una sociedad que suele convertir a las personas diferentes en el blanco perfecto del rechazo y el acoso.

Desde el preescolar le dijeron que no podía sostener un lápiz. Hoy sostiene un título de médico.

Y aprendió una lección que quiere compartir con otros que tienen una discapacidad como él.

Lo peor que puede pasarle a una persona con cualquier discapacidad es renunciar a sus sueños porque alguien le dijo que no podía. El secreto está en aceptarnos como somos, apoyarnos en nuestras fortalezas y encontrar herramientas que compensen nuestras deficiencias”.

Ahora espera que, una vez más, le permitan demostrar que quienes aseguraron que su sueño era imposible estaban equivocados.