Es común escuchar que la vejez llegó sin que nos diéramos cuenta. En realidad, pareciera más bien que el temor a ser viejo fue el que impidió que la pregunta se estuviera gestando, poco a poco, como una respuesta que se construye con el tiempo: ¿Me estaré haciendo viejo? Y de pronto, un día llegó la vejez.
Cuando se está en el umbral de la vida, son necesarias dos distinciones que nos regala el idioma español, e implica una diferencia conceptual: se es viejo o se está viejo. Ser y estar no son lo mismo. Ser implica esencias y estar temporalidades. Así, ser viejo es encontrarse instalado en un estado de vejez, mientras que estar viejo hace alusión a momentos en que uno, por lo general, no se siente viejo, pero puede reconocer que se está viejo.
Cuando sientes que la tecnología te rebasa, ya sea al arreglar un problema con un envío o con una cuenta de banco, quizá tienes la sensación de estar viejo. Una sensación que no te invade todos los días, pero que te hace sentir fuera de tiempo. Por otro lado, cuando sientes que los amaneceres, una caminata por el parque en una tarde de verano, los árboles del bosque o de un camellón, la música o la risa de la gente no tienen ya ningún sentido, entonces, podría decirse que ya eres viejo; porque las pequeñas bellezas de la vida parecen haber acabado.
La vejez es un tema profundo y delicado a la vez. Y nuevamente son los griegos quienes nos ayudan a ir más allá de las sutilezas entre el ser viejo y estar viejo. Geras era un daimon de los griegos. De acuerdo con Jean Pierre Vernant, en su libro Mito y sociedad en la Grecia antigua, un daimon no es un dios, su diferencia radica en que no están claramente individualizados, actúan de manera difusa y carecen de rostro sobre la vida de los hombres. Un Geras no es una persona, sino algo parecido a una condición, es el ser sin rostro que le permite migrar entre los hombres, como esas fuerzas de la naturaleza que se hacen presentes en la experiencia humana. En este sentido, Geras no podría ser una experiencia para todos, únicamente para quienes logren llegar triunfales a mayor edad.
Otro aspecto fundamental de Geras es su familia. Geras nace de la noche (Nyx) y aparece acompañado de hermanos, entre ellos Tanatos (muerte), Hipnos (sueño) y Moros (destino final). Así, la vejez no está sola, es parte de un destino, el sueño que en ocasiones puede ser visto como preámbulo a la muerte y también es la muerte en sí. La vejez tiene una constelación familiar en la mitología y, además, es una constelación que se mueve con ella, una vez que llega.
Los romanos tienen una versión un poco diferente. El equivalente de Geras era Senectud. De ahí que en Roma la palabra senex significa anciano y de ésta se derivan las palabras como senador, senado o senior. Lo cual nos permite inferir que la vejez tenía cierto prestigio. Ejemplo de ello es el texto De senectatus que Cicerón escribió en defensa de la vejez, una especie de protesta contra la idea de que la vejez puede ser vivida como una amenaza o como una opresión; al contrario, propone que la vejez tiene sus frutos, entre ellos la prudencia, el poder liberarse de las pasiones, la autoridad, el tiempo para reflexión y el aprendizaje. Sin embargo, estos logros sólo son posibles para algunos: “Porque los que no tienen auxilios dentro de sí mismos para vivir contentos y felices, a éstos todas las edades les son pesadas; pero los que buscan todos los bienes dentro de sí mismos, no les puede parecer mal ninguno de aquellos que trae consigo la necesidad de la naturaleza; pues uno de éstos es la vejez”. La vejez, pues, revela lo que una persona ha sido toda la vida.
Así, no se puede dejar de retomar el tema del regreso de Odiseo, que muchas veces ha sido leído desde una mirada moderna como el regreso de un hombre marcado por la culpa y que vuelve para reparar aquello que quedó roto. Pero, ¿y si pensamos el regreso de Odiseo no solamente desde la culpa, sino también desde la transformación que produce el tiempo? Odiseo parte de Ítaca como un héroe joven, reconocido por su inteligencia y astucia, pero después de tantos años de viaje regresa transformado. Quizá ahí aparece otra forma de entender la vejez: no como un cierre, sino como una etapa en la que todavía existen posibilidades de desplegar nuevamente la vida.
Porque aún en la vejez nada está escrito. Para los griegos, con Geras llegan los compañeros sueño, destino y muerte, como inevitables, mientras que para los romanos, también pueden llegar el juicio y la sabiduría planteados por Cicerón. La pregunta, entonces, no es cómo comenzó la vejez, sino qué hemos cultivado durante la vida para reconocer la compañía que llegará con ella.
