Víctor Rodríguez, el hiperrealista que recuerda atentados del 11S entre fuego y ceniza
El pintor mexicano estaba en Brooklyn cuando una de las Torres ardió. Después vio el colapso y una ciudad en shock

Se podría decir que Nueva York era su destino natural. El pintor Víctor Rodríguez llevaba casi cuatro años en esa gran ciudad, considerada la capital mundial del fotorrealismo y del hiperrealismo.
Rodríguez, él mismo uno de los exponentes latinoamericanos más destacados de esa corriente artística que representa un reto al ojo humano, incapaz de distinguir de golpe si observa una fotografía o una pintura, conducía un maltratado Jeep Cherokee hacia un kínder Montessori en la Octava Avenida de Park Slope, Brooklyn, donde estudió su hija Micaela. Todo transcurría con normalidad hasta que el gesto de otros padres apuntó hacia el horizonte de Manhattan: una de las Torres Gemelas del World Trade Center ardía a lo lejos.
En un primer momento, la escena pareció un incendio o una explosión menor. La rutina no se detuvo. Su entonces esposa, que estudiaba una maestría en la Universidad de Columbia, intentó tomar el metro para ir a clases. Sin embargo, el servicio ya se encontraba suspendido. Decidieron avanzar en vehículo hacia la orilla del East River, entre los puentes de Brooklyn y Manhattan, donde se ubica su taller, a poco más de un kilómetro de la zona del desastre.

Allí, estacionados, el ambiente dio un vuelco drástico. Entre el bullicio urbano, el grito en español de una mujer rompió el aire: “¡Han atacado el Pentágono!”. Al levantar la mirada, ambas torres humeaban tras el segundo impacto. Pocos minutos después, presenciaron lo impensable: el colapso de la primera torre. En medio del desconcierto, corrieron al automóvil para recuperar a su hija mientras a sus espaldas retumbaba el rugido del segundo derrumbe.
El impacto del 11S en Nueva York
Pensé que la historia y todo había cambiado para siempre. Como la caída de Constantinopla. Pensé que habrían muerto 20 o 30 mil personas”, rememora. Aquella jornada dejó una marca imborrable en la escala humana de la Gran Manzana.
Durante los días posteriores, la velocidad habitual de Nueva York se detuvo. Aunque el cruce por el Puente de Brooklyn resultaba físicamente imposible por el flujo masivo de evacuados, las imágenes de la jornada quedaron grabadas con precisión: miles de personas cubiertas de polvo y ceniza caminaban en medio de una nube gris, en cámara lenta.
El ejército tomó el control de las calles. Tanques y efectivos militares custodiaron los accesos bajo los puentes mientras una densa columna de humo persistió durante semanas sobre el sur de Manhattan. Al regresar al taller, cuyo ventanal había quedado entreabierto, halló el espacio cubierto por una fina capa de ceniza.
El impacto del colapso fue tal que, desde entonces, Rodríguez rechaza consumir material gráfico sobre el atentado: “Hasta hoy no me interesa ver imágenes del 11 de septiembre. Ni documentales ni películas ni fotos. No es que no pueda verlas, no me interesa revivir la experiencia”.

Los desaparecidos y la transformación de NY
Más allá del despliegue militar, el aspecto más doloroso de las semanas posteriores se vivió en las calles. La ciudad entera quedó tapizada con fotocopias con los rostros de personas desaparecidas.
Toda la ciudad tapizada, no estoy exagerando. Todavía en la esquina de la 6ª Avenida y Bleecker quedan unos mosaicos rotos con nombres de aquel entonces. La desesperación de los familiares”, evoca.
Aquel periodo también sacó a relucir un sentido temporal de unidad colectiva entre los neoyorquinos, una cohesión que paulatinamente se diluyó con el retorno a la normalidad y la reaparición de las fricciones cotidianas.
A pesar de la magnitud de la tragedia y la transformación de la seguridad en la vida urbana, la experiencia no alteró su apego por la metrópoli.
No cambió mi percepción de la ciudad y más bien confirmó que no es una ciudad para espíritus frágiles. En ningún momento pasó por mi mente irme a vivir a otro lado”.
En perspectiva, el 11S formó parte de un ciclo de fractura iniciado con la convulsa elección estadunidense del año 2000. Haber vivido el terremoto de 1985 en la CDMX le otorga, reflexiona con ironía, “el derecho a convertirme en el viejo necio que nadie quiere oír en las reuniones”.
*mcam