Los países más intervencionistas desde la Segunda Guerra Mundial
La era de la diplomacia parece haber terminado… en realidad, para algunos países, la guerra siguió siendo la regla

El sistema internacional que se configuró tras la caída del Muro de Berlín dejó de existir en los primeros meses de 2026. Lo que durante décadas se denominó el "orden basado en reglas" se transformó en una estructura de poder más cruda, transaccional y volátil; la diplomacia multilateral ha sido desplazada por un intervencionismo sofisticado.
Los acontecimientos que han sacudido el tablero geopolítico en los últimos dos años son la culminación de la tendencia hacia la diplomacia que comenzó en 1945. Desde la devastadora Guerra de los Doce Días en junio de 2025 hasta la captura de Nicolás Maduro en Caracas en enero de 2026 todo indica que el consenso no es más la metodología.
Aunque, de acuerdo con los datos, esa diplomacia no aplicaba para todos. Varias potencias mantuvieron la actividad bélica desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Lo que ha cambiado es la naturaleza de esta fuerza. Las grandes ocupaciones territoriales y las misiones de construcción nacional han dado paso a un modelo de intervencionismo más sofisticado, tecnológico.
El complejo militar-industrial ha procesado las costosas lecciones de Irak y Afganistán para diseñar una capacidad operativa que permite descabezar regímenes o neutralizar programas nucleares en cuestión de horas, minimizando el despliegue de tropas de tierra y el desgaste político interno.
La estadística de la hegemonía: El peso militar de EU
La magnitud del activismo militar estadounidense constituye el núcleo de cualquier estudio serio sobre la seguridad global. Los datos recopilados por diversas instituciones académicas y gubernamentales ofrecen una visión de una potencia en movilización permanente.
Según un análisis de la Sociedad China de Estudios de Derechos Humanos (CSHRS), basado en cifras del Programa de Datos sobre Conflictos de la Universidad de Uppsala, Estados Unidos participó en aproximadamente 201 de los 248 conflictos armados registrados en el mundo entre 1945 y 2001. Esta cifra implica que Washington estuvo involucrado en el 81% de los enfrentamientos bélicos globales durante ese período, una estadística que abarca desde guerras declaradas hasta intervenciones de baja intensidad y apoyos encubiertos a insurgencias.
El Congressional Research Service (CRS) documenta casi 400 operaciones militares e intervenciones fuera del territorio estadounidense desde 1946. Este historial refleja una estrategia de seguridad nacional activa en el globo entero, con una concentración particular en el hemisferio occidental y Oriente Próximo. La distribución geográfica de estas intervenciones confirma la vigilancia constante sobre las rutas de los hidrocarburos y un énfasis en Latinoamérica.
La distinción entre "iniciar" y "participar" en conflictos es fundamental para entender la arquitectura del poder estadounidense. Mientras que Washington ha iniciado directamente entre 15 y 25 guerras o intervenciones a gran escala, como la invasión de Panamá en 1989 o la de Irak en 2003, su rol como "garante" en conflictos de aliados o "disruptor" en guerras civiles eleva drásticamente su participación.
Este activismo se ha visto reforzado en los últimos meses con la administración Trump, que ha reactivado una política de "paz a través de la fuerza", priorizando la eliminación de amenazas mediante ataques de alta precisión.

El viejo orden y sus rescoldos: las intervenciones de Reino Unido y Francia
Aunque la atención mediática suele centrarse en Estados Unidos, las potencias europeas han mantenido un nivel de actividad militar que contradice la percepción de una Europa pacificada y replegada. El Reino Unido, según el portal Declassified UK, ha desplegado sus fuerzas armadas para el combate en más de 80 ocasiones en 47 países desde 1945.
La estrategia británica ha sido un híbrido entre la nostalgia imperial y la alianza estratégica. En las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, Londres se centró en la supresión de movimientos de independencia en colonias como Kenia, Malasia, Adén y Chipre.
Con el tiempo, la actividad se transformó en un rol de "socio menor" de Estados Unidos, participando en casi todas las grandes coaliciones occidentales, desde la Guerra de Corea hasta los bombardeos en Libia y Siria. Sin embargo, Reino Unido mantiene una capacidad autónoma de intervención para proteger a regímenes amigos o asegurar intereses petroleros en el Golfo, como demuestran sus intervenciones recurrentes en Omán y Jordania.
a seguido un patrón similar, aunque geográficamente más concentrado. El autodenominado "gendarme de África", ejecutó más de 130 intervenciones militares en el continente africano entre 1945 y 2005. A través de la red de relaciones conocida como Françafrique, el Elíseo ha utilizado sus bases permanentes en Yibuti, Gabón y Costa de Marfil para intervenir rápidamente en crisis políticas y defender gobiernos leales.
Aunque la Operación Barkhane en el Sahel representó un cambio hacia el combate al yihadismo, el historial francés está marcado por misiones destinadas a proteger el orden establecido en beneficio de sus intereses económicos, especialmente en el sector de los recursos naturales.
Los rivales sistémicos: La proyección de fuerza de Rusia y China
Rusia y China representan las dos alternativas más potentes a la hegemonía occidental, pero emplean su poder militar de maneras diferentes. Rusia, heredera del aparato militar soviético, ha mantenido una política de intervencionismo agresivo en su "extranjero cercano".
Desde 1991, Moscú ha emprendido al menos 25 intervenciones militares para preservar su esfera de influencia. La lógica del Kremlin es la prevención de pérdidas: intervenir cuando percibe que el equilibrio regional se inclina hacia Occidente o cuando una "revolución de colores" amenaza a un aliado estratégico, como ocurrió en Georgia (2008), Ucrania (2014-2026) o Kazajistán.
La intervención en Siria en 2015 marcó un hito en la estrategia rusa. Moscú demostró que podía proyectar poder fuera de sus fronteras inmediatas mediante una combinación de bombardeos estratégicos, fuerzas especiales y contratistas militares privados, como el Grupo Wagner.
Posteriormente vino la intervención en Ucrania. Esta guerra ha desgastado significativamente su capacidad convencional, obligando a Rusia a depender cada vez más de su arsenal nuclear para mantener su estatus de gran potencia en un mundo que se militariza rápidamente.
China, por su parte, ha optado históricamente por un modelo de "ascenso pacífico", evitando las intervenciones militares directas a gran escala. Su participación más significativa fuera de sus fronteras ha sido en misiones de paz de la ONU y patrullas contra la piratería en el Golfo de Adén.
Este patrón está cambiando a medida que Pekín necesita proteger sus inversiones globales. El establecimiento de su primera base militar en el extranjero en Yibuti y el desarrollo de una marina de aguas azules indican que está lista para pasar de la "guerra política" y el poder blando a una proyección de fuerza más tangible si sus intereses vitales se ven amenazados.

Turquía merece una mención especial como potencia regional emergente. Con una de las fuerzas armadas más grandes de la OTAN, Ankara ha incrementado drásticamente sus intervenciones en la última década, operando activamente en Siria, Irak y Libia. Su capacidad para fabricar drones de combate de bajo coste y alta eficacia ha transformado la dinámica de conflictos regionales.

jcp
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