El miedo a entender lleva a la complicidad (parte II)

En el caso de las historias más terribles, lo inimaginable por horroroso se vuelve no creíble. Éste no es un fenómeno mental desconocido. Desde el psicoanálisis se llama: fenómeno de la negación; es decir, aquello que puede resultar profundamente doloroso al grado de generar una ruptura en lo psíquico, la mente prefiere negarlo.

                Hemos presenciado colectivamente un acontecimiento    fundamental e inesperado… que nadie previó.

                Ocurrió, por lo tanto, puede volver a ocurrir.

                Primo Levi

 

Es común escuchar cómo las personas se preguntan por qué nadie reacciona ante alguna desigualdad, escándalo o estallido de violencia, entre muchos eventos escalofriantes. Y es que es necesario comprender que muchas veces no podemos reaccionar a aquello que no vimos venir. Lo que nos obliga a preguntarnos sobre lo que está pasando, informarnos para poder entender mejor y, posteriormente, elegir cómo queremos plantearnos frente a ello. Sin duda, esto se dificulta ante la desinformación en la que a veces parecemos ahogarnos. El resultado de esta desinformación es que el mundo es crédulo y escéptico a la vez. Por un lado, puede creerse fácilmente propaganda, porque, sin saberlo, ésta adhiere a una serie de prejuicios con los que se explica el mundo. Por otro, se resiste a creer el horror que pueden sufrir las poblaciones destrozadas por ambición de poder y de bienes. A esto se refiere Primo Levi cuando escribió: “Los monstruos existen, pero son muy pocos…, más peligroso son los hombres comunes, dispuestos a creer y a actuar sin hacer preguntas”. Hacernos preguntas es indispensable para hacernos humanos.

En el caso de las historias más terribles, lo inimaginable por horroroso se vuelve no creíble. Éste no es un fenómeno mental desconocido. Desde el psicoanálisis se llama: fenómeno de la negación; es decir, aquello que puede resultar profundamente doloroso al grado de generar una ruptura en lo psíquico, la mente prefiere negarlo. Lo que implica que la mente no puede tolerar saber, aunque en alguna parte inconsciente ya lo sabe y, por lo tanto, lo niega. Algunos podrían pensar que esto es ignorancia, pero se trata más bien de un mecanismo de defensa, porque entre las cosas que duelen está el sufrimiento de los otros. Si como apunta Levi: “Tuviéramos y fuésemos capaces de experimentar el sufrimiento de todos los demás, no podríamos vivir”.

En el caso de las masacres en Irán, si un hecho obliga a ver, a arriesgar (una postura por ejemplo) o perder la calma, entonces la mente se inventa una realidad soportable, en la cual niega lo que sí sucede. ¿Cómo podemos encontrar la negación en el mundo actual? Por ejemplo, por medio de la pseudo-racionalización, la cual discute cifras en lugar de hechos. En el caso de Irán se opta por discutir el número de asesinados en lugar de rebatir el hecho de que un gobierno está asesinando a civiles. En este sentido, también se puede buscar hablar de la cuestión política o geopolítica en lugar de reconocer la barbarie hacia las víctimas. Aún peor —y la más cómoda de todas las salidas—, mostrar una duda infinita, que exige más pruebas para creer en la verosimilitud del hecho porque no “suena verdadero”.

Primo Levi trae un tema aterrador, la violencia extrema no sólo destruye víctimas, sino que transforma la mirada y la posición del observador, al llevarla a un extremo tal que quizá no se reconocería a sí mismo diciendo eso. Así, aparece la “zona gris”, en la cual nadie quiere sentirse cómplice del horror y, por tanto, obliga a que la percepción se reorganice. El mundo necesita creer que el horror, ya sea el Holocausto o la masacre hacia los jóvenes iraníes, no es tan grave, porque no es verificable y, en todo caso, no le corresponde hacer nada, porque el cuestionamiento que esto traería sobre su propia ética sería intolerable. Es decir, que aun si no hacemos nada, nos vamos transformando en algo que no quisiéramos si lo viésemos en algo más. La violencia ante la que permanecemos incólumes nos va “monstruificando”.

El ser un testigo pasivo que comienza con indiferencia termina convirtiéndose en la integración del horror en la normalidad y, por tanto, adaptándose como parte de la vida diaria. 

El mundo reclama la pasividad social frente a las matanzas, en nuestro propio país, en Irán, en Siria y en muchos lugares más. Esta pasividad no requiere odio, sólo omisión. Esta pasividad nos adapta a un mundo de horror que se nos escapa de la manos. Si no nos rebelamos ante el horror todas y cada una de las veces, entonces nos estamos adaptando a él.

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