La eliminación por etapas de los liderazgos del gobierno dictatorial de Irán hasta culminar con la muerte del ayatollah y líder máximo, Alí Jameneí, sigue un patrón clásico: la penetración de los más altos círculos iraníes por servicios de inteligencia extranjeros, en este caso, los de Israel. Aunque Trump —como en el caso del Mencho— se quiso adjudicar el mérito del bombardeo que acabó con la vida de Jameneí y otra media docena de altos colaboradores, el hecho sigue el mismo guión del asesinato de la cúpula militar persa por parte del ejército israelí, días antes del bombardeo estadunidense a las instalaciones nucleares en el verano de 2025. La tecnología sirve mucho, pero nada como un buen traidor de carne y hueso que conozca hábitos, horarios y agenda de los adversarios.
Hace apenas ocho meses, en junio del año pasado, el ejército israelí eliminó a los líderes más importantes del ejército, los cuerpos de seguridad y el programa nuclear, incluyendo al jeje del Estado Mayor y hombre de confianza de Jameneí, M. Bagheri, en el puesto desde 2016, a su segundo y a otros 17 dirigentes. En esta ocasión la lista de altos mandos asesinados ya suma más de cuarenta.
La facilidad para ser destruido por dentro habla de la debilidad de ese gobierno, de disidencia e inconformidades que pueden comprarse. Habla también del fortalecimiento de otra rama de gobierno: la Guardia Revolucionaria; aunque dos de sus líderes también fueron eliminados, la Guardia tiene una formación más ideológica y fanática. Ya hemos visto este mecanismo de compensación: antes de caer el gobierno de la Rusia zarista, lo único que funcionaba era la Ojrana, la policía secreta. Lo mismo en la Alemania del Este, con la Stasi, todo se caía a pedazos menos la capacidad de espiar y reprimir.
Pero una cosa es la eficacia para implementar versiones ampliadas de la estrategia de “eliminar al líder” (kingpin strategy) y muy otra el que esa ruta garantice gobiernos estables y sustitución efectiva de regímenes dictatoriales, violadores sistemáticos de los derechos humanos más básicos. Si esa fuera la ruta, los ministerios de Relaciones Exteriores podrían ser eliminados y sustituidos por juntas de militares y especialistas en inteligencia. Y la diplomacia pasaría al museo de las prácticas raras de la humanidad. Pero lo que demuestra la historia es que los cambios profundos —para bien y para mal— en la cultura política de un pueblo difícilmente se arraigan y permanecen si son impuestos a rajatabla desde arriba.
Precisamente en 1953, en Irán, en un golpe concertado con la CIA, Mohammad Reza Pahlevi intentó una modernización de Irán que, si bien creó universidades y cierta modernización económica, al ser impuesta autoritariamente sentó las bases para la rebelión de las castas religiosas desplazadas. O en Egipto con Nasser, quien igualmente intentó, con logros importantes, una modernización anticolonial que décadas después sucumbió a la ola del fundamentalismo árabe en la primera década de este siglo.
No creo en el dogma de la no intervención, pase lo que pase, así se oigan los lamentos de miles de personas condenadas a tortura y muerte, como sucedió este enero cuando el régimen de Jameneí asesinó a un mínimo de ocho mil disidentes, la mayoría jóvenes. La persecución brutal y por décadas de los partidarios de la democracia en Irán, como la propia Premio Nobel de 2003, Shirin Ebadi, la gran abogada Nasrín Sotudé, la Premio Nobel 2023, Narges Mohammadi, y la pléyade de cineastas e intelectuales persas que han difundido con su arte la tragedia de su país y la fuerza de la resistencia heroica, especialmente de las mujeres con su Mujer, Vida, Libertad, no sólo no ha cedido un ápice, se ha recrudecido.
Pero tampoco creo en la democracia impuesta con bombas como parece creer el gobierno norteamericano. No es sólo cosa de doctrina. No es durable ni permanente ni garantiza un cambio de régimen favorable a la democracia y arriesga demasiadas vidas. A la ONU le faltan dientes y su Consejo de Seguridad sigue paralítico por el derecho a veto de las grandes potencias: Rusia, EU, China. Y esta debilidad genera tonterías supremas como el Consejo por la Paz, que busca garantizar negocios y chamba permanente a Trump, aun después de su presidencia. Los vacíos se llenan, aun con frivolidades, por eso hay que adelantarse.
Los grandes cambios en la diplomacia se dieron después del horror de la Segunda Guerra: se creó la ONU, se adoptó la Carta Universal de los Derechos Humanos. No necesitamos de una conflagración así para decidir los grandes cambios: ya tenemos muchas señales del caos que se viene con el regreso de la fuerza como instrumento de las grandes potencias y el desastre climático. Es el momento de nuevas iniciativas para la Diplomacia, sí, con D mayúscula.
