Oportunidad frente al pragmatismo
En el país caribeño quedó claro que, por el momento, a Estados Unidos no le incomodan las características dictatoriales del régimen venezolano, en tanto quien gobierne esté alineado a Washington. ¿Sucederá lo mismo en Irán, una vez que los ataques israelíes terminaron con la vida de quien estuvo al mando durante casi cuatro décadas?

Armando Ríos Piter
Editorial
Hoy, la “realpolitik” impera, mientras la democracia queda en segundo plano. La discusión sobre ideales y valores cede espacio a la fuerza para imponer dinámicas. La competencia entre China y Estados Unidos enmarca los acontecimientos de los últimos meses. La caída de Nicolás Maduro a inicios de año, junto con la de Alí Jameneí, ocurrida este fin de semana, tienen más que ver con el suministro de hidrocarburos al gigante asiático que con la excusa del narcotráfico o el programa nuclear que se ha utilizado como coartada mediática.
En el país caribeño quedó claro que, por el momento, a Estados Unidos no le incomodan las características dictatoriales del régimen venezolano, en tanto quien gobierne esté alineado a Washington. ¿Sucederá lo mismo en Irán, una vez que los ataques israelíes terminaron con la vida de quien estuvo al mando durante casi cuatro décadas? Parecería que la apuesta es lograr cambios en el régimen que modifiquen radicalmente la proveeduría de petróleo a China. ¿Les saldrá la jugada? Aún es temprano para saberlo.
El escenario mexicano no escapa del nuevo pragmatismo global. La muerte de Nemesio Oseguera, alias El Mencho, líder del CJNG, quien fuera abatido en un operativo militar en Jalisco, abre una serie de incógnitas de la misma naturaleza frente a qué ocurrirá con esa agrupación criminal. ¿Habrá una simple sustitución del liderazgo sin modificaciones regionales importantes? ¿O habrá una fragmentación y lucha por el poder? Las implicaciones que esta situación podría tener para la sociedad, así como para la seguridad de México, resultan de la mayor trascendencia.
Muchas hipótesis se han levantado a raíz de las acciones del domingo 22 de febrero. Lo cierto es que un escenario posible —tal vez el que resultaría más frustrante para la sociedad mexicana— sería ése en el que simplemente se cambie la cabeza del cártel, pero todo permanezca como antes. Es decir, que la muerte del nacido en Aguililla, Michoacán, dé pauta a que una nueva cabeza mantenga la presencia de violencia y subordinación en 600 municipios del país y 29 entidades de la República.
Vale la pena preguntarse, ¿conviene a Estados Unidos un reacomodo pragmático “gatopardista” (que todo cambie para que siga igual)? Recordemos que la detención de Zhi Dong Zhang (Brother Wang) desnudó una cadena de suministro de precursores químicos y lavado de dinero para la fabricación de fentanilo entre empresas asiáticas y los cárteles mexicanos como el de Jalisco. ¿Podría ocurrir que continúen las cosas igual, siempre y cuando las actividades de trasiego de estupefacientes sean controladas en su totalidad por intereses estadunidenses? No suena descabellado.
Sirvan estas reflexiones para entender que, mientras en el mundo los valores democráticos pierden espacio frente a la concreción de un utilitarismo ramplón, México tiene en su fuero interno una oportunidad de oro: relanzar su acuerdo social. Frente a décadas en que la violencia y la inseguridad han dejado como herencia un dramático desajuste entre gobierno y gobernados, los hechos del domingo pasado abren la posibilidad de que la confianza en el Estado se renueve con amplísimas mayorías, sin polarización y objetivos claros para recuperar la gobernabilidad perdida.
Tristemente, la iniciativa de reforma electoral presentada por Claudia Sheinbaum va en contra sentido. En lugar de aprovechar la coyuntura para ampliar las dinámicas de participación, incorporación y legitimación social, la mandataria envió una propuesta en la que pretende concentrar aún más un poder institucional, criticado en muchos frentes de tener alianzas inconfesables con la delincuencia.
Eliminar el sistema de resultados preliminares o limitar capacidades humanas y operativas al Instituto Nacional Electoral dan muestra de una visión estrecha. Al proponer eliminar 32 senadores plurinominales y cambiar la fórmula de asignación para 100 diputados federales —sin que siquiera se acote con claridad la “sobrerrepresentación”— es evidente que la intención es limitar aún más la presencia de voces distintas a la del grupo gobernante.
Soy un convencido de que, frente a esta intención, será indispensable articular y movilizar un gran colectivo social que plantee alternativas distintas; propuestas en las que se limite la concentración del poder y se fortalezca institucionalmente la democracia participativa. Los hechos ocurridos en Tapalpa, Jalisco, dan un pretexto para repensar nuestro futuro; uno en el que no sean sólo unos cuantos los que dominen el país. Ésa es la verdadera soberanía. ¿Estaremos a la altura?