11S: la ruptura global a 25 años de los ataques a Nueva York y Washington

La especialista en Oriente Medio Esther Shabot analiza cómo la irrupción de Al-Qaeda en suelo occidental sepultó las expectativas de paz nacidas tras la caída del Muro de Berlín

A 25 años del 11 de septiembre de 2001, la analista Esther Shabot explica cómo los atentados sepultaron el optimismo noventero y dieron paso al control migratorio y al choque geopolítico.
A 25 años del 11 de septiembre de 2001, la analista Esther Shabot explica cómo los atentados sepultaron el optimismo noventero y dieron paso al control migratorio y al choque geopolítico.Especial

Los atentados del 11 de septiembre de 2001, en Nueva York y Washington, supusieron un cisma que transformó la geopolítica, la seguridad mundial y la vida cotidiana del siglo XXI. El violento acontecimiento enterró el optimismo tras la caída del Muro de Berlín, en 1989, y marcó el inicio de la hipervigilancia.

Ese día, el planeta presenció la irrupción global de una vertiente del extremismo islámico sin precedentes en Occidente, señala Esther Shabot, especialista en asuntos de Oriente Medio.

“Apareció una nueva realidad que fue esta militancia de un terrorismo islámico desconocido, porque nunca antes había habido algo de tal envergadura. Por supuesto que Al-Qaeda existía desde antes y en los años 90 realizó atentados, alguna vez a una flota norteamericana en alguno de los mares por donde navegaba, y se sabía que en Afganistán había todos estos reductos y los talibanes, etcétera, pero nunca en Occidente se había presentado un atentado terrorista como el del 11 de septiembre de 2001”, señala.

Para la analista, el 11S inauguró una era dominada por la sospecha, la intervención militar de Estados Unidos en Irak y Afganistán, y una ola de violencia que se diseminó, posteriormente, hacia metrópolis europeas como Madrid, París y Londres.

El violento acontecimiento enterró el optimismo tras la caída del Muro de Berlín, en 1989, y marcó el inicio de la hipervigilancia.
El violento acontecimiento enterró el optimismo tras la caída del Muro de Berlín, en 1989, y marcó el inicio de la hipervigilancia.Especial

“Fue un impacto brutal que, como sabemos, modificó muchos usos y costumbres. Desde la manera de viajar por la seguridad que se debía contemplar en los aeropuertos, primero que nada, pero también la emergencia de una política, sobre todo de los gobiernos de Estados Unidos, de mucho mayor rudeza y control de todas las corrientes migratorias y de los trámites para ingresar al país”, señala la también colaboradora de Excélsior.

“Se inició una cadena de conflictos a raíz del 11S. Finalmente, fue una derivación de la guerra contra Irak para derribar al régimen de Sadam Hussein, y Afganistán pasó a ser uno de los campos de batalla”, refiere.

Para comprender el origen de la agresión perpetrada por Al-Qaeda, Shabot explica que es preciso remontarse siglos atrás. La raíz de la violencia en ciertos círculos radicales musulmanes reside en un profundo resentimiento histórico acumulado frente al auge de las potencias occidentales de raíz cristiana.

”El islam fue, a lo largo de siglos, una civilización muy importante que alcanzó logros invaluables. Pero hacia los siglos XVII, XVIII y XIX, los imperios musulmanes cayeron en una condición de inferioridad con respecto al avance tecnológico, la Ilustración y las conquistas de las naciones europeas”, señala la especialista.

Aquel contraste entre las antiguas glorias filosóficas, intelectuales y territoriales de los califatos, y la paulatina marginación colonial, provocó una respuesta revanchista. La fórmula, hallada por diversos pensadores para intentar recuperar la supremacía perdida, señala Shabot, fue el retorno ciego a los orígenes religiosos.

“Está la creencia de regresar a la pureza de una religión, tal como se imaginaban que se practicaba en la época del profeta Mahoma y los califas subsiguientes, iba a ser la fórmula para recuperar el terreno y la ventaja frente a Occidente. En ese sentido, aparece este fanatismo religioso que ve a Occidente como un gran enemigo al que hay que destruir, y el 11S revela claramente el meollo de ese acto tan pavoroso”.

El planeta presenció la irrupción global de una vertiente del extremismo islámico sin precedentes en Occidente.
El planeta presenció la irrupción global de una vertiente del extremismo islámico sin precedentes en Occidente.Archivo Histórico Excélsior

Sin embargo, la expansión de este fundamentalismo puso en automático una estigmatización social.

“En general, los actos terroristas llevados a cabo por gente que tiene determinada identidad pasan a afectar al grupo entero al promover ciertas generalizaciones que, obviamente, son injustas y pasan a constituir la base para violaciones de los derechos humanos”, explica.

Surgió la desconfianza

“Es cierto que la desconfianza ante la presencia de musulmanes en territorios occidentales se exacerbó. Pero creo que, a final de cuentas, la población musulmana a nivel mundial, sobre todo la que está fuera de la órbita musulmana y que vive en Occidente, en su inmensa mayoría siguió más o menos viviendo en tranquilidad, a pesar de ciertas discriminaciones”.

Como sea, un movimiento de esa magnitud requería no sólo de sustento ideológico, sino también de vastos recursos financieros.

Durante décadas, corrientes ultraconservadoras han financiado, a nivel internacional, la construcción de mezquitas y madrasas (escuelas islámicas) donde germinaron discursos radicales que influyeron directamente en los perpetradores del 11S, relata Shabot. Paralelamente, por la vertiente chiita, subraya, el establecimiento de la República Islámica de Irán en 1979, impulsó su propia agenda antioccidental en la región.

“Hubo un volcamiento de dinero en diferentes partes del mundo árabe y musulmán y también de Occidente, donde había población musulmana, para difundir justamente estas agendas radicales”, refiere.

Arabia Saudita financió durante mucho tiempo. Claro que la situación hoy para Arabia Saudita es diferente, con este monarca, bueno, todavía no es monarca, pero Mohammed bin Salman (el príncipe heredero), que quiere modernizar a Arabia Saudita y ya está circulando por otros caminos”.

El impacto tras los atentados del 11S echó por la borda lo que el politólogo Francis Fukuyama denominó “el fin de la historia”.
El impacto tras los atentados del 11S echó por la borda lo que el politólogo Francis Fukuyama denominó “el fin de la historia”.Especial

No fue el fin de la historia

El impacto tras los atentados del 11S fue súbito. Echó por la borda lo que el politólogo Francis Fukuyama denominó “el fin de la historia”.

A diferencia del liberalismo o el comunismo, los dos grandes boletos a adquirir por los gobiernos, expuso Fukuyama, el islamismo radical no resultaba atractivo para sociedades fuera de su herencia cultural. El 11S sepultó de golpe esa visión y sus críticos sostuvieron que la historia “había regresado”.

“Bueno, yo creo que todo cambió y esa idea tuvo muy poca duración en los albores de la caída del Muro de Berlín y del derrumbe de la Unión Soviética y que ahora iba a ser coser y cantar, como dice el dicho”, apunta Shabot.

“O sea, se hablaba de que, una vez que se derrumbó el bloque socialista y una vez que cayó el Muro de Berlín, comienza a haber la posibilidad de tender puentes mucho más fluidos para una multiculturalidad, etcétera”, sostiene.

“Se piensa que la humanidad está a punto de comenzar a circular por una vía mucho más pacífica, mucho más humanista, que deja de lado las tiranías que se conocían, por ejemplo, dentro de los países satélites de la Unión Soviética y en la propia Unión Soviética. Y todas estas visiones optimistas, obviamente, van a derrumbarse en el momento en que se da el 11 de septiembre”.

A partir de esa fecha, un martes que parecía rutinario, “el cataclismo que significó lo de las Torres Gemelas y lo del Pentágono marcó un rumbo no tan optimista, o en absoluto no optimista, como el que se creyó que había prevalecido, el que se creyó, digamos, en los años noventa”.

A un cuarto de siglo del 11S, el mundo presencia las réplicas de esa sacudida geopolítica, concluye Esther Shabot. Ahora se vive con fronteras protegidas, hipervigilancia y la certeza de que la paz global continúa amenazada por los espectros del fanatismo ideológico.