David Rockefeller sinónimo de riqueza
El heredero de una dinastía, cuyo apellido es parte de la elite estadunidense, falleció el 20 de marzo pasado. Cumpliendo con el legado familiar, donó parte de su fortuna a museos y universidades

CIUDAD DE MÉXICO.
Cuenta la leyenda que cuando el World Trade Center estaba en planos, en los años setenta, David Rockefeller llamó a su hermano Nelson, el entonces gobernador de Nueva York, para pedirle que influyera y evitara que las planeadas Torres Gemelas interrumpieran el panorama desde el edificio de 60 pisos en el número 30 del Rockefeller Center en Manhattan.
“Muévelo un poco”, habría sido el ruego. Si la historia es legítima o no es lo de menos, aunque lo cierto es que los ahora desaparecidos edificios comenzaron a ser construidos en 1975 y nunca estorbaron la vista desde “The Rock”, como se apoda al edificio más alto del Rockefeller Center.
De lo que no hay duda es que pocos años después, en 1979, David Rockefeller y su amigo Henry Kissinger fueron los personajes que trabajaron para encontrar refugio para Mohamed Reza Pahleví, el depuesto shah de Irán, y superar las renuencias de Jimmy Carter para que llegara a Estados Unidos a tratarse del cáncer del que murió.
Ambas versiones son parte de la leyenda de una familia cuyo apellido es sinónimo de riqueza y poder aún hoy, cuando hay decenas de millonarios más ricos y extravangantes que ellos, pero que aún así quisieran ser como ellos.
Pero los mitos son difíciles de igualar.
Al fallecer el 20 de marzo a los 101 años, David Rockefeller era el millonario más anciano, aunque lejos de uno de los mas adinerados. Con sus tres mil 300 millones de dólares, estaba, de hecho, en el sitio 581 entre los más ricos del mundo y el 214 de Estados Unidos.
Pero pocos nombres como el suyo son tan grandes en el imaginario popular como sinónimo de riqueza y poder. O de lo que sus
admiradores llaman un tipo de millonario-filántropo.
David Rockefeller era el último nieto vivo de John D. Rockefeller, el fundador de una dinastía que muchos ven todavía en el centro de las finanzas y la política internacionales... y, de hecho, lo estuvo.
Si John D. Rockefeller salió de la nada para fundar la petrolera Standard Oil –la matriz de varias de las mayores actuales del mundo– David Rockefeller usó su nombre y su prestigio para fundar el Chase Manhattan Bank, pero también para amasar una de las grandes colecciones de arte del mundo y ponerlas a disposición de sus conciudadanos; ayudó a grupos como el Consejo de Relaciones Exteriores de Nueva York y la Sociedad de las Américas, donó decenas de millones de dólares a universidades y museos.
El nombre es parte de la historia del siglo XX y del periodo mas protagónico de la ciudad de Nueva York.
La leyenda está en toda ella. La casa donde nació David Rockefeller fue luego la sede del Museo de Arte Moderno –que a su muerte recibe un fondo de 100 millones de dólares–; el Centro Rockefeller es un icono de la ciudad, aunque ya no pertenece a la familia, que lo construyó; el terreno donde se levanta la sede de la Organización de Naciones Unidas fue un donativo de la familia Rockefeller.
La leyenda empieza con John D., el gran titán de las finanzas que amasó una fortuna que, de acuerdo con estimados de la revista Forbes, al momento de su muerte en 1937, controlaba 1.5% del Producto Nacional Bruto de Estados Unidos. Hoy sería necesario tener mas de 340 mil millones de dólares para lograr ese grado de fuerza, de acuerdo con la publicación.
De hecho, el poder acumulado por Standard Oil llevó al gobierno federal estadunidense a buscar y lograr judicialmente su fracturación. De ahí, surgieron eventualmente ESSO y MOBIL. Aunque a final de cuentas, la división ayudó a realzar la situación económica de Rockefeller, que se convirtió en el primer billonario de la historia moderna, el Creso del siglo XX.
Pero David y sus hermanos, hijos del privilegio, no crecieron con el sentido de superioridad. Es difícil sentirlo cuando para ganar su “domingo” tenían que barrer las hojas caídas en su casa de campo, o desyerbar el jardín. Es el estilo de algunas familias estadunidenses profundamente religiosas y después de todo su abuelo, John D., era un devoto bautista que daba 10% de sus ganancias a caridad y es considerado aún como uno de los grandes benefactores de la investigación médica.
Claro que había diferencias. Según sus biógrafos, al ir a patinar sobre ruedas, los hermanos Rockefeller eran seguidos por un vehículo con chofer en caso que se sintieran cansados.
Pero en esos tiempos había la idea de que las personas adineradas o con privilegios tenían la obligación de servir al bien común. El privilegio tiene responsabilidades. Una suerte de Noblesse Oblige (nobleza obliga).
David entró a la Universidad de Harvard y ahí recibió clases –y la influencia– de uno de los grandes economistas liberales de su tiempo, Friedrich von Hayek. Se hizo amigo también de Paul Samuelson, que a su vez llegaría a ser un importante economista. Coincidió ahí en tiempo, aunque no trató, a otro legendario miembro de la elite estadunidense, John F. Kennedy, al que se volvería a encontrar en la London School of Economics.
Y David, fieramente capitalista, hizo su parte. No sólo hizo sus prácticas profesionales en la Alcaldía de Nueva York, sino que se enlistó en el ejército durante la Segunda Guerra Mundial y fue al salir, en 1946, cuando se incorporó al Chase Bank.
Uno de sus hermanos, Nelson, fue gobernador de Nueva York y luego vicepresidente de Estados Unidos, considerado en su momento como el epítome del republicano moderado, tal vez demasiado moderado para ser un buen candidato presidencial republicano.
Todavía hoy hay un Rockefeller, Jay, en el Senado estadunidense. La familia es políticamente activa, tanto que los representantes de la quinta generación de Rockefellers –ahora ya poco más de un centenar– se vieron envueltos en un público debate con la actual dirección de la ExxonMobil, una de las “nietas” de la Standard Oil, por sus prácticas ambientales.
David era en todo caso el último de los grandes empresarios de la familia. Fundador del Chase Manhattan Bank, uno de los más grandes de Estados Unidos y en el que trabajó por 35 años, desde 1946, hasta presidirlo de 1969 a 1981, tampoco era ajeno a la leyenda.
Su participación en la llamada Comisión Trilateral y en las reuniones del Grupo de Bilderberg; su cercanía con académicos, banqueros y políticos, alimentada, de hecho, porque algunos de sus exempeados amigos pasaron a ser dirigentes del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional.
De acuerdo con varias versiones, varios Presidentes estadunidenses le propusieron incorporarlo al gabinete
Casado en 1940 con Margaret (Peggy) McGrath, que murió en 1996, procreó seis hijos: Richard, David Jr., Neva Goodwin, Peggy Dulany, Eileen y Abby Rockefeller.
Entomólogo aficionado, se dice que no cabía en sí de gusto cuando un escarabajo gigante descubierto en México fue bautizado como diplotaxis rockefelleri.
Pero su realidad era otra, tanto que uno de los mitos a su alrededor indicaba que recibió unos siete trasplantes de corazón y dos de riñones.
Lo que nadie duda es que tal vez fue el hombre con más kilometraje del mundo. Se estimó que durante sus 35 años en el Chase Bank viajó más de ocho millones de kilómetros, visitó mas de 103 países -alguno mas de 40 veces-, participó en 10 mil comidas de negocios y se entrevistó con 200 jefes de Estado. Su agenda en la oficina del edificio del Centro Rockefeller –que en realidad cubre tres pisos y es el corazón del imperio
Rockefeller– tenía datos de 150 mil personas.
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