- Lo de Alfredo Adame y Carlos Trejo fue meramente un show hecho para la televisión.
El pasado fin de semana se llevó a cabo en Monterrey el espectáculo Ring Royale, encabezado por el siempre polémico Poncho de Nigris y su equipo. Desde el punto de vista del negocio, del espectáculo y del entretenimiento, hay que decirlo sin rodeos: fue un éxito rotundo. La Arena Monterrey llena, las redes sociales explotando, la conversación pública encendida y, seguramente, las cuentas bancarias de los organizadores muy felices.
Así que lo primero es lo primero: felicidades a Poncho y a sus socios. Lograron lo que querían. Montaron un espectáculo mediático que mezcló circo, reality show, pelea arreglada, influencer, celebridad decadente y nostalgia televisiva. Un coctel que hoy en día vende mucho.
Pero una cosa es el negocio… y otra muy distinta el respeto al deporte del boxeo.
Porque si bien Ring Royale fue un éxito comercial, también fue —hay que decirlo— un jalón de orejas monumental para el boxeo mexicano.
Y no hablo del espectáculo como tal. El show puede ser lo que quiera: circo, performance o entretenimiento barato. Lo preocupante es quiénes se prestaron para legitimar esta pantomima.
En primera fila vimos nada menos que a leyendas del boxeo mexicano como Julio César Chávez, al pentacampeón mundial Jorge Arce, y a la campeona mundial Mariana Juárez. Y uno se pregunta inevitablemente: ¿era necesario?
Porque cuando figuras de ese tamaño se prestan a este tipo de espectáculos, el mensaje es muy claro: todo se vale si hay dinero de por medio.
El propio Saúl Álvarez lo dijo sin rodeos hace tiempo al hablar de estos eventos: el boxeo se degrada cuando se convierte en un circo donde cualquiera se pone unos guantes y se sube a cobrar.
Y tiene razón.
EL BOXEO NO ES UN JUEGO DE MARIO BROS
Vamos por partes:
La primera pelea fue francamente penosa. Dos personajes (Ronny, entrenador; y Yoiker, freestyler) que nadie sabía de dónde salieron, sin técnica, sin condición física y sin el menor conocimiento del deporte.
Lo único que quedó claro es que ni siquiera sabían pararse en el cuadrilátero.
Golpes tirados al aire, movimientos torpes, respiración agotada al minuto y medio.
Y mientras tanto, en la primera fila, las leyendas del boxeo mexicano mirando el espectáculo.
Parecía un nivel perdido del videojuego Mario Bros.
Después vino otro combate igualmente absurdo: una diferencia de 23 kilos entre los peleadores.
23 kilos.
Cualquier persona que entienda mínimamente de boxeo sabe que eso es una barbaridad. El boxeo existe precisamente porque hay categorías de peso. Es la base del deporte.
Nadie en su sano juicio permitiría que un peso ligero peleara con un semipesado.
Pero aquí todo se valía. Porque el objetivo no era el deporte.
El objetivo era el show.
EL CASO MÁS LAMENTABLE
Quizá el momento más incómodo de la noche fue la aparición del exluchador Alberto del Río.
Un gran luchador, sí. Una figura conocida de la lucha libre internacional, también.
Pero como boxeador…
Francamente lamentable.
Se notó desde el primer segundo que no tenía la menor idea de cómo manejarse en el ring. Sin condición física, sin técnica, sin ritmo. Lo que vimos fue a un atleta de otra disciplina tratando de improvisar en un deporte completamente distinto.
Y lo peor vino después.
El show final, quitándose los guantes, queriendo seguir la pelea a golpes con Chuy Almada, generando un momento más cercano a la lucha libre teatral que al boxeo.
Eso ya no era deporte.
Era pura payasada.
ADAME VS. TREJO: EL APOCALIPSIS
Pero si algo terminó de convertir la noche en una caricatura fue el combate entre Alfredo Adame y Carlos Trejo.
Dos personajes que llevan años protagonizando pleitos mediáticos, insultos televisivos y amenazas públicas.
Trejo prometió que iba a mandar a Adame “con su mamá”, palabras textuales.
El problema es que cuando sonó la campana quedó claro que no sabe tirar un golpe.
Ni uno.
Brazos desordenados, golpes sin técnica, movimientos lentos y un espectáculo que parecía más una escena de comedia involuntaria que una pelea.
Adame, por su parte, terminó siendo el protagonista absoluto del evento. Su estilo caótico, su personalidad explosiva y su capacidad para convertir cualquier situación en espectáculo hicieron que el público lo siguiera con atención.
Pero no nos engañemos.
Aquello no fue boxeo.
Fue televisión.
ALDO DE NIGRIS, EL ÚNICO RESCATABLE
Entre todo ese desorden hubo una excepción: Aldo de Nigris.
Se notó preparado. Entrenado. Con condición física y con respeto por el combate.
Su pelea fue probablemente la más seria de toda la cartelera.
No perfecta, por supuesto. Pero sí con algo que los demás no mostraron: disciplina.
Aun así, el contexto general del evento terminó arrastrando todo hacia el terreno del espectáculo.
EL GRAN PROBLEMA:
EL CONSEJO MUNDIAL DE BOXEO
Lo verdaderamente preocupante no es que existan estos shows. Siempre han existido.
El problema es que instituciones del boxeo se presten a legitimarlos.
El Consejo Mundial de Boxeo ha sido durante décadas una de las organizaciones más importantes del pugilismo mundial. Una institución fundada en México que ha visto pasar a campeones históricos.
Por eso resulta incomprensible que haya tenido participación o aval simbólico en un evento que claramente no representa al boxeo profesional.
Cuando el boxeo se mezcla con el espectáculo de influencers, celebridades y peleas arregladas, el deporte pierde seriedad.
Y eso, tarde o temprano, termina dañando a los verdaderos boxeadores.
A los que entrenan todos los días.
A los que se juegan la vida arriba del ring.
A los que suben al cuadrilátero después de años de disciplina.
NEGOCIO REDONDO… PERO CUIDADO
Repito lo que dije al principio.
Desde el punto de vista comercial, Poncho de Nigris y su equipo lo hicieron perfecto. Vendieron boletos, generaron conversación, llenaron la arena y crearon un espectáculo que dio de qué hablar.
En términos de marketing, fue brillante.
Pero, desde el punto de vista deportivo, deja muchas preguntas.
Porque si seguimos por este camino, el boxeo corre el riesgo de convertirse en un simple espectáculo circense, donde lo importante no es la técnica ni el talento, sino quién genera más likes o quién protagoniza más escándalos.
Y el boxeo mexicano merece mucho más que eso.
México es tierra de campeones.
De Julio César Chávez, de Rubén Olivares, de Salvador Sánchez, de Érik El Terrible Morales, de Marco Antonio
Barrera, de Canelo Álvarez.
Un legado enorme que no puede reducirse a peleas improvisadas entre celebridades.
CONCLUSIÓN
Así que mi conclusión es simple.
Aplausos para el negocio.
Tache para el boxeo.
Felicitaciones a Poncho de Nigris y su equipo por el dineral que seguramente se metieron con Ring Royale. En eso nadie puede negar que fueron exitosos.
Pero también queda claro que cuando las leyendas del boxeo se prestan para este tipo de espectáculos, el mensaje que mandan es peligroso.
Porque el boxeo no es un reality show.
El boxeo es un deporte serio.
Y si lo seguimos convirtiendo en circo, tarde o temprano el público también dejará de tomarlo en serio.
