Taiwán, la manzana de la discordia

China y Estados Unidos  son vistos como socios económicamente necesarios, pero expertos creen que sus relaciones podrían tornarse tensas ante un eventual acercamiento estadunidense con la isla

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CIUDAD DE MÉXICO.

Las relaciones entre Estados Unidos y la República Popular China parecen encaminarse a un choque político y comercial que bien podría tener efectos sobre la situación geopolítica del mar del Sur de China y el estrecho de Taiwán.

Las nuevas tensiones surgen de las posturas vistas como antichinas y contra el libre comercio del recién entronizado presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y de la sensibilidad de Pekín a temas que como las relaciones con Taiwán que son especialmente sensitivas para su carácter nacional y la conciencia de que sus salidas al mar están “cercadas” por aliados estadunidenses.

De acuerdo con Neil Thompson, un analista de la consultoría Wikistrat, con sede en Londres, la preocupación en Pekín respecto a que la llegada de Trump al poder no sólo señala un giro hacia posturas proteccionistas comerciales, sino tal vez el fin del acuerdo estadunidense con la política de “una China”, o sea sólo una república china reconocida: la República Popular China, que tiene a Pekín como capital, y que asume a la República China (Taiwán) como una provincia extraviada, pero que finalmente es parte de la madre patria.

La llamada telefónica hecha el 2 de diciembre de 2016  que puso en contacto al entonces mandatario electo Trump con Tsai Ing-wen, la presidenta de Taiwán, y para colmo, representante de un partido, el Progresista Democrático, empeñado en una más activa política exterior, fue la primera de su tipo desde 1979, cuando Washington “rompió relaciones” con Taipéi, pero preservó su pacto de defensa y sus relaciones económicas.

La llamada provocó una queja oficial china y múltiples interpretaciones de lo que implicaría para las relaciones sinos-estadunidenses. Después de todo, la elección de la presidenta Tsai, hace un año, marcó tal vez el momento de mayor tensión entre China y Taiwán en 20 años y el telefonema uno de los momentos más tensos en la relación entre Pekín y Washington desde 2001, cuando un avión militar estadunidense fue obligado a aterrizar en China en 2001.

Los momentos complicados no son nada raro en la complicada relación entre los tres países. El semanario británico The Economist afirmó que “la más probable causa de guerra entre China y Estados Unidos siempre ha sido una crisis que involucre a Taiwán”, y recordó que en 1995 y 1996 los gobernantes de China continental realizaron pruebas con misiles luego de que el gobierno estadunidense diera visa al entonces Presidente para que pudiera ir a pronunciar un discurso en la Universidad de Cornell “y obligaron a que Bill Clinton enviara buques de guerra a la región en una demostración de fuerza”.

Taiwán o República China fue establecida en 1949, luego que los ejércitos comunistas de  Mao Tse-Tung derrotaron a los nacionalistas de Chiang Kai Shek y estos se refugiaron en la isla de Formosa, con Estados Unidos como su principal proponente hasta 1974, cuando el presidente Richard Nixon inició un muy publicitado acercamiento a Pekín. Pero Washington mantuvo su alianza militar y económica con Taiwán.

El régimen de Chiang, primero con él y luego con su hijo, terminó en 1991. Regímenes aperturistas comenzaron un  mayor contacto con China continental, que a su vez tampoco tuvo problema para recibir inversión de y comerciar con Formosa.

La mejor relación bilateral no disfrazó, sin embargo, el problema geopolítico y estratégico chino.

Después de todo, la situación geográfica de Taiwán, a sólo 180 kilómetros de la costa china, literalmente frente al puerto de Fuzhou, la coloca en una posición central en la cadena de islas que desde la península de Corea en el norte hasta Borneo en el sur sirven como zona de contención estratégica para una China que, a su vez, necesita cada vez más espacio vital.

Con todo, la aceptación formal de la noción de una China fue parte de la política exterior estadunidense durante las últimas décadas. Y la creciente relación económica parecía imponerse a los esporádicos episodios de irritación.

Nunca especialmente cordiales, aunque tampoco necesariamente hostiles, China y Estados Unidos eran. Y –en alguna medida– son vistos hasta ahora como socios simbióticos, económicamente necesarios el uno para el otro: uno como fuente de capital y tecnología y consumidor final, el otro como centro manufacturero.

China se estableció como el mayor centro manufacturero del mundo gracias en gran medida a la inversión y los apetitos estadunidenses. En el camino amasó una cantidad de reservas de moneda extranjera que hoy incluyen más de un millón de millones de dólares en deuda estadunidense.

Después de todo, los superávits chinos en el comercio bilateral son del orden de cientos de miles de millones de dólares: 350 mil millones en 2016, por ejemplo.

Pero si alguno podría considerar eso como una forma de interdependencia, para el nuevo gobierno estadunidense es mas bien una señal de que la República Popular China está involucrada en una guerra económica con Estados Unidos.

Ni en Washington ni en el mundo es un secreto que el presidente Trump tiene tendencias proteccionistas y que él y su equipo, a comenzar por su consejero económico, Peter Navarro, son hostiles a las tesis de libre comercio que hasta ahora impulsaron los gobiernos estadunidenses.

La primera señal fue la concreción del abandono del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP, por sus siglas en inglés) negociado por el gobierno de Barack Obama, que, sin embargo no incluía a China y era visto como un instrumento de presión económica.

La decisión de abandonar el TPP no fue ignorada por Pekín, que en enero informó a través del presidente chino, Xi Jinping, de su interés en comerciar con el mundo, especialmente el área del Pacífico.

Después de todo, el vacío provocado por una potencia podría ser ocupado por otra.

Lo que no está claro, sin embargo, es que tanto Estados Unidos piensan alejarse de Asia. El viernes pasado James Mattis, el nuevo secretario de Defensa estadunidense, dio seguridades a los gobiernos de Corea del Sur y Japón que su país honrará sus pactos de defensa mutua con ellos aunque, durante la campaña electoral, Trump se quejó de que no aportaban lo suficiente para el sostenimiento de las tropas estadunidenses en sus territorios.

Pero esas seguridades ayudan a complicar las cosas en más de una forma.

El ascenso de China ha tenido otras consecuencias. Por un lado, para muchos chinos marca no sólo el fin de una etapa en la que era fácil humillar a su país, sino el inicio de una nueva era en la que China puede y debe hacer sentir su peso y enfatizarlo a través de restablecer su soberanía.

Esa postura se refleja además en su creciente empuje por ejercer control sobre regiones estratégicas, que de hecho se entrelazan con algunas de las rutas navieras comerciales más importantes del mundo, las que cruzan por el mar del Sur de China, y en tratar de empujar por salidas al océano Pacífico. Pero en ambos casos, las rutas son controladas por Estados Unidos y aliados que al sur incluyen a Vietnam, y al este a Taiwán, Japón y Corea del Sur.

Las rutas por el mar del Sur de China son el conducto comercial para mercaderías y materias primas hacia y desde puertos chinos, pero también son vitales para Vietnam, Singapur, Japón, Corea del Sur y, de forma indirecta, para EU.

Las que van hacia el este son esenciales para el comercio chino en el Pacífico.

De acuerdo con un análisis del Real Instituto Elcano, “la misma potencia que aparece como actor conservador cuando se trata de las nociones clásicas de soberanía, no interferencia y política de las grandes potencias, se convierte en revisionista cuando las normas van en contra de sus intereses. Las controversias acerca de la Ley del Mar y su aplicabilidad en el mar del Sur de China serán el ejemplo más claro de esta contradicción”.

En términos reales, los chinos quieren, como cualquier potencia comercial, asegurar sus rutas de suministro. Es lo que hicieron los estadunidenses en los siglos XIX y XX. Esa tesis es la raíz de su presencia naval alrededor del mundo, aún en áreas donde no tienen intereses directos, como el mar del sur de China.

Bajo el gobierno de Barack Obama, el gobierno estadunidense hizo varias veces demostraciones de fuerza naval para asegurar a sus aliados que mantenía viva la tesis de libertad de navegación y cuestionó varias veces la soberanía china sobre regiones reclamadas también por Vietnam, Indonesia, Filipinas, Brunéi y Singapur, sobre todo luego de que China construyera una base aeronaval en un islote.

Las tensiones periódicas han sido parte de la relación.

Pero ahora todo parece indicar que serán una constante. Después de todo, de acuerdo al menos con la agencia de análisis estratégico Stratfor, todo hace pensar que el ahora gobierno de Trump considera a China como “una amenaza mayor a los intereses estadunidenses en Asia y alrededor del mundo”.

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