Alemania, el ave fénix de Europa
Hoy se cumplen 25 años de que las dos Alemanias, separadas desde el final de la Segunda Guerra Mundial, volvieron a ser una, menos de un año después de la caída del Muro que las dividía

BERLÍN.
Cuando el embajador especial Averall Harriman llegó a Alemania para poner en marcha el famoso Plan Marshall, creado para evitar que el país derrotado sucumbiera a la miseria y al hambre, unos 3.6 millones de hogares habían sido destruidos por las bombas aliadas, millones de alemanes vivían en refugios improvisados o en los sótanos de sus casas en ruinas, y toda la población carecía de documentos para poder viajar al extranjero.
En una tarde de invierno de 1948, Harrimann, acompañado por su traductor, el teniente Vernon Walters, visitó a una familia que había levantado su hogar en el sótano de la casa convertida en ruinas, en la devastada ciudad de Essen. “Tras salir a la calle me pregunté en voz alta si volvería a ver una ciudad alemana reconstruida. El señor Harrimann me respondió: La verá y además muy pronto. Yo le objeté: ¿Cómo puede decir tal cosa?”, escribió Walters en su libro de memorias, En misión confidencial.
Harrimann, según relata Walters en su libro, estaba convencido de que un nuevo futuro le aguardada al país derrotado y destruido. “Él me preguntó si me había fijado en lo que tenía en la mesa la familia que habíamos visitado en el sótano. Un recipiente con flores, respondí. Entonces el señor Harrimann me dijo en tono solemne: Personas que son capaces, en medio de semejante mar de escombros, de coger flores y ponerlas en su mesa, son también capaces de reconstruir todo lo demás”.
Cuarenta y un años después de la experiencia vivida entre las ruinas de la nación derrotada y humillada, Wernon Walters, convertido en embajador de su país en Alemania, fue testigo de un acontecimiento que puso fin a la odiosa división de Europa y a la Guerra Fría. El derrumbe del famoso Muro de Berlín y, más tarde, de la insólita, pero esperada unificación del país.
“Sólo saldrá paz del suelo alemán”, escribió el 3 de octubre de 1990, el entonces canciller Helmut Kohl, en un mensaje dirigido a todos los jefes de Estado y de gobierno del planeta. Ese día, el país dividido se unió en un abrazo fraterno y Berlín, otrora el estandarte de un poder desmesurado y fanático que llevó a Alemania a la guerra y la destrucción, comenzó a recuperar el título de capital.
En sólo cuatro décadas, Alemania había logrado reconstruir sus ciudades, era la primera potencia económica de Europa, volvía a estar unida y los políticos iniciaban los preparativos para abandonar la aburrida ciudad de Bonn para gobernar al país unificado desde la antigua capital del Tercer Reich. ¿Un milagro, un destino, o simplemente perseverancia?
Más bien el comienzo del nacimiento de una nueva potencia que había vivido a lo largo de cuatro décadas sumida en una culpa colectiva a causa de los crímenes cometidos durante el III Reich. La nueva personalidad del coloso económico se perfiló cuando el gobierno de Helmut Kohl puso en jaque a todos sus socios europeos al amenazar con actuar en solitario si la Unión Europea desistía de reconocer diplomáticamente a Croacia y Eslovenia en enero de 1992.
El regreso
Fue entonces cuando el periódico The New York Times acuñó una frase: “El gigante económico ya no se contenta con su rol de enano político. Los europeos deben reponerse de dos golpes simultáneos: la Unión Soviética ha fallecido y Alemania ha regresado”.
“Somos el Estado número uno de Europa. Nuestro rol de liderazgo está de vuelta y no porque lo hayamos buscado. Simplemente estuvo ahí”, dijo Kohl tres años después de la gran fiesta de la unificación”, una observación que causó estupor en el viejo continente, pero que reflejaba que el país se había convertido en un ejemplo vivo de la legendaria ave fénix que había renacido de sus cenizas con toda su gloria.
Veinticinco años después de la unificación, el viejo continente ha comenzado a vivir un nuevo capítulo, que ningún visionario habría querido predecir, cuando la orgullosa Wehrmacht de Hitler capituló en forma incondicional ante los aliados en mayo de 1945.
Alemania, el mismo país que intentó doblegar a las democracias europeas para crear la gran Germania, se ha convertido en el líder del proceso de integración europea que debe evitar nuevas crisis económicas que pongan en peligro la divisa comunitaria.
Después de poner orden en su propio país a un precio exorbitante (2 billones de euros para impedir el colapso económico de los cinco nuevos Estados federados), los paisajes florecientes que prometió Helmut Kohl en 1990 para los habitantes de la ex-RDA han comenzado a dar sus frutos, la desigualdad que marcó la convivencia entre el Este y el Occidente en los primeros diez años de unificación ha disminuido y la nación mira con optimismo el futuro.
Los “ossis” —ciudadanos de la exRDA— tienen la certeza de que ha pasado lo peor y que ya ha desaparecido para siempre el Apartheid entre las dos Alemanias, un fenómeno que vivió el país en 1992. Tampoco reina la “nostalgia”, que fue el sentimiento que imperó en el año tres de la unificación. Pero el éxito no ha sido completo. El más reciente balance del gobierno sobre el proceso de unificación, aunque constata que la reconstrucción ha tenido éxito, admite que el rendimiento económico de los cinco nuevos Estados federados es casi 30% menor que en el rico Occidente.
Aun así, una encuesta reciente reveló que 80% de la población considera que la unificación ha sido beneficiosa para el país. Otra señal inequívoca del acercamiento que se ha producido entre el Este y Occidente es el porcentaje cada vez menor de “ossis” que añora el famoso Muro. Hace cinco años los nostálgicos sumaban 15% y ahora, los que admiten sin vergüenza que habría sido mejor que el Muro siguiera, no llegan a 10%.
Cuando Helmut Kohl puso en marcha en la primavera de 1990, el crucial proceso diplomático con las cuatro potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial, la llamada Conferencia 2+4, para recuperar la soberanía del país ocupado, tuvo que luchar contra dos enemigos poderosos que nunca ocultaron su profundo rechazo a una nueva Alemania unificada: la primera ministra británica Margaret Thatcher y el presidente francés, François Mitterrand.
“La unificación puede provocar el resurgimiento de la Alemania mala y expansionista, incluso con más territorio del que llegó a conquistar Hitler”, le dijo el expresidente francés a la Dama de Hierro, en un intento por ignorar la dinámica de la historia.
La leyenda, apoyada en hechos reales, señala que Kohl logró obtener luz verde de Mitterrand cuando admitió sacrificar la divisa alemana, el marco, para crear la divisa comunitaria. El sacrificio dio vida a una nueva potencia que causa envidia en el resto de Europa, pero los alemanes han tenido el acierto de no caer en la tentación de redescubrir el encanto maligno de la hegemonía, un pecado que dejó convertido al país en ruinas en 1945 y que ahora, 25 años después está dirigido desde la Cancillería por una “ossi”, Angela Merkel.
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