Eber Pérez Jacinto, el mejor platillo, su red de apoyo
'Yo estaba muy negado, en la prepa todo el mundo me decía ‘es que por qué no estudias gastronomía, eres muy bueno’ y yo decía que lo veía como un hobby'

La primera exposición que el chef Eber Pérez Jacinto tuvo con la cocina fue alrededor de los nueve años, cuando visitaba a sus abuelos en Michoacán y les ayudaba a hacer de comer, además del apoyo que le daba a una de sus tías en una pastelería.
Después seguía recetas para cocinar los fines de semana para su familia y luego quiso hacerlo para sus amigos; un pasatiempo que después se convirtió en su vocación.
Luego de abandonar la carrera de Ingeniería Eléctrica en una Universidad de Queretaro tras un semestre, a Eber le llegó un correo para estudiar en The Culinary Institute of America, una de las instituciones más prestigiadas del mundo.
“Yo estaba muy negado, en la prepa todo el mundo me decía ‘es que por qué no estudias gastronomía, eres muy bueno’ y yo decía que lo veía como un hobby; no me veía estando en una cocina 16 horas en el día”, pero le dio la “oportunidad al correo” y se quedó en 2019, meses antes de que comenzara la pandemia.
Este desafío, lejos de frenarlo, se convirtió en un catalizador para su creatividad. Forzado a regresar a México, aprovechó el tiempo para experimentar con la cocina.
“En ese inter de la pandemia, un amigo de la escuela, que es de Tailandia, estuvo aquí conmigo como cuatro meses, en los que estuvimos cocinando prácticamente todos los días, experimentando con recetas que teníamos como la idea de lo que queríamos hacer”, explica en entrevista con Excélsior.
Este período de experimentación sentó las bases de su estilo, una fusión de sabares que mezcla la fuerza de la cocina asiática, con la calidez y el picor de la mexicana.
Una vez de vuelta en Nueva York, sus prácticas profesionales en Atoboy, un aclamado restaurante de comida coreana, solidificaron esa conexión.
Luego de su graduación se mudó a Washington D. C. donde estuvo en dos restaurantes: Tail Up Goat restaurante con concepto mediterráneo con una estrella Michelin, y luego llegó a Rooster and Owl, en el que colaboró hasta abril pasado.
Próximo a cumplir 26 años, el destino lo trajo de nueva cuenta a México y está en proceso de una visa de talento en Estados Unidos.
“El proceso ha sido complejo, pues se requieren bastantes documentos para poder comprobarle al gobierno que realmente eres una persona talentosa que puede aportar a la economía de Estados Unidos... pues restringieron muchísimo las visas para el sector en el que yo me desenvuelvo...
“Afortunadamente, pues cuento con el apoyo del último restaurante donde estuve, ellos se interesaron muchísimo en mí”, comparte Eber.
En tanto, continúa desarrollando su propia marca: Pizca Negra, un tipo de panadería casera en la que desarrolla galletas gourmet y que distribuye en los gimnasios Adamanta.
“Uno de los sabores que saqué es fuera de lo común, es una galleta que tiene alga nori, de la que se usa para hacer el sushi, y miso, y también un poco de salsa soya.
“Y pues es justo también otra vez el twist asiático... lleva la inspiración de uno de los postres que teníamos en Rooster, un pastelito de chocolate con praliné de alga y semilla de sésamo y estaba brutal.”
A sus 25, su primer gran reto, fue la percepción de la industria. “La mayoría tiene como este estigma de que ‘ay, otro más de estos, ¿no?, que se sienten los mejores cocineros’ (de The Culinary) y la neta es que no, o sea, tampoco sales de la escuela siendo una pistola en la cocina”, explica con franqueza.
Para él, el verdadero aprendizaje comenzó al pisar una cocina profesional, y su mayor desafío fue demostrar su “valía”.
“El tener que mostrarles que soy bastante adaptable y que no soy como esas personas, y que aprendo lo suficientemente rápido como para estar en una posición alta dentro de la cocina”, asegura, subrayando la importacia de la humildad y la disposición para seguir aprendiendo.
A pesar de los retos, Eber mantiene una visión clara de su futuro. El plan inmediato es regresar a Estados Unidos para seguir aprendiendo, un país que considera una inmensa escuela culinaria.
“Una de las grandes ventajas que tiene Estados Unidos es que tienes de todos sabores, colores y tipos de restaurantes, y tienes a gente increíblemente talentosa que te puede enseñar mientras estás cobrando un sueldo”, puntualiza.
Su objetivo es absorber todo el conocimiento posible en los próximos tres o cuatro años para, finalmente, regresar a México y cumplir su sueño: abrir una taquería.
“Tener una taquería siempre ha sido como este sueño que ya está
cocinándose”, afirma con pasión. Para él, los tacos son más que un simple platillo; son un vehículo para unir a las personas.
“Siento que dentro de la sociedad mexicana, tanto el más rico como el que no es tan afortunado económicamente, van y comen tacos. ¿De qué? De lo que sea, pero comen tacos”, sostiene, defendiendo su filosofía de contar una historia y crear comunidad a través de la comida.
Cuando se le pide resumir la historia que ha construido desde 2019, Pérez Jacinto no duda en responder: “Yo creo que es una historia de resiliencia. Una historia de también de mucho apoyo y de... este apoyo familiar”. Conmovido, resalta el papel fundamental de su familia y amigos, quienes lo han acompañado en cada uno de sus “alibajos”, desde las dificultades económicas que le impidieron terminar su carrera a tiempo hasta los desafíos de vivir lejos de casa.
“El sentirse lo suficientemente afortunado para tener este apoyo familiar, no nada más de la familia directa, sino de tus amigos, de tus compañeros”, destaca.
Para Eber, su trayectoria es un recordatorio de que nadie está solo en su camino, y que la comunidad es el ingrediente secreto para superar cualquier adversidad.
“Realmente no hubiera podido terminar como terminé ahorita la carrera, que es con amigos, con gente que me quiere”, concluye, demostrando que su mayor creación no es un platillo, sino la red de apoyo que ha construido y que, a lo largo de los años, lo ha llevado hasta donde está.