El Mundial de las invisibles

Jorge Camargo

Jorge Camargo

Editorial

Mientras México se preparaba para mostrarse ante el mundo como un buen anfitrión, cientos de madres siguieron recorriendo desiertos, montes, caminos de terracería y fosas clandestinas en busca de los restos de sus hijos desaparecidos por los grupos criminales con los que el gobierno de AMLO construyó un poderoso vínculo. El gobierno de la herencia se encargó de invisibilizarlas. Este Mundial es justo de las invisibles.

El gobierno ha expresado que se trata de un boicot. Veamos por qué no lo es. La crisis humanitaria de las desapariciones por omisión del Estado ha sido negada por éste y ha litigado a nivel internacional para tratar de matizar el señalamiento de organismos defensores de derechos humanos.

Además, ha invisibilizado a los colectivos. Para la persona titular del Ejecutivo no existen los desaparecidos, al igual que lo hizo su benefactor AMLO. Los ha acusado de ser alentados por la derecha, al igual que los grupos feministas que buscan justo la atención de los mexicanos ante la sistemática victimización.

El mundo pone los ojos en México; entonces, si la crisis humanitaria no ha sido solucionada, resulta legítimo expresarse para que los colectivos sean vistos por esos millones de ojos.

Se ha vuelto famosa, incluso como parte de su campaña, la fotografía de la ahora titular del Ejecutivo protestando en Estados Unidos, donde estudiaba, contra la visita de Carlos Salinas. ¿Y qué buscaba? Visibilidad.

Así, mientras las autoridades hablaron de inversiones, turismo y proyección internacional, miles de madres continuaron haciendo el trabajo que corresponde al Estado: buscar a sus desaparecidos.

Ninguna sociedad debería acostumbrarse a esta realidad. Ningún país debería aceptar como normal que una madre tenga que salir con una pala, una varilla y una fotografía para encontrar a quien las instituciones no encontraron, pero antes, no protegieron.

Sin embargo, eso ocurre en México. Durante años, las madres buscadoras caminaron donde la autoridad no caminó, excavaron donde nadie quiso excavar y preguntaron donde otros eligieron guardar silencio.

Detrás de cada persona desaparecida existe una familia condenada a una forma particularmente cruel de sufrimiento. La muerte tiene una fecha, un lugar y un duelo. La desaparición, no. La desaparición deja una herida abierta que no cierra porque nunca ofrece una respuesta definitiva. Quien pierde a un hijo sabe que ha muerto una parte de sí mismo; quien tiene un hijo desaparecido despierta cada día sin saber si debe conservar la esperanza o prepararse para el dolor.

Las cifras son tan grandes que corren el riesgo de perder su significado humano. Más de ciento treinta mil personas desaparecidas no son un dato estadístico. Son más de ciento treinta mil historias interrumpidas. Son sillas vacías en las mesas familiares. Son madres que envejecieron esperando una llamada. Son padres que murieron sin conocer la verdad. Son hermanos que crecieron con una ausencia que nunca pudo explicarse.

Es un estadio CDMX lleno de ausentes. Así que, en lugar de cantar el Himno, mejor hubiese sido guardar un minuto de silencio. Y por eso la persona titular del Ejecutivo no fue a la inauguración, por lo mismo que AMLO nunca se presentó ante el pueblo: por el miedo a la rechifla, a la desaprobación pública. Eso debe tener un calificativo que queda en boca del lector.

Lo que duele es que familias terminaron enfrentando la indiferencia institucional, la burocracia, la negligencia y, en demasiadas ocasiones, el intento deliberado de minimizar una tragedia que se volvió imposible de ocultar.

Por eso las madres buscadoras son la conciencia moral de México. No porque lo hubieran elegido, sino porque fueron empujadas a ello.

No existe éxito económico o político capaz de ocultar la ausencia de más de ciento treinta mil personas. No hay Estado que detenga a los culpables, muchos de los cuales se escudan bajo el color guinda.