AMLO rompe el silencio y el estadio grita. Unos festejan que fue gol. Otros protestan que fue penalti. Los más sensatos esperan el veredicto del VAR del futuro.
Me salto las suspicacias y conjeturas de unos y de otros. Regreso el video y veo México 1930. Compiten por la presidencia nacional un candidato fuerte, apoyado por una fuerza casi nula versus un candidato débil, pero apoyado por un partido fortísimo que habría de gobernar durante 76 años, todavía un récord en el mundo civilizado.
Pascual Ortiz Rubio derrotó a José Vasconcelos y se convirtió en presidente de México. La historia le endilgó el lépero apodo de Pelele II. Pero le debía todo a Plutarco Elías Calles, Jefe Máximo de la Revolución Mexicana. Éste no era nada más el dueño del partido. También era el dueño del poder y era el verdadero dueño de México. Ya se había demostrado que nadie podía enfrentársele. Ni los ricos ni los pobres. Ni los mexicanos ni los extranjeros. Ni los sindicatos ni los campesinos. Ni la Iglesia ni los militares.
Se dice que, en algún momento, Pascual consultó cómo salvar su dignidad personal sin faltar a su lealtad política. La respuesta se la dio Joaquín Amaro, militar de reconocidas lealtad, dignidad y valentía. Le dijo que enfrentarse al jefe político de ambos sería una guerra perdida y una deslealtad prohibida. Tomó el camino de la renuncia. No fue indigno y no fue desleal.
Calles siguió ejerciendo su absoluto poder todavía sobre Pelele III y sobre Pelele IV, hasta que éste logró la fuerza para enfrentarlo y vencerlo. El sistema consideró e impuso el mutismo presidencial “de ida y vuelta”. Que los actuales no hablaran de los anteriores ni los pasados hablaran de los presentes. Así fue y todo funcionó con una estabilidad hasta hoy envidiable. Pero hace unos ocho años esto se torció y es impredecible su consecuencia. Esto no es una evocación histórica sino una reflexión política que la otra noche me provocó un sueño extraño y tuve que meditarlo antes de la aurora.
Soñé que López Obrador se lanzaba para diputado en 2027. Hasta allí, mi sueño era muy aburrido. Pero empezó a ser interesante porque, ya rota la regla del silencio, también se lanzaban Vicente Fox, Felipe Calderón, Enrique Peña, Ernesto Zedillo y Carlos Salinas. Esos seis señores tienen alto voltaje. Algunos nos agradan y otros nos repugnan, pero todos pesan. Nadie logra engañarlos. Nadie puede ningunearlos. Lo que tengan entre ellos, se lo dirían “cara a cara” y no “de lejecitos”. Se va poniendo bueno.
Además, los acompañaban otros 12 o 15 de buen nivel y con representatividad certificada. Unos 3 o 4 provenientes de la empresa. Otros 3 o 4, comunicadores combativos. Algunos 3 o 4 de saber universitario de discurso serio. Y, además, 3 o 4 sindicalistas, activistas y militares. Repito que todos ellos muy reconocidos y muy considerados. Yo ya soñé a algunos y ya me imaginé a otros. Creo que usted también la haría.
Para completar esas bancadas, un buen número de jóvenes muy serios, muy preparados y muy comprometidos para que ese Congreso no se convirtiera en una huehue mexica ni en un senatum senectum. Tigres viejos y tigres jóvenes son la combinación perfecta. Ya me estoy divirtiendo.
La realización de mi sueño nos acercaría un poco a un equilibrio de poderes, a una confrontación de seriedades y a una política realista y no ficticia. La política real es la política del poder. Su entendimiento, su medición, sus sistematización, su instrumentación y su funcionamiento, según lo explico en mi librito La teoría del poder como ciencia exacta.
A ese Congreso nadie le ordenaría. Ningún partido, ninguna potencia y ningún presidente. Ni esos congresistas los obedecerían. Todo ello por la vía pacífica de la ley o de la política y no por la vereda violenta del levantamiento o de la revolución.
Shakespeare, Quevedo y Spota dirían que con los sueños del insomnio se recuerda el futuro y se profetiza el pasado.
