Economía mexicana: Choque energético y bajo crecimiento
México llega a la nueva tensión energética global con una economía sin recuperación sólida

El problema no es únicamente que los precios del petróleo, del gas, de la turbosina y de algunos granos hayan repuntado por el deterioro geopolítico en Oriente Medio. El punto más delicado es que ese choque aparece cuando la actividad productiva nacional venía mostrando señales de bajo dinamismo, particularmente en servicios, comercio e inversión.
El dato de febrero confirma esa fragilidad. El Indicador Global de la Actividad Económica apenas avanzó 0.1% mensual con cifras desestacionalizadas, después de una caída de 0.7% en enero y de otra contracción marginal en diciembre. En términos anuales, la actividad disminuyó 0.3%. La lectura es clara: la economía no sólo crece poco, sino que inició el año con una trayectoria débil, insuficiente para disipar los riesgos de estancamiento.
La composición sectorial ayuda a entender el problema. La industria tuvo un pequeño respiro mensual, apoyada por manufacturas, minería y construcción. Sin embargo, ese avance fue compensado por retrocesos en servicios y actividades primarias. Dentro de los servicios, las caídas se concentraron en esparcimiento, hoteles y restaurantes, apoyo a los negocios, información y comercio al por mayor. Es decir, la debilidad no se limita a un sector aislado: atraviesa componentes asociados al consumo, a los servicios empresariales y a la actividad comercial.
Por eso el primer trimestre luce particularmente vulnerable. Con la información disponible, se estima una contracción trimestral del PIB de 0.6%. Aunque todavía podría haber una recuperación en los siguientes trimestres, esa recuperación dependería de varios supuestos: mayor ejecución del gasto público, moderación de la incertidumbre, mejor desempeño de la inversión privada, impulso de las exportaciones y una política monetaria menos restrictiva. Ninguno de esos factores está garantizado.
En este contexto, el choque energético internacional funciona como una presión adicional. El Brent se ubicó cerca de 105 dólares por barril y la Mezcla Mexicana alrededor de 94.65 dólares. También subieron referencias de gas en Europa y Asia, mientras la turbosina registró un incremento relevante. A ello se suma el encarecimiento de trigo y maíz, en un entorno donde la urea se mantiene en niveles elevados. El canal energético, por tanto, no sólo afecta combustibles; también puede transmitirse a transporte, alimentos, fertilizantes y costos logísticos.
Para México, el alza del petróleo tiene efectos ambiguos. En principio, un precio más alto puede favorecer los ingresos petroleros. Pero esa lectura es incompleta. Una economía importadora de gasolinas, con cadenas productivas sensibles al transporte y con presiones sobre alimentos, también enfrenta costos mayores. Además, cuando la inflación general se mantiene alrededor de 4.5% anual y la subyacente cerca de 4.3%, cualquier choque persistente de energía o alimentos puede complicar el proceso de desinflación.
El dilema para la política económica es evidente. Si el choque energético se prolonga, el banco central tendría menos margen para acelerar una postura monetaria neutral. Al mismo tiempo, una economía débil demanda condiciones financieras menos restrictivas y una política fiscal más eficaz. Esta combinación —crecimiento bajo, inflación todavía elevada y mayor volatilidad externa— obliga a evitar respuestas mecánicas. No basta con celebrar precios petroleros más altos; hay que evaluar su efecto neto sobre costos, expectativas y actividad.
El sector externo tampoco ofrece una salida automática. Las exportaciones petroleras podrían mejorar por precio, pero las exportaciones manufactureras enfrentan un entorno incierto. Las importaciones de bienes intermedios y de consumo, por su parte, pueden aumentar si la actividad se recupera, pero también reflejar mayores costos externos. La balanza comercial podría mostrar alivios parciales sin que eso implique una mejora estructural de la economía.
La coyuntura exige una lectura sobria. México no enfrenta una crisis, pero sí una combinación incómoda: actividad interna débil, riesgos energéticos globales, inflación resistente y dependencia del ciclo estadounidense. El reto inmediato consiste en impedir que el choque externo amplifique la desaceleración. Para ello, la prioridad debe ser acelerar gasto productivo, sostener la confianza de inversión, proteger la estabilidad de precios y evitar que el encarecimiento de energía y alimentos deteriore más el poder adquisitivo. El petróleo caro puede mejorar algunos ingresos, pero no sustituye una estrategia de crecimiento.
*Analista de llamadinero.com